Catequesis del Papa Juan Pablo II:
Cántico del Libro de Judith
El
Señor, creador del mundo, protege a su pueblo
1. El cántico
de alabanza que acabamos de proclamar (cf. Jdt 16, 1-17)
se atribuye a Judit, una heroína
que fue el orgullo de todas las mujeres de Israel, porque
le tocó manifestar el poder liberador de Dios en un
momento dramático de la vida de su pueblo. La liturgia
de Laudes sólo nos hace rezar algunos versículos
de su cántico, que nos invitan a celebrar, elevando
cantos de alabanza con tambores y cítaras, al Señor, "quebrantador
de guerras" (v. 2).
Esta última expresión, que define el auténtico
rostro de Dios, amante de la paz, nos introduce en el contexto
donde nació el himno. Se trata de una victoria conseguida
por los israelitas de un modo muy sorprendente, por obra
de Dios, que intervino para evitarles una derrota inminente
y total.
2. El autor sagrado reconstruye ese
evento varios siglos después, para dar a sus hermanos y hermanas en la
fe, que sentían la tentación del desaliento
en una situación difícil, un ejemplo que los
animara. Así, refiere lo que aconteció a Israel
cuando Nabucodonosor, irritado por la oposición de
este pueblo frente a sus deseos de expansión y a sus
pretensiones de idolatría, envió al general
Holofernes con la precisa misión de doblegarlo y aniquilarlo.
Nadie debía resistir a él, que reivindicaba
los honores de un dios. Y su general, compartiendo su presunción,
se había burlado de la advertencia, que se le había
hecho, de no atacar a Israel porque equivaldría a
atacar a Dios mismo.
En el fondo, el autor sagrado quiere
reafirmar precisamente este principio, para fortalecer
en la fidelidad al Dios de
la alianza a los creyentes de su tiempo: hay que confiar
en Dios. El auténtico enemigo que Israel debe temer
no son los poderosos de esta tierra, sino la infidelidad
al Señor. Esta lo priva de la protección de
Dios y lo hace vulnerable. En cambio, el pueblo, cuando es
fiel, puede contar con el poder mismo de Dios, "admirable
en su fuerza, invencible" (v. 13).
3. Este principio queda espléndidamente ilustrado
por toda la historia de Judit. El escenario es una tierra
de Israel ya invadida por los enemigos. El cántico
refleja el dramatismo de ese momento: "Vinieron los
asirios de los montes del norte, vinieron con tropa innumerable;
su muchedumbre obstruía los torrentes, y sus caballos
cubrían las colinas" (v. 3). Se subraya con sarcasmo
la efímera jactancia del enemigo: "Hablaba de
incendiar mis tierras, de pasar mis jóvenes a espada,
de estrellar contra el suelo a los lactantes, de entregar
como botín a mis niños y de dar como presa
a mis doncellas" (v. 4).
La situación descrita en las palabras de Judit se
asemeja a otras vividas por Israel, en las que la salvación
había llegado cuando parecía todo perdido. ¿No
se había producido así también la salvación
del Éxodo, al atravesar de forma prodigiosa el mar
Rojo? Del mismo modo ahora el asedio por obra de un ejército
numeroso y poderoso elimina toda esperanza. Pero todo ello
no hace más que poner de relieve la fuerza de Dios,
que se manifiesta protector invencible de su pueblo.
4. La obra de Dios resulta tanto más luminosa cuanto
que no recurre a un guerrero o a un ejército. Como
en otra ocasión, en el tiempo de Débora, había
eliminado al general cananeo Sísara por medio de Yael,
una mujer (Jc 4, 17-21), así ahora se sirve de nuevo
de una mujer inerme para salir en auxilio de su pueblo en
dificultad. Judit, con la fuerza de su fe, se aventura a
ir al campamento enemigo, deslumbra con su belleza al caudillo
y lo elimina de forma humillante. El cántico subraya
fuertemente este dato: "El Señor omnipotente
por mano de mujer los anuló. Que no fue derribado
su caudillo por jóvenes guerreros, ni le hirieron
hijos de titanes, ni altivos gigantes le vencieron; le subyugó Judit,
hija de Merarí, con sólo la hermosura de su
rostro" (Jdt 16, 5-6).
La figura de Judit se convertirá luego en arquetipo
que permitirá, no sólo a la tradición
judía, sino también a la cristiana, poner de
relieve la predilección de Dios por lo que se considera
frágil y débil, pero que precisamente por eso
es elegido para manifestar la potencia divina. También
es una figura ejemplar para expresar la vocación y
la misión de la mujer, llamada, al igual que el hombre,
de acuerdo con sus rasgos específicos, a desempeñar
un papel significativo en el plan de Dios.
Algunas expresiones del libro de Judit pasarán, más
o menos íntegramente, a la tradición cristiana,
que verá en la heroína judía una de
las prefiguraciones de María. ¿No se escucha
un eco de las palabras de Judit cuando María, en el
Magníficat, canta: "Derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes" (Lc 1, 52)? Así se
comprende el hecho de que la tradición litúrgica,
familiar tanto a los cristianos de Oriente como a los de
Occidente, suele atribuir a la madre de Jesús expresiones
referidas a Judit, como las siguientes: "Tú eres
la gloria de Jerusalén, tú la alegría
de Israel, tú eres el orgullo de nuestra raza" (Jdt
15, 9).
5. El cántico de Judit, partiendo de la experiencia
de la victoria, concluye con una invitación a elevar
a Dios un cantar nuevo, reconociéndolo "grande
y glorioso". Al mismo tiempo, se exhorta a todas las
criaturas a mantenerse sometidas a Aquel que con su palabra
ha hecho todas las cosas y con su espíritu las ha
forjado. ¿Quién puede resistir a la voz de
Dios? Judit lo recuerda con gran énfasis: frente al
Creador y Señor de la historia, los montes, desde
sus cimientos, serán sacudidos; las rocas se fundirán
como cera (cf. Jdt 16, 15). Son metáforas eficaces
para recordar que todo es "nada" frente al poder
de Dios. Y, sin embargo, este cántico de victoria
no quiere infundir temor, sino consolar. En efecto, Dios
utiliza su poder invencible para sostener a sus fieles: "Con
aquellos que te temen te muestras tú siempre propicio" (Jdt
16, 15).