1. Después de la pausa con ocasión
de mi estancia en el Valle de Aosta, reanudamos ahora,
en esta audiencia
general, nuestro itinerario a lo largo de los salmos que
nos propone la liturgia de las Vísperas. Hoy reflexionamos
sobre la decimocuarta de las veintidós estrofas que
componen el salmo 118, grandioso himno a la ley de Dios,
expresión de su voluntad. El número de las
estrofas corresponde a las letras del alfabeto hebreo e indica
plenitud; cada una de ellas se compone de ocho versículos
y de palabras que comienzan con la correspondiente letra
del alfabeto en sucesión.
En la estrofa que hemos escuchado, las palabras iniciales
de los versículos comienzan con la letra hebrea nun.
Esta estrofa se encuentra iluminada por la brillante imagen
de su primer versículo: "Lámpara es tu
palabra para mis pasos, luz en mi sendero" (v. 105).
El hombre se adentra en el itinerario a menudo oscuro de
la vida, pero repentinamente el esplendor de la palabra de
Dios disipa las tinieblas.
También el salmo 18 compara la ley de Dios con el
sol, cuando afirma que "la norma del Señor es
límpida y da luz a los ojos" (v. 9). En el libro
de los Proverbios se reafirma que "el mandato es una
lámpara y la lección una luz" (Pr 6, 23).
Precisamente con esa imagen Cristo mismo presentará su
persona como revelación definitiva: "Yo soy la
luz del mundo. El que me siga no caminará en la oscuridad,
sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12).
2. El salmista continúa su oración evocando
los sufrimientos y los peligros de la vida que debe llevar
y que necesita ser iluminada y sostenida: "¡Estoy
tan afligido, Señor! Dame vida según tu promesa.
(...) Mi vida está en peligro; pero no olvido tu voluntad" (Sal
118, 107. 109).
Toda la estrofa está marcada por un sentimiento de
angustia: "Los malvados me tendieron un lazo" (v.
110), confiesa el orante, recurriendo a una imagen del ámbito
de la caza, frecuente en el Salterio. El fiel sabe que avanza
por las sendas del mundo en medio de peligros, afanes y persecuciones.
Sabe que las pruebas siempre están al acecho. El cristiano,
por su parte, sabe que cada día debe llevar la cruz
a lo largo de la subida a su Calvario (cf. Lc 9, 23).
3. A pesar de todo, el justo conserva
intacta su fidelidad: "Lo
juro y lo cumpliré: guardaré tus justos mandamientos
(...). No olvido tu voluntad (...). No me desvié de
tus decretos" (Sal 118, 106. 109. 110). La paz de la
conciencia es la fuerza del creyente; su constancia en cumplir
los mandamientos divinos es la fuente de la serenidad.
Por tanto, es coherente la declaración final: "Tus
preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de
mi corazón" (v. 111). Esta es la realidad más
valiosa, la "herencia", la "recompensa" (v.
112), que el salmista conserva con gran esmero y amor ardiente:
las enseñanzas y los mandamientos del Señor.
Quiere ser totalmente fiel a la voluntad de su Dios. Por
esta senda encontrará la paz del alma y logrará atravesar
el túnel oscuro de las pruebas, llegando a la alegría
verdadera.
4. A este respecto, son muy iluminadoras
las palabras de san Agustín, el cual, comentando precisamente el salmo
118, desarrolla al comienzo el tema de la alegría
que brota del cumplimiento de la ley del Señor. "Este
larguísimo salmo, desde el inicio, nos invita a la
felicidad, la cual, como es sabido, constituye la esperanza
de todo hombre. En efecto, ¿puede haber alguien que
no desee ser feliz? ¿ha habido o habrá alguien
que no lo desee? Pero si esto es verdad, ¿qué necesidad
hay de invitaciones para alcanzar una meta a la que el corazón
humano tiende espontáneamente? (...) ¿No será tal
vez porque, aunque todos aspiramos a la felicidad, la mayoría
ignora el modo como se consigue? Sí, precisamente
esta es la lección de aquel que dice: "Dichoso
el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor".
"Al parecer, quiere decir: Sé lo que quieres;
sé que buscas la felicidad. Pues bien, si quieres
ser feliz, lleva una vida intachable. Lo primero lo buscan
todos; pero son pocos los que se preocupan de lo segundo,
sin lo cual no se puede conseguir aquello que es la aspiración
común. ¿Cómo llevar una vida intachable
si no es caminando en la voluntad del Señor? Por tanto,
dichosos los que con vida intachable caminan en la voluntad
del Señor. Esta exhortación no es superflua,
sino necesaria para nuestro espíritu" (Esposizioni
sui Salmi, III, Roma 1976, p. 1113).
Hagamos nuestra la conclusión
del gran obispo de Hipona, que reafirma la permanente actualidad
de la felicidad
prometida a quienes se esfuerzan por cumplir fielmente la
voluntad de Dios.