Condiciones éticas básicas para el encuentro
con Dios
¿Quién es justo ante el Señor?
Señor, ¿quién puede hospedarse en
tu tienda y habitar en tu monte santo?
El que procede honradamente y práctica la justicia,
el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua,
el que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor,
el que no retracta lo que juró aún en daño propio,
el que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente.
El que así obra nunca fallará.
1. Los estudiosos de la Biblia clasifican con frecuencia
el salmo 14, objeto de nuestra reflexión de hoy, como parte de una "liturgia de ingreso".
Como sucede en algunas otras composiciones del Salterio (cf., por ejemplo,
los salmos 23, 25 y 94), se puede pensar en una especie de procesión
de fieles, que llega a las puertas del templo de Sión para participar
en el culto. En un diálogo ideal entre los fieles y los levitas, se
delinean las condiciones indispensables para ser admitidos a la celebración
litúrgica y, por consiguiente, a la intimidad divina.
En efecto, por una parte, se plantea la pregunta: "Señor, ¿quién
puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo?" (Sal 14, 1).
Por otra, se enumeran las cualidades requeridas para cruzar el umbral que lleva
a la "tienda", es decir, al templo situado en el "monte santo" de
Sión. Las cualidades enumeradas son once y constituyen una síntesis
ideal de los compromisos morales fundamentales recogidos en la ley bíblica
(cf. vv. 2-5).
2. En las fachadas de los templos egipcios y babilónicos a veces se
hallaban grabadas las condiciones requeridas para el ingreso en el recinto
sagrado. Pero conviene notar una diferencia significativa con las que sugiere
nuestro salmo. En muchas culturas religiosas, para ser admitidos en presencia
de la divinidad, se requería sobre todo la pureza ritual exterior, que
implicaba abluciones, gestos y vestiduras particulares.
En cambio, el salmo 14 exige la purificación de la conciencia, para
que sus opciones se inspiren en el amor a la justicia y al prójimo.
Por ello, en estos versículos se siente vibrar el espíritu de
los profetas, que con frecuencia invitan a conjugar fe y vida, oración
y compromiso existencial, adoración y justicia social (cf. Is 1, 10-20;
33, 14-16; Os 6, 6; Mi 6, 6-8; Jr 6, 20).
Escuchemos, por ejemplo, la vehemente reprimenda del
profeta Amós,
que denuncia en nombre de Dios un culto alejado de la vida diaria: "Yo
detesto, desprecio vuestras fiestas; no me gusta el olor de vuestras reuniones
solemnes. Si me ofrecéis holocaustos, no me complazco en vuestras oblaciones,
ni miro a vuestros sacrificios de comunión de novillos cebados. (...) ¡Que
fluya, sí, el juicio como agua y la justicia como arroyo perenne!" (Am
5, 21-24).
3. Veamos ahora los once compromisos enumerados por el
salmista, que podrán
constituir la base de un examen de conciencia personal cuando nos preparemos
para confesar nuestras culpas a fin de ser admitidos a la comunión con
el Señor en la celebración litúrgica.
Los tres primeros compromisos son de índole general y expresan una
opción ética: seguir el camino de la integridad moral, de la
práctica de la justicia y, por último, de la sinceridad perfecta
al hablar (cf. Sal 14, 2).
Siguen tres deberes que podríamos definir de relación con el
prójimo: eliminar la calumnia de nuestra lengua, evitar toda acción
que pueda causar daño a nuestro hermano, no difamar a los que viven
a nuestro lado cada día (cf. v. 3).
Viene luego la exigencia de una clara toma de posición en el ámbito
social: considerar despreciable al impío y honrar a los que temen al
Señor.
Por último, se enumeran los últimos tres preceptos para examinar
la conciencia: ser fieles a la palabra dada, al juramento, incluso en el caso
de que se sigan consecuencias negativas para nosotros; no prestar dinero con
usura, delito que también en nuestros días es una infame realidad,
capaz de estrangular la vida de muchas personas; y, por último, evitar
cualquier tipo de corrupción en la vida pública, otro compromiso
que es preciso practicar con rigor también en nuestro tiempo (cf. v.
5).
4. Seguir este camino de decisiones morales auténticas significa estar
preparados para el encuentro con el Señor. También Jesús,
en el Sermón de la montaña, propondrá su propia "liturgia
de ingreso" esencial: "Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar
te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda
allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano;
luego vuelves y presentas tu ofrenda" (Mt 5, 23-24).
Como concluye nuestra plegaria, quien actúa del modo que indica el
salmista "nunca fallará" (Sal 14, 5). San Hilario de Poitiers,
Padre y Doctor de la Iglesia del siglo IV, en su Tractatus super Psalmos, comenta
así esta afirmación final del salmo, relacionándola con
la imagen inicial de la tienda del templo de Sión. "Quien obra
de acuerdo con estos preceptos, se hospeda en la tienda, habita en el monte.
Por tanto, es preciso guardar los preceptos y cumplir los mandamientos.
Debemos grabar este salmo en lo más íntimo de nuestro ser, escribirlo
en el corazón, anotarlo en la memoria. Debemos confrontarnos de día
y de noche con el tesoro de su rica brevedad. Y así, adquirida esta
riqueza en el camino hacia la eternidad y habitando en la Iglesia, podremos
finalmente descansar en la gloria del cuerpo de Cristo" (PL 9, 308).