Biblia y revelación

Es muy claro que el hombre busca a Dios. Todos los hombres, en todos los tiempos, buscamos a Dios. Sin embargo, la religión católica es distinta, porque nos enseña a Dios que busca al hombre, y al buscarlo le va enseñando quién es.

Desde el inicio de los tiempos, la humanidad ha tenido claro que la naturaleza es algo tan perfecto, con un orden tan sublime, que se debió a una inteligencia superior que lo creó. Desde los hombres primitivos hasta los físicos modernos
(como Alfredo Kastler, premio Nobel de Física), han llegado a la misma
conclusión: el mundo, el universo, las leyes naturales y la existencia no son fruto del azar ni de la casualidad. Tuvieron un origen, fueron creados.

Sin embargo, lo mismo el hombre primitivo que veía todos los días el movimiento
del sol, hasta los astrofísicos de hoy con sus asombrosos telescopios, terminan retornando al mismo origen Creador: Dios.

El hombre, aunque puede entender a Dios a partir de Sus Obras, tiene un conocimiento, una lógica y una inteligencia limitados. Por eso Dios, Sus Obras y Su actuar son un misterio que la inteligencia del hombre trata de desentrañar. El hombre intenta entender ese misterio, eso que está oculto, pero no puede llegar por sí mismo demasiado lejos. La esencia de Dios, Sus Obras, Sus Planes están
a una altura en la que simplemente el hombre no acaba de comprender.

Dios busca al hombre

Sin embargo, así como el Hombre busca a Dios, nos encontramos con que Dios busca al hombre. Y no solo le busca, sino que va mostrándole poco a poco quién es.
Se va revelando. Revelar significa mostrar algo que estaba oculto. Cuando se
revela una fotografía, se puede ver lo que se plasmó en la película.
Revelación significa quitar el velo que cubre algo.

Sin duda alguna, la Revelación es algo que ha hecho Dios de manera libre, y es una muestra del gran amor que nos tiene. Pudo dejarnos en el misterio de su existencia, pero no lo hizo. Pudo dejarnos solos, pero esa no fue Su Voluntad. Eligió mostrarse a nosotros, y lo hizo porque nos ama. Este acto de amor, lo hace Dios para que nos unamos a Él, para que lo conozcamos, lo comprendamos y creamos en Él. Dios nos revela sus misterios para que nos unamos a Él.

Esta Revelación, Dios la hace poco a poco. El Creador se convierte verdaderamente en un maestro que va enseñando con paciencia, poco a poco hasta mostrarnos La Verdad (así con mayúsculas).

Ya decíamos antes que la Revelación se hace con obras y con palabras. Los hombres y mujeres entendemos un poco de Dios por medio de acciones, de hechos que podemos ver a lo largo del tiempo. Sin embargo, Dios ha querido ser directo, y para hacerlo nos habla en nuestro propio lenguaje. ¡Qué importante concepto!
Dios nos habla, Dios mismo, el creador del Universo, por pura voluntad y amor
nos enseña sus misterios de una manera abierta.

La Sagrada Escritura

Esta Revelación de la palabra está contenida en un libro que todos conocemos como “La Biblia”, y ha sido la Iglesia Católica quien la recibió como en depósito y la preserva fielmente como el gran tesoro de la Revelación última. Explicaremos esto:

Dios se fue revelando paulatinamente al hombre (podemos ver muestras de ello a lo largo de todo el Antiguo Testamento). En estas revelaciones fue preparándonos para una última, grandiosa y definitiva Revelación. Era tan grande esta Revelación, que envió a su propio Hijo unigénito a hacerla.
Dios hecho hombre nos enseña con claridad lo que Dios espera de nosotros, y es una Revelación que verdaderamente asombra. Asombró al pueblo judío, asombró a escribas y fariseos y nos asombra hoy en día.
Dios Padre, envía a Su Único Hijo para revelarnos La Verdad, y esa verdad es puesta en manos de los apóstoles y de sus sucesores para transmitirla. Así entendemos mejor la Revelación que Dios hace por medio de su Hijo con el Espíritu Santo.

Con los apóstoles, la Iglesia toma un papel fundamental en la Revelación. El Espíritu Santo asistió a los apóstoles, y es con la muerte del último de ellos cuando se cierra la Revelación pública: Dios ha dicho todo lo que tenía que decir. Sin embargo el asunto no se planteaba con tanta facilidad. Tan profundo fue el mensaje de Jesucristo, tan grande fue Su Revelación, que era (y es) necesario interpretarla adecuadamente. Jesús mismo no escribió nada. De hecho el único testimonio que tenemos de que escribió algo fue en la escena del Evangelio en la que estaban a punto de apedrear a la mujer adúltera. Jesús escribía en el suelo con un dedo (Jn 8, 6). Pero no conocemos ningún libro que haya escrito, ni un solo pedazo de papel. ¿Cómo pudo ser esto? Jesús era el Verbo Hecho Carne. Jesucristo no escribió nada, pero dejó un gran mensaje, un mensaje que además se complementaba y cumplía con todo lo que se había registrado antes como Revelación de Dios. Jesús no abolió la escritura, sino que la cumplió.
Pero, si Jesucristo no dejó nada escrito ¿Cómo sabemos lo que hizo? ¿Cómo sabemos lo que enseñó? ¿Cómo conocemos Su Revelación?

La respuesta la tenemos en la historia del pueblo Judío. La Revelación de Dios
se asentó por escrito en rollos de pergamino que eran celosamente guardados,
cuidadosamente copiados y profundamente venerados. Sin embargo estos escritos eran tan valiosos en todos los sentidos, que no todo el mundo podía acceder a ellos. Hoy, todos podemos ir a una librería y por un módico precio conseguir una Biblia. Para el pueblo Judío de hace tres o cuatro mil años no había esta facilidad. Por ello, tenían con frecuencia que memorizar pasajes, libros enteros de la Escritura. Esto sin mencionar que los primeros rollos en los que se asentó por escrito la Revelación de Dios a los hombres ocurrió bastante tiempo después de que fue realizada originalmente, pero que había sido, de nuevo, memorizada por los hebreos. El pueblo judío estaba entrenado para memorizar. Los apóstoles recordaban con mucha precisión lo que Jesús había dicho
y hecho. Formaban parte de esta cultura que memorizaba todo. Esto nos explica
cómo fue que se escribieron los Evangelios varios años después de que Jesús murió y resucitó.

La Tradición

Tras la Ascensión de Jesús al que enseñaran el Evangelio. Y lo hicieron con celo
y con precisión. Esta Cielo, los apóstoles comunicaron el mensaje de Jesús. El Señor les dió un mandato imperativo. Esa predicación apostólica se convirtió en la Tradición de la Iglesia.
Los Apóstoles, bajo el influjo del Espíritu Santo enseñaron todo lo necesario para que la humanidad pudiera vivir santamente y aumentar su fe. Los Apóstoles y sus Sucesores, la Iglesia misma, en su doctrina dan una luz a la Verdad revelada por Dios. Sagrada Escritura y Tradición de la Iglesia provienen de un mismo origen: Dios, por tanto, “Esta Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo...”
(Dei Verbum, II, 7)

Los propios sucesores de los apóstoles (los Obispos) no solamente conocían con precisión los términos del evangelio, sino también su espíritu, es decir, cómo interpretar la Buena Nueva. No era raro que se malinterpretaran las palabras, hechos o gestos de Jesús. Los sucesores de los apóstoles tuvieron un papel fundamental en enseñar e interpretar fielmente el espíritu de la Revelación que había hecho Jesucristo. Y es ahí donde la Iglesia toma un papel fundamental. No es solo lo que dice la Biblia, sino lo que significa. Esto es lo que conocemos como el Magisterio de la Iglesia.


La interpretación de la Biblia

Para los católicos, la lectura de la Biblia no implica únicamente una interpretación
literal de lo que se lee. Las Biblias católicas contienen notas explicativas en las que se cita continuamente la interpretación de la Iglesia a cada pasaje. Es asombroso leer un pasaje de la Biblia, meditarlo, y tratar de entender su significado, para posteriormente leer las notas y darse cuenta de que se nos pasaron por alto una infinidad de conceptos, relaciones, ideas y hechos.
Solamente cuando leemos los comentarios e interpretación que la Iglesia ha hecho sobre cada pasaje de la Escritura, es cuando nos damos cuenta de que realmente la Biblia en su gran diversidad de libros es una unidad perfecta.
Pero sin leer estas notas, sin atender al Magisterio de la Iglesia, fácilmente podemos perdernos al tratar de entender la Revelación divina. La Iglesia, en este sentido, nos lleva de la mano diciéndonos “efectivamente, esto que has pensado e interpretado tiene su validez, pero no pierdas de vista que...”. Verdaderamente la Iglesia es una Maestra Inigualable, su Magisterio nos enseña con una precisión asombrosa el sentido de la Escritura.
Tan profunda es la enseñanza de la Iglesia, que se hace evidente la influencia del Espíritu Santo al aclarar el sentido de la Revelación.

Revelación, Sagradas Escrituras, Tradición y Magisterio son conceptos que los católicos nunca debemos dejar de tener en mente al hablar de La Sagrada Biblia.

Resumen

Dios quiso revelarse al hombre en un acto libre y de amor a nosotros. Su Revelación fue una enseñanza sabia y paulatina que desde el principio anunciaba una culminación: la Revelación definitiva. Jesucristo, Dios hecho hombre, realiza esta Revelación y la confía a los apóstoles, quienes dan testimonio de lo que vieron, oyeron y vivieron (Tradición) y enseñan –ellos, y los obispos como y sus sucesores- lo que la Revelación de Dios significa.
La Iglesia, fundada por Jesucristo, enseña (Magisterio) lo que quiere decir la Revelación.


Para Profundizar:

Dei Verbum, Constitución Apostólica Post Sinodal, Capítulos I y II

Catecismo de la Iglesia Católica

Revelación:

66, 67, 35, 36, 52, 68, 156, 150, 176, 1814, 157, 158, 74, 1960, 544, 2419, 101, 53, 69, 38, 105, 50, 67, 80, 81, 82, 83, 129

Argumentos de la Revelación:

Puntos 1048, 50, 51, 287, 337, 2060, 2071, 1846, 1701, 2419, 386, 387, 388, 389, 390, 992, 124, 502

La Revelación de Dios:

2085, 2059, 2070, 2071, 201, 202, 152, 438, 647, 648, 651, 203-214, 2143, 272, 151, 238-42, 2779, 243-248, 237, 732, 561, 516

La Revelación en la Historia de la Salvación

59, 65-67, 73, 60-64, 72, 55, 54, 70

Transmisión de la Revelación

81-82

La transmisión por medio de los Apóstoles y los Evangelios

78-79, 82, 77

 

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