1. En todas las festividades más significativas y
gozosas del antiguo judaísmo --en particular en la
celebración de la Pascua-- se cantaba la secuencia
de los Salmos que va desde el 112 al 117. Esta serie de himnos
de alabanza y de acción de gracias a Dios era llamada
el «Hallel egipcio», pues en uno de ellos, el
Salmo 113 A, se evocaba de manera poética y casi visiva
el éxodo de Israel de la tierra de la opresión,
el Egipto de los faraones, y el maravilloso don de la alianza.
Pues bien, el último Salmo que sigla este «Hallel
egipcio» es precisamente el 117, que acabamos de proclamar,
y que ya habíamos meditado en un comentario precedente.
2. Este canto revela claramente su
uso litúrgico
dentro del templo de Jerusalén. En su trama, de hecho,
parece desarrollarse una procesión, que comienza en
las «tiendas de los justos» (versículo
15), es decir, en las casas de los fieles. Éstos exaltan
la protección de la mano divina, capaz de tutelar
a quien es recto y confía incluso cuando irrumpen
los adversarios crueles. La imagen utilizada por el Salmista
es expresiva: «me rodeaban como avispas, ardiendo como
fuego en las zarzas, en el nombre del Señor los rechacé» (versículo
12).
Ante este peligro superado, el pueblo
de Dios estalla en «cantos
de victoria» (v. 15) en honor de «la diestra
del Señor» que «es poderosa» (Cf.
versículo 16). Se da, por tanto, la conciencia de
no estar nunca solos, a merced de la tormenta desencadenada
por los malvados. La última palabra, en verdad, es
siempre la de Dios que, si bien permite la prueba a su fiel,
sin embargo no le entrega a la muerte (Cf. versículo
18).
3. Al llegar a este punto, parece que
la procesión
llega a la meta evocada por el Salmista a través de
la imagen de «las puertas del triunfo» (versículo
19), es decir, la puerta santa del templo de Sión.
La procesión acompaña al héroe a quien
Dios ha dado la victoria. Pide que se le abran las puertas
para que pueda «dar gracias al Señor» (versículo
19). Con él «los vencedores entran por ella» (versículo
20). Para expresar la dura prueba que ha superado y la glorificación
que de ella resulta, se compara a sí mismo con «la
piedra desechada por los arquitectos» convertida «ahora
en la piedra angular» (versículo 22).
Cristo asumirá precisamente esta imagen y este versículo,
al final de la parábola de los viñadores homicidas
para anunciar su pasión y su glorificación
(Cf. Mateo 21, 42).
4. Al aplicarse a sí mismo este Salmo, Cristo abre
el camino a la interpretación cristiana de este himno
de confianza y de gratitud al Señor por su «hesed»,
es decir, por su fidelidad amorosa, de la que se hace eco
todo el Salmo (Cf. Salmo 117,1.2.3.4.29).
Los símbolos adoptados por los Padres de la Iglesia
son dos. Ante todo, el de la «puerta del triunfo»,
que san Clemente Romano en su «Carta a los Corintios» comentaba
de este modo: «Muchas son las puertas abiertas, pero
la de del triunfo está en Cristo. Bienaventurados
todos los que entran por ella y dirigen su camino en la santidad
y en la justicia, cumpliendo tranquilamente con todo» (48,4: «Los
Padres Apostólicos», «I Padri Apostolici»,
Roma 1976, p. 81).
5. Otro símbolo, unido al precedente, es precisamente
el de la piedra. Nos dejaremos guiar ahora en nuestra meditación
por san Ambrosio en su «Exposición sobre el
Evangelio según Lucas». Comentando la profesión
de fe de Pedro en Cesarea de Filipo, recuerda que «Cristo
es la piedra» y que «Cristo tampoco negó este
bello nombre a su discípulo, de modo que también él
sea Pedro, para que en la piedra tenga la firmeza de la perseverancia,
la inquebrantabilidad de la fe».
Ambrosio introduce entonces la exhortación: «Esfuérzate
tú también por ser una piedra. Pero para esto,
no busques la piedra fuera de ti, sino dentro de ti. Tu piedra
son tus acciones, tu piedra es tu pensamiento. Sobre esta
piedra se edifica tu casa para que no sea flagelada por ninguna
tempestad de los espíritus del mal. Si eres una piedra,
estarás dentro de la Iglesia, pues la Iglesia está sobre
la piedra. Si estás dentro de la Iglesia, las puertas
del infierno no prevalecerán contra ti» (VI,
97-99: «Obras exegéticas», «Opere
esegetiche», IX/II, Milán-Roma 1978 = Saemo
12, p. 85).