Catequesis del Papa Juan Pablo II:
Cántico de la Carta de san Pablo a los Filipenses
1. La Liturgia de las Vísperas comprende, además
de los Salmos, algunos cánticos bíblicos. El
que se acaba de proclamar es sin duda uno de los más
significativos y de los de mayor densidad teológica.
Se trata de un himno engarzado en el capítulo segundo
de la Carta de san Pablo a los cristianos de Filipos, la
ciudad griega que se convirtió en la primera etapa
del anuncio misionero del apóstol en Europa. El Cántico
es considerado como una expresión de la liturgia cristiana
de los orígenes y para nuestra generación es
motivo de alegría el poder asociarse, después
de dos milenios, a la oración de la Iglesia apostólica.
El Cántico presenta una doble trayectoria vertical,
un movimiento que en un primer momento desciende y que después
asciende. Por un lado se da el descenso humillante del Hijo
de Dios cuando, en la Encarnación, se hace hombre
por amor a los hombres. Cae en la «kenosis»,
es decir, en el «despojo» de su gloria divina,
que le lleva hasta la muerte en la cruz, el suplicio de los
esclavos que ha hecho de él el último de los
hombres, auténtico hermano de la humanidad sufriente,
pecadora y repudiada.
2. Por otro lado, se presenta la ascensión triunfal
que tiene lugar en Pascua, cuando Cristo es restablecido
por el Padre en el esplendor de la divinidad y es ensalzado
como Señor por todo el cosmos y por todos los hombres
ya redimidos. Nos encontramos ante una grandiosa relectura
del misterio de Cristo, sobre todo del misterio pascual.
San Pablo, además de proclamar la resurrección
(Cf. 1 Corintios 15, 3-5), recurre también a la definición
de la Pascua de Cristo como «exaltación», «ensalzamiento», «glorificación».
Por tanto, desde el horizonte luminoso
de la trascendencia divina el Hijo de Dios ha superado
la infinita distancia
que separa al Creador de la criatura. No se apegó a «su
categoría de Dios», que le compete por naturaleza
y no por usurpación: no quiso conservar celosamente
esta prerrogativa como un tesoro ni utilizarla para su ventaja.
Es más, Cristo se «vacío», se «humilló» a
sí mismo y se presentó como pobre, débil,
destinado a la muerte infamante de la crucifixión.
Precisamente de esta humillación máxima parte
el gran movimiento ascensional descrito en la segunda parte
del himno de san Pablo (Cf. Filipenses 2, 9-11).
3. Ahora Dios «levanta» a su hijo, concediéndole
un «nombre» glorioso que, en el lenguaje bíblico,
hace referencia a la misma persona y a su dignidad. Este «nombre» es «Kyrios», «Señor»,
el nombre sagrado del Dios bíblico, aplicado ahora
a Cristo resucitado. Pone en actitud de adoración
al universo, descrito según la división de
cielo, tierra, y abismo.
El Cristo glorioso aparece en el final
del himno como el «Pantokrator»,
es decir, el Señor omnipotente que destaca triunfalmente
en los ábsides de las basílicas paleocristianas
y bizantinas. Lleva todavía los signos de la pasión,
es decir, de su verdadera humanidad, pero se presenta ahora
en el esplendor de la divinidad. Cristo, que está cerca
de nosotros en el sufrimiento y en la muerte, nos atrae ahora
hacia sí en la gloria, bendiciéndonos y haciéndonos
partícipes de su eternidad.
4. Concluimos nuestra reflexión sobre el himno de
san Pablo con las palabras de san Ambrosio, que retoma con
frecuencia la imagen de Cristo que «se despojó de
su rango», humillándose --como aniquilándose
(«exinanivit semetipsum»)-- en la encarnación
y en la entrega de sí mismo sobre la cruz.
En particular, en el Comentario al
Salmo 118 el obispo de Milán dice así: «Cristo, clavado en el árbol
de la cruz..., fue atravesado por la lanza y salió sangre
y agua, más dulce que todo ungüento, víctima
grata a Dios, expandiendo por todo el mundo el perfume de
la santificación. De hecho, al hacerse hombre siendo
Verbo, se impuso límites; a pesar de que era rico,
se hizo pobre para enriquecernos con su miseria (Cf. 2Corintios
8, 9); era poderoso y se presentó como un miserable,
hasta el punto de que Herodes lo despreciaba y se reía
de él; era capaz de hacer temblar la tierra y sin
embargo permanecía clavado a aquel árbol; era
capaz de cubrir el cielo con las tinieblas, de crucificar
al mundo, y sin embargo fue crucificado; su cabeza desfallecía
y sin embargo en ese momento se manifestaba el Verbo; había
sido anulado, y lo llenaba todo. Dios descendió y
elevó al hombre; el Verbo se hizo carne para que la
carne pudiera reivindicar para sí el trono del Verbo
a la diestra de Dios; se había convertido en una herida,
y sin embargo manaba de él ungüento; parecía
innoble y sin embargo era Dios» (III,8, Saemo IX, Milano-Roma
1987, pp. 131.133).