1.
Continuando con nuestra meditación sobre los textos
de la Liturgia de los Laudes, volvemos a considerar un Salmo
ya propuesto, el más breve del Salterio. Es el Salmo
116, recién escuchado, una especie de pequeño
himno, o de jaculatoria que se convierte en una alabanza
universal al Señor. Expresa lo que quiere proclamar
con dos palabras fundamentales «amor» y «fidelidad» (Cf.
v. 2).
Con
estos términos, el Salmista ilustra sintéticamente
la alianza entre Dios e Israel, subrayando la relación
profunda, leal y confiada que existe entre el Señor
y su pueblo. Escuchamos aquí el eco de las palabras
que el mismo Dios había pronunciado en el Sinaí,
al presentarse a Moisés: «Señor, Señor,
Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera
y rico en amor y fidelidad» (Éxodo 34, 6).
2.
A pesar de su carácter breve y esencial, el Salmo
116 penetra en el corazón de la oración, que
consiste en el encuentro y en el diálogo vivo y personal
con Dios. En este acontecimiento, el misterio de la divinidad
se revela como fidelidad y amor.
El
Salmista añade un aspecto particular de la oración:
la experiencia de oración debe irradiarse en el mundo,
transformándose en testimonio para quien no comparte
nuestra fe. De hecho, al inicio, el horizonte se amplía
a «todas las naciones» y «todos los pueblos» (Cf.
Salmo 116, 1), para que ante la belleza y la alegría
de la fe se dejen también conquistar por el deseo
de conocer, encontrar y alabar a Dios.
3.
En un mundo tecnológico
minado por un eclipse de lo sagrado, en una sociedad que
se complace
en una cierta
autosuficiencia, el testimonio de quien ora es como un rayo
de luz en la oscuridad.
En
un primer momento, puede que sólo despierte curiosidad,
después puede inducir a la persona reflexiva a plantearse
el sentido de la oración y, por último, puede
suscitar un creciente deseo de hacer la experiencia. Por
este motivo, la oración no es nunca un acontecimiento
solitario, sino que tiende a dilatarse hasta involucrar al
mundo entero.
4.
Acompañamos ahora el Salmo 116 con las palabras
de un gran Padre de la Iglesia de Oriente, san Efrén
el Sirio, quien vivió en el siglo IV. En uno de sus «Himnos
sobre la fe», el decimocuarto, expresa el deseo de
no dejar de alabar nunca a Dios, involucrando también
a «todos aquellos que comprenden la verdad» divina.
Este es su testimonio: «¿Cómo puede dejar
de alabarte mi arpa, Señor?/ ¿Cómo podría
enseñar a mi lengua la infidelidad?/ Tu amor ha dado
confianza a mis dudas,/ pero mi voluntad es todavía
ingrata (estrofa 9).
»Es justo que el hombre reconozca tu divinidad,/ es
justo que los seres celestes alaben tu humanidad;/ los seres
celestes se sorprendieron al ver que te habías aniquilado,/
y los de la tierra al ver hasta qué punto te has exaltado» (estrofa.
10: «El Arpa del Espíritu» («L’Arpa
dello Spirito»), Roma 1999, pp. 26-28).
5.
En otro himno («Himnos Nisibianos», 50),
san Efrén confirma su compromiso de alabanza incesante,
y explica el motivo en el amor y en la compasión de
Dios por nosotros, precisamente como sugiere nuestro Salmo.
«Que en ti, Señor, mi boca te alabe desde silencio./
Que nuestras bocas no dejen de pronunciar tu alabanza,/ que
nuestros labios no dejen de profesarte;/ que tu alabanza
pueda vibrar en nosotros!» (estrofa 2).
»Dado que la raíz de nuestra fe está hundida
en nuestro Señor;/ a pesar de que está lejos,
está cerca en la fusión del amor./ Que las
raíces de nuestro amor se unan a él,/ que la
plenitud de su compasión se difunda sobre nosotros» (estrofa.
6: ibídem., pp. 77.80).