1. Continúa nuestra reflexión sobre los Salmos, que constituyen
el texto esencial de la Liturgia de las Vísperas. Acaba de resonar en
nuestros corazones el Salmo 10, una breve oración de confianza que,
en el original hebreo, está salpicada por el nombre divino sagrado «Adonai»,
el Señor. En la apertura se escucha el eco de este nombre (Cf. versículo
1), aparece en tres ocasiones en el centro del Salmo (Cf. versículos
4-5) y vuelve a aparecer en el final (Cf. versículo 7).
El tono espiritual de todo el canto está bien expresado por el versículo
conclusivo: «el Señor es justo y ama la justicia». Este
es el motivo de toda confianza y el manantial de toda esperanza en el día
de la oscuridad y de la prueba. Dios no es indiferente ante el bien y el mal,
es un Dios bueno y no un hado oscuro, indescifrable y misterioso.
2. El Salmo se desarrolla esencialmente en dos escenas.
En la primera (Cf. versículos 1-3), se describe al impío en su triunfo aparente.
Es descrito con imágenes de carácter bélico y de caza:
es el perverso, que tensa su arco de guerra o de caza para disparar violentamente
contra su víctima, es decir, el fiel (Cf. versículo 2). Este último,
por este motivo, se siente tentado por la idea de evadirse y liberarse de un
ataque tan implacable. Quisiera huir «como un pájaro al monte» (versículo
1), lejos del remolino del mal, del asedio de los malvados, de las flechas
de las calumnias lanzadas a traición por los pecadores.
Se da una especie de desaliento en el fiel que se siente
sólo e impotente
ante la irrupción del mal. Tiene la impresión de que se sacuden
los fundamentos del orden social justo y que se minan las bases mismas de la
convivencia humana (Cf. versículo 3).
3. Viene entonces el gran cambio, descrito en la segunda
escena (Cf. versículos
4-7). El Señor, sentado en su trono celestial, abarca con su mirada
penetrante todo el horizonte humano. Desde esa posición trascendental,
signo de la omnisciencia y de la omnipotencia divina, Dios puede escrutar y
valorar a cada persona, distinguiendo el bien del mal y condenando con vigor
la injusticia (Cf. versículos 4-5).
Es sumamente sugerente y consoladora la imagen del ojo
divino, cuya pupila analiza fija y atentamente nuestras acciones. El Señor no es un soberano
remoto, cerrado en su mundo dorado, sino una presencia vigilante que está de
la parte del bien y de la justicia. Ve y provee, interviniendo con su palabra
y su acción
El justo prevé que, como sucedió en Sodoma (Cf. Génesis
19, 24), el Señor «hará llover sobre los malvados ascuas
y azufre» (Salmo 10, 6), símbolos del juicio de Dios que purifica
la historia, condenando el mal. El impío, golpeado por esta lluvia ardiente,
que prefigura su suerte futura, experimenta finalmente que «hay un Dios
que juzga en la tierra» (Salmo 57, 12).
4. El Salmo, sin embargo, no concluye con esta imagen
trágica de castigo
y condena. El último versículo abre el horizonte a la luz y a
la paz destinadas para el justo, que contemplará a su Señor,
juez y justo, pero sobre todo liberador misericordioso: «los buenos verán
su rostro». (Salmo 10, 7). Es una experiencia de comunión gozosa
y de serena confianza en el Dios que libera del mal.
Una experiencia así la han hecho innumerables justos a través
de la historia. Muchas narraciones describen la confianza de los mártires
cristianos ante los tormentos, así como su firmeza, que no rehuía
de la prueba.
En las «Actas de Euplo», diácono de Catania, asesinado
en torno al año 304 bajo Diocleciano, el mártir pronuncia espontáneamente
esta secuencia de oraciones: «Gracias, Cristo: protégeme porque
sufro por ti... Adoro al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Adoro
a la Santa Trinidad... Gracias, Cristo. ¡Ayúdame, Cristo! Por
ti sufro, Cristo... ¡Tu gloria es grande, Señor, en los siervos
que te has dignado en llamar!... Te doy gracias, Señor Jesucristo, porque
tu fuerza me ha consolado; no has permitido que mi alma pereciera con los impíos
y me has concedido la gracia de tu nombre. Confirma ahora lo que has hecho
en mí para que quede confundida la soberbia del Adversario» (A.
Hamman, «Oraciones de los primeros cristianos» --«Preghiere
dei primi cristiani»--, Milán 1955, pp. 72-73).