Catequesis del Papa Juan Pablo II:
Libro de la Sabiduría
1. El Cántico que se acabamos de escuchar nos presenta
gran parte de una amplia oración puesta en labios
de Salomón, que en la tradición bíblica
es considerado el rey justo y el sabio por excelencia. Nos
la ofrece el capítulo noveno del Libro de la Sabiduría,
un escrito del Antiguo Testamento compuesto en griego posiblemente
en Alejandría de Egipto, en los umbrales de la era
cristiana. Se puede percibir la expresión del judaísmo
vivaz y abierto de la Diáspora hebrea en el mundo
helénico.
Este libro nos propone fundamentalmente
tres recorridos de pensamiento teológico: la inmortalidad bienaventurada
como punto de llegada final de la existencia del justo (Cf.
capítulos 1-5); la sabiduría como don divino
y guía de la vida y de las opciones del fiel (Cf.
capítulos 6-9); la historia de la salvación,
en particular del acontecimiento fundamental del éxodo,
que comienza con la opresión egipcia, signo de esa
lucha entre el bien y el mal, y termina con una salvación
plena y con la redención (Cf. capítulos 10-19).
2. Salomón vivió diez siglos antes del autor
inspirado del Libro de la Sabiduría, sin embargo ha
sido considerado como el iniciador y artífice de toda
una reflexión sapiencial posterior. La oración
en forma de himno, puesta en sus labios, es una invocación
solemne dirigida al «Dios de los padres y Señor
de la misericordia» (9,1) para que conceda el don preciosísimo
de la sabiduría.
Es evidente en nuestro texto la alusión a la escena
narrada en el Primer Libro de los Reyes, cuando Salomón,
en los inicios de su reino, se dirigió a los altos
de Gabaón, donde se levantaba un santuario, y después
de haber celebrado un grandioso sacrificio, en la noche tiene
un sueño-revelación. Por petición misma
de Dios, que le invita a pedirle un don, él responde: «Concede,
pues, a tu siervo, un corazón que entienda para juzgar
a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal» (1
Reyes 3, 9).
3. La inspiración ofrecida por esta invocación
de Salomón se desarrolla en nuestro Cántico
en una serie de llamamientos dirigidos al Señor para
que conceda el tesoro insustituible de su sabiduría.
En el pasaje presentado por la Liturgia
de los Laudes encontramos estas dos imploraciones: « Dame la sabiduría...
Mándala de tus santos cielos, y de tu trono de gloria» (Sabiduría
9, 4.10). Sin este don, uno se da cuenta de que se queda
sin guía, como privado de una estrella polar que orienta
las opciones morales de la existencia: «siervo tuyo
soy..., hombre débil y de pocos años, demasiado
pequeño para conocer el juicio y las leyes..., sin
la sabiduría, que procede de ti, será estimado
en nada» (versículos 5-6).
Es fácil intuir que esta «sabiduría» no
es la simple inteligencia o la habilidad práctica,
sino más bien la participación en la mente
misma de Dios que «con tu sabiduría formaste
al hombre» (Cf. v. 2). Es, por tanto, la capacidad
de penetrar en el sentido profundo del ser, de la vida y
de la historia, yendo más allá de la superficie
de las cosas y de los acontecimientos para descubrir el significado último,
querido por el Señor.
4. La sabiduría es como una lámpara que ilumina
nuestras opciones morales de todos los días y nos
conduce por el camino recto «que sabe lo que es grato
a tus ojos y lo que es recto según tus preceptos» (Cf.
v. 9). Por este motivo la Liturgia nos hace rezar con las
palabras del Libro de la Sabiduría al inicio de una
jornada, para que Dios con su sabiduría esté junto
a mí y «para que me asista en mis trabajos» diarios
(Cf. v. 10), revelándonos el bien y el mal, lo justo
y lo injusto.
De la mano de la Sabiduría divina nos adentramos
confiados en el mundo. A ella nos agarramos, amándola
con un amor conyugal como Salomón, que como dice el
Libro de la Sabiduría confesaba: «Yo la amé [la
sabiduría] y la pretendí desde mi juventud;
me esforcé por hacerla esposa mía y llegué a
ser un apasionado de su belleza» (8, 2).
5. Los Padres de la Iglesia han identificado
en Cristo la Sabiduría de Dios, siguiendo a san Pablo, que definía
a Cristo «potencia de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor
1, 24).
Concluyamos con una oración de san Ambrosio, que
se dirige a Cristo con estas palabras: «¡Enséñame
las palabras ricas de sabiduría, pues tú eres
la Sabiduría! Abre mi corazón, tú, que
has abierto el libro. ¡Tú abres esa puerta que
está en el cielo, pues tú eres la Puerta! Quien
se introduzca a través tuyo, poseerá el Reino
eterno; quien entre a través tuyo, no se engañará,
pues no puede equivocarse quien ha entrado en la morada de
la Verdad» («Comentario al Salmo 118/1» --«Commento
al Salmo 118/1»-- Saemo 9, p. 377).