

Introducción
a la lectura de la Biblia
Un documento introductorio a la lectura de la Biblia de gran valor para quienes
buscan una guía, breve pero completa, sobre el origen de las Escrituras,
el contexto histórico, contenido, posible orden de lectura, claves de
interpretación.
La Biblia es un libro precioso, pues es la mismísima Palabra de Dios a
los hombres; pero cuando se lee fuera del contexto histórico-teológico
en el cual nació y sin tener en cuenta otros datos valiosos, puede convertirse
en arma de doble filo, para propia condenación (ver 2 Pe 3,16). Aconsejamos
descargar el documento e imprimirlo, para leerlo con más provecho y detenidamente.
"Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo" (San Jerónimo,
s IV)
Introducción
Sin ninguna duda, en las últimas décadas se ha producido un
gran despertar bíblico entre lo católicos. La lectura de la Biblia
va dejando de ser algo reservado a nuestros hermanos de las otras Iglesias
o grupos cristianos. Prueba de esto es la multiplicación de ediciones
católicas de la Biblia en todos los idiomas y más concretamente
en castellano. Además se multiplican los círculos y encuentros
de iniciación y reflexión bíblica.
Se trata de un hecho sumamente positivo que tuvo su aval
y su mejor estímulo
en el Concilio Vaticano II concluido hace 25 años. ¡Cómo
no va a ser positivo que se conozca en forma directa la Palabra que fundamenta
y alimenta toda nuestra fe! Esa Palabra que, en buena parte -lo que nosotros
llamamos Antiguo Testamento -es leída y venerada también por
los judíos.
Sin embargo, el entusiasmo inicial por la lectura de
la Biblia se transforma no pocas veces en una especie de decepción. "Yo leo la Biblia pero
no la entiendo": esta es una expresión que suele estar en labios
de personas muy sinceras y llenas de buena voluntad. Como consecuencia, a menudo
se abandona aquella lectura.
La
Biblia no es un libro fácil
Hay que reconocer que la Biblia no es un Libro fácil. No lo fue nunca
y tampoco lo es ahora. En mayor o menor grado a todos nos pasa lo que le sucedió a
aquel funcionario de la reina de Etiopía que volvía de Jerusalén
leyendo al profeta Isaías: ¿Cómo lo Puedo entender, si
Nadie me lo explica?".
Una traducción inteligible es muy importante y es lo que se ha intentado
con la versión realizada en nuestro país, titulada "El Libro
del Pueblo de Dios". Pero no basta. Necesitamos que nos inicien y nos
guíen en la lectura de la Biblia. O sea, que nos hagan entrar en el
mundo de la Biblia, que fue escrita -sobre todo el Antiguo Testamento- en épocas
y ambientes tan distintos de los nuestros.
Entonces, ¿será la Biblia sólo para "iniciados"?
Sí y no. No, si entendemos por "iniciados" a una minoría
selecta con muchos conocimientos intelectuales. Sí, si nos referimos
a una iniciación por lo menos elemental, semejante a la que se necesita
para manejar un automóvil o desempeñarse en cualquier trabajo.
Finalidad última
de su lectura
De todos modos no se trata de oponer una lectura "científica" de
la Biblia a otra llamada "espiritual". Por supuesto, lo importante
es en último término descubrir el mensaje siempre actual de la
Biblia y su aplicación a nuestra vida: "¿Qué nos
dice Dios aquí y ahora a través de esos viejos textos de otros
tiempos y lugares?".
Precisamente, para lograr esto como es debido, no queriendo
hacer decir a la Biblia lo que nosotros queremos que diga, se hace necesaria
una suficiente
iniciación. De lo contrario, los textos de la Sagrada Escritura pueden
confundirnos y hasta desconcertarnos. Incluso, pueden llevarnos a conclusiones
completamente gratuitas y fantasiosas, cuando no contrarias a la verdadera
fe. Es lo que sucede con algunas sectas tan extendidas en todas partes.
A esta finalidad responde el presente folleto, que podrá servir de
base tanto a la lectura personal de la Biblia cuanto a la que se realiza en
forma grupal. Desde luego existen otros libros y escritos elaborados con el
mismo fin. De ellos daremos una bibliografía que, sin duda, será de
mucha utilidad. Es de esperar que todo esto nos ayude a "leer" los
textos bíblicos para "vivir" la Palabra contenida dentro de
ellos.
"El Concilio exhorta vehementemente a todos los fieles cristianos a que
adquieran el "inapreciable conocimiento de Cristo Jesús",
con la lectura frecuente de las divinas Escrituras" (Concilio Vaticano
II, Constitución sobre la Revelación divina, 25).
Para leer y comentar
Lc. 11. 27-28 Hech. 8. 26-40
Heb. 4. 12 Sant. 1. 19-25
Para orar
"Conservo tu Palabra en mi corazón, para no pecar contra ti" Sal.
119. 11.
PALABRA DE DIOS Y PALABRA DE LOS HOMBRES
Dios nos habla de muchas y muy diversas maneras. Lo hace
a través de
la naturaleza, de los acontecimientos y de nuestra conciencia. Pero su Palabra
nos llega especialmente en los libros bíblicos. Ahí se conserva
su Palabra escrita. Es la Palabra del Padre celestial, que "sale al encuentro
de sus hijos y entabla conversación con ellos", según una
feliz expresión del Concilio Vaticano II.
"Toda la Escritura está inspirada por Dios", nos enseña
el Apóstol san Pablo. Y así lo reconocen numerosos textos de
los mismos Libros Sagrados. De ahí el valor excepcional que siempre
se les dio tanto en el Pueblo de Israel cuanto en la Iglesia de Jesucristo.
Los Apóstoles basaron su predicación en los escritos del Antiguo
testamento y el mismo Jesús confirmó sus enseñanzas.
"Palabra de Dios", se nos dice después de proclamarse los
textos de la Biblia en las celebraciones litúrgicas. Y así debemos
escucharlos y leerlos nosotros, "como lo que son realmente: como Palabra
de Dios, que actúa en los que creen", según otra afirmación
de san Pablo. Sólo esos textos tienen a Dios por autor principal, y
ningún otro escrito, por bueno que sea, puede equipararse con ellos.
Libro de Dios, libro de hombres
Pero si bien la Biblia fue inspirada por Dios de una
forma única y
exclusiva, eso no significa que haya caído del cielo. A fuerza de repetir
que ella contiene la Palabra de Dios, existe el riesgo de olvidar que fue escrita
por hombres diferentes y a lo largo de muchos siglos. A la vez que un Libro "divino",
la Biblia es un Libro "humano", El Espíritu Santo inspiró a
los autores sagrados, pero no para que fueran simples taquígrafos de
lo que El les dictaba. Al contrario, se valió le ellos como de instrumentos
vivos y conscientes, respetando la personalidad de cada uno, el idioma que
hablaban y su originalidad literaria. Por lo tanto, cada uno de ellos dejó en
sus escritos un sello propio y un matiz particular.
De hecho, los Libros inspirados fueron compuestos originariamente
en diversas lenguas. A saber, el hebreo, la lengua semita que los israelitas
encontraron
en la Tierra prometida; el arameo, que llegó a ser la lengua del pueblo;
y el griego hablado comúnmente en la época de Jesús. En
esta lengua se escribió todo el Nuevo Testamento y dos Libros del Antiguo.
La mayor parte del Antiguo, en cambio, fue escrita en hebreo, y sólo
unas pocas partes en arameo.
Un ejemplo puede aclarar esto. El que ejecuta una obra
musical está condicionado
por las características del instrumento utilizado. También Dios
condicionó su Palabra a los que El eligió para escribirla. Una
adecuada lectura de la Biblia exige que se tenga bien presente esta realidad
sin que eso oscurezca el sello divino que está presente en cada una
de sus páginas. La Biblia es Palabra de Dios "escrita" por
los hombres y palabra de los hombres "inspirada" por Dios.
El Concilio Vaticano II lo expresa de una manera sumamente
elocuente: "Las
palabras de Dios, al ser expresadas por lenguas humanas, se hicieron semejantes
a la manera humana de hablar, así como un día la Palabra del
eterno Padre se hizo semejante a los hombres, asumiendo la carne de la debilidad
humana" (Constitución sobre la Revelación divina, 13).
Por más que cueste comprenderlo, los cristianos aceptamos que, al hacerse
hombre en Jesucristo, Dios se haya sometido a todas las limitaciones propias
de la naturaleza humana. ¿Por qué no vamos a aceptar también
que Dios se haya valido de las limitaciones e imperfecciones del lenguaje humano
para transmitirnos su mensaje divino? En el fondo, se trata del misterio de
la "humanidad" de Dios que quiso salvar a los hombres "poniéndose
a su altura".
"La Iglesia siempre ha tenido y tiene las Sagradas Escrituras juntamente
con la Tradición, como la regla suprema de su fe, ya que, inspiradas
por Dios y consignadas por escrito de una vez para siempre, ellas comunican
inmutablemente la Palabra del mismo Dios". (Constitución sobre
la Revelación divina, 21)
Para leer y comentar
1 Mac. 12. 9 Flp. 2. 5-11
2 Tim. 3. 14 - 4. 2 2 Ped. 1.19-21; 3. 15-16
Para orar
"Mi alegría está en tus preceptos, no me olvidaré de
tu Palabra" Sal. 119. 16.
JESUCRISTO CENTRO DE TODA LA ESCRITURA
Como todos sabemos y más adelante lo vamos a analizar mejor, para los
cristianos, la Biblia consta de dos grandes partes, que llamamos el Antiguo
y el Nuevo Testamento. Y también sabemos que la línea divisoria
entre ambos es Jesucristo: con El, en efecto, se inicia el Nuevo Testamento.
Sin duda es así, pero esto no significa que Jesús no tiene mucho
que ver con el Antiguo o que está al margen de él.
Pensar de esta manera -como sucede a veces inconscientemente-
sería
un gravísimo error.
La Biblia es una sola. Es como una planta que hunde sus
raíces en el
Antiguo Testamento y florece en el Nuevo. Y las dos partes que la componen
encuentran su unidad en Cristo. El es la clave que nos permite descifrar su
sentido más profundo. "Toda la Biblia gira alrededor de Jesucristo:
el Antiguo Testamento lo considera como su esperanza, el Nuevo como su modelo,
y ambos como su centro". Esta expresión de Pascal -matemático,
físico y filósofo del siglo XVII- resume muy bien el lugar de
Cristo dentro de la Escritura.
Por eso, cuando san Jerónimo -el gran traductor de la Biblia a la lengua
latina en el siglo IV- afirmaba que "ignorar las Escrituras es ignorar
a Cristo", no se refería solamente a los Libros inspirados por
Dios después de su venida, como son los Evangelios y el resto de los
escritos apostólicos. Lo que quiere decirnos es que tampoco se puede
conocer debidamente a Jesucristo si se desconoce lo que está contenido
en los Libros Sagrados anteriores a El.
Jesús fue llamado "el profeta de Nazaret" y lo es de verdad.
Pero no como uno más entre los tantos que Dios envió a su Pueblo "en
muchas ocasiones y de diversas maneras". El es el Profeta en quien se
cumplen todas las profecías. Más aún, lejos de ser el
mero transmisor de una palabra que se le había confiado, El es la palabra
en persona. La Palabra única y definitiva, la "última" Palabra
con la que Dios nos dice lo que antes había dicho con muchas palabras.
Más aún, el Apóstol san Pedro llega a decirnos en una
de sus Cartas que era "el Espíritu de Cristo el que estaba presente
en los profetas" del Antiguo Testamento, inspirándolos e iluminándolos.
Lo que equivale a reconocer que Cristo es por igual el gran "protagonista",
tanto del Antiguo cuanto del Nuevo Testamento. Con razón, entonces,
El desafiaba a sus adversarios, diciéndoles: "Ustedes examinan
las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar Vida eterna: ellas dan testimonio
de mí".
Así se explica que el Señor haya dicho: "Es necesario que
se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés,
en los Profetas y en los Salmos", o sea, en todo lo que es para nosotros
el Antiguo Testamento. El Evangelio pone esta advertencia en labios de Jesús
resucitado, y agrega: "Entonces les abrió la inteligencia para
que pudieran comprender las Escrituras". También leemos en otra
parte del Evangelio que, cuando Jesús resucitó, sus discípulos "creyeron
en la Escritura".
No es de extrañar, en consecuencia que uno de los Documentos del Concilio
Vaticano II declare que "cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura
es el mismo Cristo quien nos habla". El mismo Cristo por boca de Moisés
de Isaías o de cualquiera de los escritores sagrados. De ahí que
los autores de los Evangelios hayan releído el Antiguo Testamento buscando
y encontrando en él a Cristo, como lo recordaremos al tratar sobre los
diversos "sentidos" de la Biblia. Por algo solía decirse antiguamente
que "la Ley llevaba a Cristo en su seno".
A la luz de Jesucristo todo se aclara y hasta los textos
más oscuros
y aparentemente menos importantes de la Biblia adquieren una nueva e inesperada
dimensión.
Con razón decimos en cada Vigilia Pascual: "Cristo ayer y hoy
Principio y Fin, Alfa y Omega. A El pertenece el tiempo y la eternidad. A El
sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos". Es fundamental
que tratemos de familiarizarnos con esta idea. Sólo así podremos
sacarle a la Biblia "todo el jugo" posible. Y esta es, por otra parte,
la única forma de leerla "cristianamente".
"La Iglesia siempre ha venerado las Sagradas Escrituras como el mismo
Cuerpo de Cristo, porque, sobre todo, en la liturgia, no deja de alimentarse
con el Pan de Vida y de distribuirlo a los fieles tomándolo de la Mesa,
tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo". (Constitución
sobre la Revelación divina, 21)
Para leer y comentar
Lc. 24. 13-35 Jn. 1. 35-51
Lc. 24. 36-48 Jn. 5. 39-47
Para orar
"Lo que me consuela en la aflicción es que tu Palabra me da la
vida" Sal. 119. 50.
LA BIBLIA ES UN LIBRO Y UNA BIBLIOTECA
La Biblia es un Libro. El Libro de los libros. El Libro "del Dios del
Pueblo" y "del Pueblo de Dios". Pero lo que ahora se publica
en un volumen fue primero una serie de textos agrupados poco a poco en razón
de un común denominador, a saber, su origen divino. La misma palabra "Biblia" significa "los
libros". De ahí que sea, a la vez, un "Libro" y una "Biblioteca" sagrada.
El total de los escritos bíblicos es de 74: 47 del Antiguo Testamento
y 27 del Nuevo. Su común denominador no impide que exista entre ellos
-como en toda biblioteca- una gran variedad. Allí encontramos relatos
históricos narraciones folklóricas, códigos legislativos,
oraciones de diferentes clases. oráculos proféticos, poemas de
amor, parábolas, refranes, cartas y listas genealógicas.
Se equivocaría completamente el que pensara encontrar en la Biblia
lo que suele llamarse un libro "piadoso". Ciertamente lo es, pero
no de la manera que muchos se imaginan. En ella está contenida la "Historia
de la Salvación". Y esa Historia abarca muchas cosas, como la vida
de cada uno y de toda la humanidad. De hecho, Dios quiso hablarnos "así".
Y "así" se fue "revelando a los hombres y nos reveló su
designio misericordioso de amor.
Diversos sentidos
En la Biblia no debemos atenernos siempre estrictamente
a la letra de lo que está escrito. Es indispensable comenzar por averiguar cuál es
el estilo o el género literario empleado en cada uno de sus Libros o
en las diversas partes de ellos para transmitirnos la Palabra de Dios. A algunos
esto los puede desconcertar o confundir un poco, pero sólo así se
puede descubrir el verdadero alcance de esa Palabra.
Todos sabemos que un mismo hecho se narra de diferentes
maneras, dentro de un círculo de amigos o frente a un tribunal. También sabemos
que aún dentro del estilo epistolar, no es lo mismo una carta familiar
que otra de carácter comercial.
Lo mismo sucede en la Biblia. ¿Por qué vamos a entender literalmente
el relato de la creación del mundo como si se tratara de un informe
científico? ¿Y por qué nos vamos a extrañar de
que a veces tal o cual acontecimiento se relate de maneras aparentemente contradictorias
en uno u otro pasaje bíblico?
En este último caso, podemos preguntarnos cuál de esos relatos
es el "exacto". En realidad lo son todos y no lo es ninguno del todo.
Sin embargo, todos son "verdaderos". Cada uno, en efecto, pone de
relieve un aspecto de la verdad. ¿Acaso la verdad en sí misma
no suele ser compleja y casi imposible de abarcar desde un solo ángulo?
Como a las montañas, no se la puede conocer desde una sola ladera.
De este modo, podremos manejarnos correctamente en el "mundo" de
la Biblia. Podremos conocerla y, sobre todo amarla verdaderamente. En efecto,
el deseo de la Iglesia y el objeto de toda iniciación bíblica
es que se logre "aquel amor suave y vivo hacia la Sagrada Escritura, atestiguando
por la venerable tradición de los ritos litúrgicos, tanto orientales
como occidentales". Así afirma el Concilio Vaticano II en su Constitución
sobre la Liturgia, 24.
Sí, debemos "amar" la Biblia, como se ama la voz de una persona
muy querida. Pero ya sabemos que para llegar a amar de veras a alguien es necesario
aceptarlo con sus virtudes y sus defectos, con sus valores y sus limitaciones.
También para amar la Biblia hay que comenzar por no idealizarla, queriendo
que sea como nosotros desearíamos que fuera: es preciso aceptarla "tal
cual es". Y cuanto más la "amemos", más y mejor
la "entenderemos".
"La verdad se propone y expresa en la Sagrada Escritura de diversas y
variadas maneras, según se trate de textos históricos -con diferentes
grados de historicidad- proféticos o poéticos, o de otras formas
de hablar. De ahí que la Escritura deba leerse e interpretarse con el
mismo espíritu con que se escribió". (Constitución
sobre la Revelación divina, 12)
Para leer y comentar
Ex. 14; 15 Sal. 66. 5-6; 78. 12-14; 114; 136.13-15
Neh. 9. 9-12 Sab. 10.15-21
Para orar
"Tus fieles verán con alegría que puse mi esperanza en
tu Palabra" Sal. 119. 74.
GÉNEROS
LITERARIOS
Uno de los géneros literarios más conocidos del Antiguo Testamento
es el "histórico", hasta el punto que todo el Antiguo Testamento
se concibió como una "Historia Sagrada". De hecho las dos
principales obras literarias articuladas de la Biblia - y no meras recopilaciones
de obras independientes- Son dos obras "históricas": la "deuteronómica" (Josué,
Jueces, Samuel y Reyes) y la del "Cronista" (Crónicas, Esdras
y Nehemías).
También la obra literaria de mayor importancia y la más antigua
o sea los textos de la tradición llamada "yahvista" -porque
en ella se designa a Dios con el nombre de "Yahvé"- es una
obra "histórica". Eso no quiere decir que todo lo que se narra
en ella sea "histórico". Al contrario, contiene los famosos
relatos de la creación del mundo y del hombre, que sirven de introducción
a la historia auténtica a la manera de "mitos" que expresan
lo que nunca fue y siempre es".
Más aún, cuando se habla del género "histórico" de
estas obras literarias de la Biblia, no se debe entender dicha expresión
en el sentido que se le da actualmente.
Lo que pretenden esos textos no es simplemente relatar
las cosas que sucedieron en otra época.
Las exposiciones históricas más importantes de la Biblia tienen
otra finalidad. Son escritos aleccionadores y programáticos, que muestran
más bien lo que hay que hacer "ahora". El pasado se narra
para que pueda pensarse en los errores que hay que evitar y en las medidas
que se deben adoptar: es una "historia profética". Desde luego
a través de esta gran obra histórica del Antiguo Testamento nos
han llegado muchas noticias del pasado, pero el propósito del autor
no era tanto este sino más bien ofrecer un "programa" de gobierno
y de reformas.
Esto se nota sobre todo en la obra del "Cronista", cuyo propósito
era poner de relieve que la misión esencial de la comunidad religiosa
de Israel consistía en dar gloria a Dios en el Templo de Jerusalén.
En el fondo, la obra del Cronista es una "reinterpretación" de
la historia de Israel.
Sin embargo, no todos los escritos "históricos" del Antiguo
Testamento tienen este objetivo "programático". Otros intentan
mostrar cómo se ha llegado a una determinada institución o situación
discutible del presente por ejemplo, cómo Salomón llegó a
ser el legítimo sucesor de David. Este tipo de escritos están
mucho más cerca del estilo actual de los libros de historia y sirven
de fuentes muy valiosas para el historiador.
De todas maneras, la Biblia contiene y es una "historia sagrada" en
el sentido más profundo de la palabra: es la "Historia de la Salvación",
la historia de la fidelidad de Dios más allá de las infidelidades
de los hombres.
Otro de los géneros literarios de la Biblia es el de los relatos "didácticos" o "doctrinales" con
apariencias históricas, entre los que se destacan los libros de Tobías,
Judit y Ester. Estos tres Libros pueden considerarse una especie de "novelas
históricas", cuya finalidad era levantar el ánimo de Israel
en los momentos de desaliento y cuando el pueblo estaba más expuesto
a dejarse arrastrar por el paganismo circundante.
En el Nuevo Testamento lo que más se asemeja a estos relatos doctrinales
son las célebres "parábolas" que, junto con las fábulas,
también se encuentran en el Antiguo Testamento, diseminadas en varios
de sus Libros.
Otro caso de relato "doctrinal" es el 2do. libro de los Macabeos
con la diferencia de que su autor no lo compuso sobre la base de alusiones
bíblicas como las anteriores, sino de extractos de una obra histórica
que se perdió.
A estos géneros, hay que agregar el de los "oráculos proféticos" -iniciados
casi siempre con la expresión: "Así habla el Señor"-
que no sólo se encuentran en las "colecciones proféticas
sino también en otros Libros, incluidos los Salmos.
También encontramos en la Biblia el género "apocalíptico",
muy extendido entre los judíos desde el siglo II a.C. hasta el II d.C.
Se caracteriza por sus "revelaciones", sobre todo acerca del porvenir,
y en él abundan las visiones simbólicas, las alegorías
enigmáticas, las imágenes sorprendentes y las especulaciones
numéricas.
Su aparición se explica por las duras condiciones de vida del Judaísmo
tardío, que despertaron un gran anhelo de tiempos mejores y de liberación
nacional. El prototipo de este género literario en el Antiguo Testamento
es el libro de Daniel, así como en el Nuevo Testamento lo es el célebre
Apocalipsis.
Otros géneros literarios de la Biblia son el "proverbial" (Proverbios),
el de los "poemas didácticos" (Sabiduría), el de los "diálogos
sapienciales" (Job), el de las "súplicas individuales o colectivas" (Salmos),
el de los "Himnos" Salmos.
Aclaremos que en un mismo Libro se mezclan a veces diversos
géneros
literarios, y tengamos en cuenta que un mismo hecho puede ser narrado con diversos
géneros literarios. Un ejemplo de esto es lo que sucede con el "Oráculo
profético" de 2 Sam. 7. 4-17, que está en el origen de la
esperanza mesiánica de Israel y tiene un hermoso paralelo poético
en Sal. 89. 20-38.
COMO NACIÓ Y SE FORMÓ LA BIBLIA
Uno de los géneros literarios más conocidos del Antiguo Testamento
es el "histórico", hasta el punto que todo el Antiguo Testamento
se concibió como una "Historia Sagrada". De hecho las dos
principales obras literarias articuladas de la Biblia - y no meras recopilaciones
de obras independientes- Son dos obras "históricas": la "deuteronómica" (Josué,
Jueces, Samuel y Reyes) y la del "Cronista" (Crónicas, Esdras
y Nehemías).
También la obra literaria de mayor importancia y la más antigua
o sea los textos de la tradición llamada "yahvista" -porque
en ella se designa a Dios con el nombre de "Yahvé"- es una
obra "histórica". Eso no quiere decir que todo lo que se narra
en ella sea "histórico". Al contrario, contiene los famosos
relatos de la creación del mundo y del hombre, que sirven de introducción
a la historia auténtica a la manera de "mitos" que expresan
lo que nunca fue y siempre es".
Más aún, cuando se habla del género "histórico" de
estas obras literarias de la Biblia, no se debe entender dicha expresión
en el sentido que se le da actualmente.
Lo que pretenden esos textos no es simplemente relatar
las cosas que sucedieron en otra época.
Las exposiciones históricas más importantes de la Biblia tienen
otra finalidad. Son escritos aleccionadores y programáticos, que muestran
más bien lo que hay que hacer "ahora". El pasado se narra
para que pueda pensarse en los errores que hay que evitar y en las medidas
que se deben adoptar: es una "historia profética". Desde luego
a través de esta gran obra histórica del Antiguo Testamento nos
han llegado muchas noticias del pasado, pero el propósito del autor
no era tanto este sino más bien ofrecer un "programa" de gobierno
y de reformas.
Esto se nota sobre todo en la obra del "Cronista", cuyo propósito
era poner de relieve que la misión esencial de la comunidad religiosa
de Israel consistía en dar gloria a Dios en el Templo de Jerusalén.
En el fondo, la obra del Cronista es una "reinterpretación" de
la historia de Israel.
Sin embargo, no todos los escritos "históricos" del Antiguo
Testamento tienen este objetivo "programático". Otros intentan
mostrar cómo se ha llegado a una determinada institución o situación
discutible del presente por ejemplo, cómo Salomón llegó a
ser el legítimo sucesor de David. Este tipo de escritos están
mucho más cerca del estilo actual de los libros de historia y sirven
de fuentes muy valiosas para el historiador.
De todas maneras, la Biblia contiene y es una "historia sagrada" en
el sentido más profundo de la palabra: es la "Historia de la Salvación",
la historia de la fidelidad de Dios más allá de las infidelidades
de los hombres.
Otro de los géneros literarios de la Biblia es el de los relatos "didácticos" o "doctrinales" con
apariencias históricas, entre los que se destacan los libros de Tobías,
Judit y Ester. Estos tres Libros pueden considerarse una especie de "novelas
históricas", cuya finalidad era levantar el ánimo de Israel
en los momentos de desaliento y cuando el pueblo estaba más expuesto
a dejarse arrastrar por el paganismo circundante.
En el Nuevo Testamento lo que más se asemeja a estos relatos doctrinales
son las célebres "parábolas" que, junto con las fábulas,
también se encuentran en el Antiguo Testamento, diseminadas en varios
de sus Libros.
Otro caso de relato "doctrinal" es el 2do. libro de los Macabeos
con la diferencia de que su autor no lo compuso sobre la base de alusiones
bíblicas como las anteriores, sino de extractos de una obra histórica
que se perdió.
A estos géneros, hay que agregar el de los "oráculos proféticos" -iniciados
casi siempre con la expresión: "Así habla el Señor"-
que no sólo se encuentran en las "colecciones proféticas
sino también en otros Libros, incluidos los Salmos.
También encontramos en la Biblia el género "apocalíptico",
muy extendido entre los judíos desde el siglo II a.C. hasta el II d.C.
Se caracteriza por sus "revelaciones", sobre todo acerca del porvenir,
y en él abundan las visiones simbólicas, las alegorías
enigmáticas, las imágenes sorprendentes y las especulaciones
numéricas.
Su aparición se explica por las duras condiciones de vida del Judaísmo
tardío, que despertaron un gran anhelo de tiempos mejores y de liberación
nacional. El prototipo de este género literario en el Antiguo Testamento
es el libro de Daniel, así como en el Nuevo Testamento lo es el célebre
Apocalipsis.
Otros géneros literarios de la Biblia son el "proverbial" (Proverbios),
el de los "poemas didácticos" (Sabiduría), el de los "diálogos
sapienciales" (Job), el de las "súplicas individuales o colectivas" (Salmos),
el de los "Himnos" Salmos.
Aclaremos que en un mismo Libro se mezclan a veces diversos
géneros
literarios, y tengamos en cuenta que un mismo hecho puede ser narrado con diversos
géneros literarios. Un ejemplo de esto es lo que sucede con el "Oráculo
profético" de 2 Sam. 7. 4-17, que está en el origen de la
esperanza mesiánica de Israel y tiene un hermoso paralelo poético
en Sal. 89. 20-38.
ORIGEN
Los orígenes de la Biblia se encuentran en las "tradiciones orales",
transmitidas de padres a hijos. Estas, a falta de escritura, tenían
antiguamente mucha más vigencia que en la actualidad. Las primeras de
esas tradiciones se remontan al tiempo de Moisés, 13 siglos antes de
Cristo. En cuanto a los primeros textos escritos, datan del siglo XI, o sea,
de la época del rey David.
A partir de entonces, se fue "haciendo" la Biblia. Para los judíos
-que sólo tienen lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento- ella
quedó terminada dos siglos antes de Jesucristo. Para los cristianos,
en cambio, a fines del siglo I de nuestra era, con el último libro del
Nuevo Testamento. La composición de la Biblia abarca, por lo tanto,
nada menos que un milenio, y ninguno de sus autores sabía que estaba
escribiendo la Biblia...
El Pueblo israelita, primero, y luego, la Iglesia reconocieron
que esos escritos -entre muchos otros también de carácter religioso- habían
sido inspirados por Dios para manifestares a los hombres a través de
ellos. Pero esto tampoco ocurrió de golpe sino progresivamente. Sólo
después de la destrucción de Jerusalén en el año
70, los judíos completaron su lista -lo que se llama el "canon"-
de Libros Sagrados. Y la Iglesia terminó de hacer lo propio en el curso
del siglo IV
ES UNA SOLA BIBLIA
La Biblia es una sola, pero del Antiguo Testamento existe
una versión
hebrea y otra griega. La segunda fue elaborada en la ciudad de Alejandría,
en Egipto, unos doscientos años antes de Jesucristo, para uso de los
judíos que habitaban fuera de Palestina. En esta versión griega
hay 7 libros y algunos fragmentos de otros dos que no fueron reconocidos como "inspirados" por
los judíos de Palestina.
Estos Libros que no entraron en el canon hebreo son Judit,
Tobías,
1ro. y 2do. de los Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico y Baruc,
incluida la Carta de Jeremías. A ellos hay que agregar una parte del
libro de Ester y otra del libro de Daniel. La razón para no admitirlos
es que algunos de ellos habían sido escritos originariamente en griego
y de otros sólo se conservaba la traducción en esa lengua. Tampoco
los protestantes los aceptan. La Iglesia Católica, en cambio, los incluye
con el nombre de "deuterocanónicos", o sea, "reconocidos
en segundo término".
¿Y en qué orden se escribió la
Biblia?
Ciertamente, no en el que figura actualmente. Así, por ejemplo, los
cinco primeros Libros que ahora la encabezan sólo adquirieron su forma
definitiva en el siglo V antes de Jesucristo, cuando ya existían muchos
otros del Antiguo Testamento. Y antes de que se escribieran los Evangelios,
ya habían aparecido varias Cartas apostólicas. Sólo el
Apocalipsis sigue un orden cronológico: es el que cierra la Biblia y,
a la vez, el último que se escribió.
También varía el orden actual de ubicación de los Libros
del Antiguo Testamento. En la mayor parte de las versiones se sigue el orden
de la Biblia griega, que los ubica dentro de cuatro partes, a saber, el Pentateuco,
los Libros históricos, los libros proféticos y los libros poéticos
y sapienciales. Otras versiones -entre ellas, la argentina- siguen el orden
de la Biblia hebrea, que contiene tres partes: la Ley , los Profetas y los
demás Escritos.
En cuanto a los originales de la Biblia, se perdieron
hace mucho tiempo, lo mismo que los originales de los grandes escritores
de la antigüedad. Las
copias más antiguas de casi toda la Biblia griega datan de los siglos
IV al V de nuestra era. De la Biblia hebrea completa, los manuscritos más
antiguos son de los siglos IX al XI.
Pero entre los años 1947 y 1957 se descubrieron cerca del Mar Muerto
600 fragmentos del Antiguo Testamento que datan de la época de Jesús.
Y del Nuevo Testamento también se conservan algunos fragmentos bastante
cercanos a la época en que fueron escritos.
"La Iglesia, instruida por el Espíritu Santo se esfuerza por acercarse
cada vez más a una mayor comprensión de las Sagradas Escrituras
para poder alimentar continuamente a sus hijos con las enseñanzas divinas".
(Constitución sobre la Revelación divina, 23)
Para leer y comentar
Ecli. Prólogo
Mt. 5. 17; 11. 13; 22. 40
Lc. 16.16; 24. 27, 44
Jn 1. 45; Hech. 24. 14; 26.22
Para orar
"Tu Palabra, Señor, permanece para siempre, está firme
en el cielo" Sal. 119. 89.
El Antiguo Testamento
Siglo X: Primeros textos del futuro Pentateuco; Proverbios 10. 1 - 22. 16
Siglo VIII: Amós, Oseas, Isaías I, Miqueas
Siglo VII: Primera redacción de los Libros "históricos",
Jeremías
Siglo VI: Ezequiel, Isaías II y III, Redacción definitiva de
los Libros "históricos"
Siglo V-IV :Pentateuco definitivo, Job, Proverbios definitivo
Siglo IV-III: Tobías, Cantar de los Cantares, Eclesiastés
Siglo II: Ester, Judit, Eclesiástico, Macabeos
Siglo I: Sabiduría
Siglo X-III: Salmos (muchos y recopilación definitiva,
siglo V)
El Nuevo Testamento
Año 51 Cartas a los Tesalonicenses
Años 56-58 Cartas a los Romanos, Corintios y Gálatas,
Carta de Santiago
Años 61-63 Cartas a los Colosenses y Efesios
Hacia 64 Primera Carta de Pedro
Años 65-70 Evangelio según san Marcos
Año 67 Carta a los Hebreos
Hacia 80 Evangelios según san Mateo y san Lucas, Hechos de los Apóstoles
Hacia 95 Evangelio según san Juan y Cartas de
Juan, Apocalipsis
Biblia griega
Casi completa (Antiguo y Nuevo Testamento) s. IV-V:
-Códices Sinaítico - Vaticano - Alejandrino.
Fragmentos
más o menos largos del Nuevo Testamento:
- 72 papiros: s. III
- Jn. 18. 31-33, 37-38: s II (1ra. mitad)
- Citas de los Padres y Leccionarios
Biblia hebrea
Completa (Antiguo Testamento):
- Códice de Leningrado: s. XI
- Códices de Siria y de Egipto: s. IX y X
- 600 fragmentos de todos los Libros, menos Ester: s.
I (1ra. mitad), Isaías
s. II a. C.
DEL ANTIGUO AL NUEVO TESTAMENTO
Con mucha frecuencia, se oye aplicar la palabra Biblia
nada más que
a los escritos del Antiguo Testamento. Desde luego eso es perfectamente correcto
para los creyentes del Pueblo de la primera Alianza pero no para los que pertenecemos
al Pueblo de la Nueva Alianza. También los escritos nacidos en el seno
del Cristianismo forman parte de la Biblia. Hacemos "nuestro" el
Antiguo Testamento pero a la vez lo completamos con el Nuevo.
Por supuesto los primeros creyentes no tenían otra Biblia que los Libros
Sagrados del Judaísmo leídos e interpretados a la luz de la fe
en Jesucristo resucitado. Esa fe no se basaba en testimonios escritos sino
en la predicación apostólica cuyo núcleo central era el
Misterio Pascual del Señor. Con todo la transmisión oral del
mensaje cristiano pronto resultó insuficiente para satisfacer las necesidades
de una Iglesia en rápida expansión.
De hecho el Apóstol Pablo tuvo que redactar varias Cartas para mantenerse
en contacto con las Comunidades fundadas por él. Y a medida que iban
muriendo los que habían conocido al Señor se hizo más
urgente recoger por escrito su mensaje. Es así como fueron apareciendo
los primeros textos que con el tiempo serían oficialmente reconocidos
como inspirados por Dios lo mismo que los textos del Antiguo Testamento.
CUATRO EVANGELIOS Y UN SOLO EVANGELIO
Entre los escritos cristianos de la Biblia sobresalen
los llamados Evangelios. Como es sabido Jesús no dejó ningún escrito personal.
En cambio el recuerdo de su palabra y de sus obras permaneció vivo en
la memoria de los que lo habían visto y oído. Y ese recuerdo
difundido de boca en boca fue tomando forma progresivamente dentro de las primeras
comunidades sobre todo con ocasión de las celebraciones cultuales y
de la catequesis a los recién bautizados.
Fueron cuatro los discípulos que recopilaron los dichos y hechos del
Señor y en base de ellos redactaron sus respectivos Evangelios. Los
tres primeros -el del Apóstol Mateo el de Marcos intérprete de
san Pedro y el de Lucas, compañero de viaje de san Pablo- siguen un
esquema más o menos semejante y tienen muchas coincidencias entre sí.
El cuarto en cambio -atribuido al Apóstol Juan- difiere considerablemente
de los otros tanto por su forma cuanto por su contenido.
Sin embargo los "cuatro" Evangelios no son en el fondo más
que "un" solo Evangelio. Es decir una sola Buena Noticia -este es
el significado de la palabra "Evangelio"- la más "buena" y
la más "noticia". La Buena Noticia de Jesús, expresada "según" cada
uno de los que la escribieron. Reducir los Evangelios a simples "vidas" de
Jesús, o a un conjunto de relatos más o menos interesantes, es
empobrecerlos y perder de vista su contenido más profundo
LA BUENA NOTICIA ANTICIPADA Y CUMPLIDA
Y si bien a partir del siglo II, el nombre de Evangelio
se reservó a
estos cuatro escritos, todo el resto del Nuevo Testamento merece este mismo
título. También los Hechos, las Cartas apostólicas y el
Apocalipsis son verdadero "Evangelio". También ellos contienen
la "Buena Noticia" " en la que hemos creído y por la
que somos salvados", según la expresión de san Pablo. ¿Y
por qué no dar igualmente este nombre a los Libros del Antiguo Testamento? ¿Acaso
todos ellos no anticipan el Evangelio cristiano?
Al incluir entre los Libros Sagrados sus propios escritos
que ahora constituyen el Libro de la Nueva Alianza o Nuevo Testamento la
Iglesia no pretendió sustituir
un Testamento por otro. Entre ambos no hay "ruptura", sino "continuidad".
Para expresarla, el arte cristiano representó alguna vez a los cuatro
grandes "profetas" del Antiguo Testamento llevando sobre sus espaldas
a los cuatro evangelistas. A veces, lo "nuevo" desplaza lo "antiguo":
en la Biblia, lo asume.
"Dios inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan
sabiamente que el Nuevo está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente
en el Nuevo." (Constitución sobre la Revelación divina,
16)
Para leer y comentar
Heb. 1. 1-2 Lc. 1.1-4
Hech. 10. 36-43 1 Ped. 1. 10-12
Para orar
"¡Qué dulce es tu Palabra para mi boca, es más dulce
que la miel!" Sal. 119. 103.
CARACTERÍSTICAS
DE LOS CUATRO EVANGELIOS
Marcos
Compuesto entre los años 65 y 70, y el más breve- fue escrito
para los cristianos venidos del paganismo. Tras los pasos de Jesús,
quiere llevarnos a descubrir gradualmente que El es el Mesías y el hijo
de Dios. La primera parte (caps. 1-8) nos lleva a interrogarnos sobre la identidad
de Jesús a través de sus milagros y enseñanzas. Así podemos
proclamar con Pedro al final de esta parte: "Tú eres el Mesías" (8.
29). En la segunda parte (caps. 9-16) nos encaminamos con El hacia la Pasión,
comprendiendo que seguir a Cristo significa hacerlo por el camino de la Cruz.
A diferencia de Mateo, Marcos se interesa más por las acciones que por
las palabras del Señor, y pone especialmente de relieve su humanidad
Mateo
Compuesto hacia el año 80- está dirigido a los cristianos venidos
del Judaísmo. Quiere demostrar por medio de las antiguas Escrituras
que Jesús es el Mesías esperado por Israel. Este evangelista
reúne su material en siete libros: un prólogo con los relatos
de la infancia del Señor (caps. 1-2), un epílogo con los acontecimientos
pascuales (caps. 26-28) y cinco secciones intermedias. En estas últimas
se agrupan otros tantos discursos del Señor, donde El aparece como el
nuevo Moisés, que lleva a su plenitud la Ley de la Antigua Alianza.
El tema central de estos discursos, precedidos cada uno de una parte narrativa,
es el Reino de Dios, al que Mateo llama ordinariamente Reino "de los Cielos" .
Lucas
Compuesto también hacia el año 80- es el Evangelio de la misión
a los paganos, a la vez que el de la misericordia y el perdón. Todos
sin distinción son invitados a participar del Reino anunciado e iniciado
por Jesús. Esta Salvación universal crea un clima de alabanza
y alegría, y en ella el Espíritu Santo ocupa un lugar fundamental.
Además, Jerusalén aparece como el lugar en el que se realiza
la Salvación. Todo comienza y termina en el Templo, y más de
la mitad del Evangelio -desde 9. 51 hasta el final- es un largo viaje hacia
la Ciudad santa donde el Señor culmina su obra salvadora. También
el libro de los Hechos de los Apóstoles, que es la continuación
de este Evangelio, sitúa en Jerusalén la venida del Espíritu
y el punto de partida de la acción evangelizadora.
Juan
Compuesto hacia el año 95- no sigue el mismo esquema que los tres Evangelios
anteriores y supone una reflexión mucho más desarrollada sobre
el misterio de la persona y la misión de Jesucristo. Este Evangelio
comienza remontándose al origen divino del Señor, a quien presenta
como la Palabra de Dios que existía eternamente y "se hizo carne" en
el tiempo. La primera parte (caps. 1-12) gira alrededor de "siete" signos
-los milagros- que dejan traslucir aquel misterio, a través de los discursos
explicativos que los acompañan. La segunda parte (caps. 13-21) nos pone
ante la "hora" de Jesús, a la que El mismo hizo varias veces
referencia a lo largo de su actividad pública, la "hora" en
que debía manifestarse su "gloria" por medio de la muerte.
Manantial inagotable
"Señor, ¿quién es capaz de comprender toda la riqueza
de una sola de tus palabras? Es más lo que dejamos que lo que captamos,
como los sedientos que beben de un manantial. Las perspectivas de la Palabra
de Dios son numerosas, según las posibilidades de los que la estudian.
El Señor ha pintado su Palabra con diferentes colores, para que cada
discípulo pueda contemplar lo que le agrada. Encerró en su Palabra
muchos tesoros, para que cada uno de nosotros al meditarla, encuentre una riqueza.
El que alcanza una parte del tesoro no crea que esa Palabra
contiene sólo
lo que él encontró, sino piense que él únicamente
encontró una parte de lo mucho que ella encierra. Enriquecido por la
Palabra, no crea que esta se ha empobrecido, sino que viendo, que no a podido
captar todo, dé gracias a causa de su gran riqueza. Alégrate
de haber sido vencido, y no te entristezcas de que te haya superado. El sediento
se alegra cuando bebe, y no se entristece porque no puede agotar el manantial,
porque si tu sed se sacia antes de que se agote el manantial, cuando vuelvas
a tener sed podrás beber nuevamente de él; si, por el contrario
una vez saciada tu sed, el manantial se secara, tu victoria se convertiría
en un mal para ti.
Da gracias por lo que recibiste, y no te pongas triste
por lo que queda y sobreabunda. Lo que recibiste, lo que a ti te tocó, es tu parte; pero
lo que queda es tu herencia. Lo que a causa de tu debilidad no puedes recibir
ahora, lo podrás recibir, si perseveras, en otros momentos. No intentes
beber avaramente de una sola vez lo que no se puede beber de una sola vez,
ni renuncies por negligencia a lo que podrás beber poco a poco" (San
Efrén, s. IV, Diácono y Doctor. de la Iglesia)
DIOS NO SE ATA A LA LETRA
Según un gran estudioso de la Biblia, estrictamente hablando, en el
Antiguo Testamento no habría más que dos "sentidos":
el "literal" y el llamado "típico", "figurativo" o "cristológico".
Este consiste en considerar a los personajes centrales -Adán, Noé,
los Patriarcas, Moisés, David, los Profetas- y los hechos fundamentales
de la historia bíblica -el Diluvio, el llamado de Dios a Abraham, el
paso del Mar Rojo, la Alianza del Sinaí- como "tipos" o "figuras" de
Cristo y de su obra salvadora. Es lo que se hace en numerosos Pasajes del Nuevo
Testamento.
Y aún sin apartarse del sentido "literal", Dios puede decirnos
mucho más de lo que dice la "letra". Un ejemplo característico
de este sentido "más pleno" o "implícito" es
el del oráculo de Isaías: "La joven está embarazada
y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel".
En su sentido "literal" histórico, este texto se refiere al
nacimiento del hijo de un rey de la dinastía de David. San Mateo, por
su parte, le da un nuevo sentido al aplicarlo a Jesús, el "Hijo
de David" por excelencia y, como nadie, "Dios con nosotros".
El
sentido alegórico
Por otra parte, es algo común referirse al sentido "alegórico" de
la Sagrada Escritura. Antiguamente, este término tenía un significado
más amplio que el actual y se refería a cualquier otro sentido
que no fuera el "literal". En tal caso, el sentido "alegórico" correspondería
al "típico", "figurativo" o "cristológico".
En la actualidad, por alegórico se entiende más bien todo lo
que es "simbólico". Esto supuesto, es evidente que la Escritura
está llena de "alegorías" que, con frecuencia, pertenecen
al sentido "literal". Pensemos en las parábolas y demás
expresiones simbólicas tan comunes en el lenguaje oriental.
No hay duda de que, a menudo, lo "alegórico" logra expresar
la realidad mucho mejor que lo "discursivo". Sin embargo, en ciertas épocas
existió una exagerada tendencia "alegorizante", que casi prescindía
del sentido "literal", o bien, lo dejaba en la sombra. Es un riesgo
que siempre existe. Por eso conviene recordar lo que enseña santo Tomás
de Aquino, el gran teólogo del siglo XIII: "En el sentido "espiritual" no
se contiene nada necesario para la fe, que también no lo presente la
Escritura en su sentido "literal"".
Asimismo, muchas veces se habla del sentido "acomodaticio" de los
textos bíblicos. Con todo, más que un sentido "de" la
Escritura, la "acomodación" es un sentido dado "a" la
Escritura, cuando se la aplica a tal o cual persona o situación concreta
dentro de la catequesis, la liturgia o la predicación. Este uso de la
Biblia es válido, pero siempre dentro de un cierto límite. O
sea, con tal que el uso no se convierta en "abuso", utilizándose
la Biblia en forma arbitraria y fantasiosa.
"La Iglesia instruida por el Espíritu Santo, trata de acercarse
cada vez más a una mayor comprensión de las Sagradas Escrituras,
para poder alimentar siempre a sus hijos con las enseñanzas divinas." (Constitución
sobre la Revelación divina, 23).
Para leer y comentar
Is. 7. 10-17; Mt. 1. 18-23 Rom. 5. 12-21
1 Cor. 10.1-13 1 Ped. 3. 18-22
Para orar
"Tu Palabra es una lámpara para mis pasos, y una luz en mi camino" Sal.
119. 105.
SAGRADA ESCRITURA E IGLESIA
No pocas veces se intenta oponer la Biblia a la Iglesia.
Esto es un contrasentido, desde el momento que la Iglesia "nace" de la Biblia y, a su vez,
la Biblia "nace" de la Iglesia. Ninguna de las dos podría
existir ni entenderse sin la otra. Ambas se reclaman y se necesitan. Es algo
parecido a lo que sucede con la Eucaristía: la Iglesia "hace" la
Eucaristía, pero también la Eucaristía "hace" la
Iglesia.
Por un lado, es en la Biblia donde la Iglesia encuentra
su fundamento y su razón de ser. A través de sus páginas, descubrimos ese
largo itinerario, que se inicia con la caravana de Abraham y sólo culminará en
la Jerusalén celestial. De la Sinagoga, la Asamblea de la Antigua Alianza,
se pasa a la Iglesia, la Asamblea de la Nueva Alianza. La Palabra profética
y la Palabra apostólica es la que convoca constantemente a esa Iglesia.
Pero es igualmente innegable que los Libros donde está escrita la Palabra
surgieron en el seno de la Iglesia, prefigurada en el Antiguo Testamento y
revelada en el Nuevo. Antes de ser "escritura" aquellos Libros fueron
acción y palabra oral dentro de ambas Comunidades. La "inspiración" divina
llegó a sus autores no sólo como individuos aislados sino como
integrantes del Pueblo. De ahí que la Biblia sea el Libro tanto "del
Dios del Pueblo" cuanto "del Pueblo de Dios".
No hay Biblia sin Iglesia
¿Y quién, sino la Iglesia, fue la que con el correr del tiempo
y después de largas reflexiones, sólo reconoció oficialmente
a "tales" o "cuales" Libros como "inspirados"? ¿Quién
sino la Iglesia decidió incluir estos Libros y no otros en la Biblia?
Así como la Biblia tuvo su origen en la experiencia humana y espiritual
del Pueblo de Dios, también es ese Pueblo el que le da su aval. "Yo
no creería en el Evangelio, decía san Agustín, si no me
moviera a hacerlo la autoridad de la Iglesia Católica".
Sin duda, la Iglesia está al servicio de la Palabra de Dios, y esta
es la norma última de su fe y su disciplina. Sin embargo, la Palabra
ha sido confiada a la Iglesia, para que ella la custodie y la interprete debidamente
y, a la vez, la difunda universalmente. Podemos decir que, además de
la inspiración "bíblica", hay una inspiración "eclesial",
que también procede del Espíritu y acompaña al Pueblo
de Dios bajo la guía de sus pastores.
La Biblia es Palabra de Dios puesta por escrito, pero
esa Palabra fue y sigue siendo transmitida a través de lo que se llama la "Tradición".
Ambas cosas -Escritura y Tradición- surgen de la misma fuente, que es
la Palabra de Dios, e interpretadas por el magisterio de la Iglesia, han gozado
siempre del mismo respeto y estima por parte de ella. "Las dos están íntimamente
unidas y compenetradas entre sí", afirma el Concilio Vaticano II.
Hay
que leer la Biblia "en la Iglesia"
De todo lo dicho se deduce que la Sagrada Escritura debe
leerse en la Iglesia, es decir, dentro de la comunidad visible de los creyentes
en Jesucristo, fundada
sobre la predicación apostólica y congregada por la acción
del Espíritu que la anima. Y por supuesto, la Biblia no puede separarse
de la Tradición viviente u oponerse a ella. Esa Tradición es
el medio vital en el que se fueron gestando y deben ser leídos los escritos,
lo mismo del Antiguo que del Nuevo Testamento.
En realidad, la destinataria de la Biblia es la Iglesia,
y cada uno de nosotros lo somos en la medida que formamos parte de ella y
estamos animados por el
sentido "eclesial". Apartarse de ese sentido acarrea siempre grandes
riesgos. "Tengan presente, ante todo -nos advierte san Pedro en una de
sus Cartas- que nadie puede interpretar por cuenta propia una profecía
de la Escritura". No basta "llenarse la boca" con citas de la
Biblia: hay que entenderlas correctamente.
Por eso, la Iglesia recomienda que los textos bíblicos estén
acompañados de notas aclaratorias que faciliten su lectura y salgan
al encuentro de las dudas más comunes que suelen existir. Asimismo,
son muy útiles las introducciones generales a los diferentes Libros
Sagrados y las que se intercalan dentro del mismo texto. En la traducción
argentina se ha dado especial importancia a estas introducciones, como un medio
de aprovechar mejor toda la riqueza contenida en la Palabra "viva y eterna".
"La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos
son como un espejo en el que la Iglesia que peregrina en la tierra contempla
a Dios, de quien todo lo recibe, hasta ser llevada a su presencia para verlo
cara a cara". (Constitución sobre la Revelación divina,
7)
Para leer y comentar
Mt. 28. 16-20 1 Cor. 15. 1-11
2 Tim. 4. 1-5 Apoc. 1.1-8; 22. 16-19
Para orar
"Tu Palabra está bien acrisolada y por eso la amo" Sal.
119. 140.
COMO HAY QUE LEERLA, POR DONDE EMPEZAMOS
Normalmente, un libro se lee comenzando por la primera
página y terminando
por la última. Se puede, pero no es así como conviene leer la
Biblia. Recordemos que más que un "libro" es una "biblioteca".
Y una biblioteca no se lee del primero al último libro de cada uno de
los estantes. En hojas aparte, presentamos un posible "orden de lectura".
Y asimismo, sugerimos las principales líneas para una lectura de la
Biblia como "Historia de Salvación".
Eso facilitará, sin duda, una primera lectura bíblica. Es verdad
que todo lo que está en la Biblia es Palabra de Dios, pero no todo lo
es con el mismo grado de importancia. Hay muchas genealogías, prescripciones
rituales, detalles geográficos o repeticiones que, a primera vista,
pueden resultar tediosos y faltos de interés. Por otra parte, no todos
están en condiciones de leer toda la Biblia, así como no todos
los alimentos son para todos los estómagos.
Por supuesto, una forma privilegiada de lectura es el
orden establecido por la Iglesia en sus tres ciclos litúrgicos. Resulta muy útil -como
algunos ya lo hacen- leer previa o posteriormente los textos correspondientes
a cada Domingo. Esto vale sobre todo para los Tiempos "fuertes",
a saber, Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua. No olvidemos que entre la Biblia
y la liturgia hay una relación tan estrecha que las hace inseparables
¿Y bastará leerla?
De ninguna manera. Nunca se insistirá bastante en que hay que acercarse
a la Sagrada Escritura con espíritu de fe. Y la fe es un don de Dios
que es necesario implorar constantemente. De ahí que la oración
debe acompañar habitualmente la lectura de la Biblia. Así se
entabla el diálogo entre Dios y el hombre. "A El le hablamos cuando
oramos, y a El lo escuchamos cuando leemos su Palabra", afirmaba en el
siglo IV el gran obispo san Ambrosio.
Sólo el Espíritu de Dios, que está y permanece en nosotros,
puede darnos la luz interior que nos permite penetrar en el sentido de los
textos bíblicos. De otra manera no podríamos comprender debidamente
lo que Dios quiere decirnos. "El Espíritu Santo, que el Padre enviará en
mi Nombre les enseñará todo y los introducirá en toda
la verdad", leemos en el Evangelio de san Juan. "Lo que viene del
Espíritu sólo se entiende plenamente mediante la acción
del Espíritu", decía un escritor cristiano del siglo III.
Sin el Espíritu, la Palabra escrita resulta letra muerta.
"Hablar con Dios es más importante que hablar de Dios", decía
san Agustín. Y un gran pensador de nuestro siglo asegura: "Toda
espiritualidad bíblica, judía o cristiana, está basada
en la oración. El hombre bíblico es un "orante", sea
ante el Muro de los Lamentos o en las sinagogas, en los templos cristianos
o en la celda de un convento". En la oración podemos "rumiar" la
Palabra de Dios, como María -la hermana de Lázaro- "sentada
a los pies del Señor".
¿Es
mejor leerla solos, o en grupo?
Las dos formas son buenas, pero ninguna excluye la otra.
Tal vez lo ideal sea que combinemos ambas, o sea, la lectura individual y
la grupal. La primera
puede ayudarnos a lograr una mayor concentración e intimidad con la
Palabra. La segunda puede enriquecernos con las reflexiones de los demás
y evitar ciertas falsas interpretaciones puramente subjetivas. También
en esto debe animarnos el espíritu comunitario.
De ahí la conveniencia de formar círculos de lectura bíblica
con encuentros más o menos periódicos. Es indispensable que los
dirija un sacerdote, una religiosa o un laico suficientemente iniciados. Además
del texto, deben leerse las introducciones y notas que facilitan su comprensión.
Y no hay que contentarse con "estudiar" la Biblia. Los participantes
deben tratar de descubrir la manera de llevarla a la vida. En cuanto a abrir
la Biblia al azar "para ver que dice", puede ser útil a veces,
con tal de que no se haga pensando hallar respuestas "mágicas".
"Que los fieles se acerquen de buena gana al texto sagrado, sea a través
de la liturgia, de la lectura espiritual o de otros medios, que felizmente
se difunden ahora en todas Partes". (Constitución sobre la Revelación
divina, 25)
Para leer y meditar
Neh. 8-9 Lc. 10. 21-22
Lc. 10. 38-42 1 Tes. 1. 4-10; 2. 13
Para orar
"Me anticipo a la aurora para implorar tu ayuda: yo espero en tu Palabra" Sal.
119. 147.
CUESTIONARIO CORRESPONDIENTE A CADA TEMA
1. "Yo leo la Biblia, pero no la entiendo"
Hech. 8. 26-40
a) ¿Cuáles son, según el texto leído,
los pasos del proceso de nuestro encuentro personal con Cristo?
b) ¿Qué parte del texto proclamado coincide
con una de las principales dificultades para leer la Biblia?
c) ¿Qué estamos haciendo y qué podemos hacer nosotros
para ayudar a los demás a superar dicha dificultad?
d) ¿Cuáles son las principales razones
para que leamos y fomentemos la lectura frecuente de la Sagrada Escritura?
2. Palabra de Dios y palabra de los hombres
2 Tim. 3. 14 - 4. 2
a) ¿A qué Testamento se refiere san Pablo cuando habla a Timoteo
de las Sagradas Escrituras, y qué consecuencia podemos sacar de esto?
b) ¿Cómo no debe y cómo debe entenderse la inspiración
de Dios dentro de los textos de la Biblia?
c) ¿Cómo se puede percibir y en qué textos se pone más
de manifiesto el carácter humano de la Escritura?
d) ¿Qué comparaciones conviene utilizar para dar a entender
cómo lo humano condiciona lo divino en la Biblia?
3. Jesucristo, centro de toda la Escritura
Lc. 24. 13-35
a) ¿En qué parte del texto se afirma explícitamente
que Jesucristo es el centro de toda la Escritura?
b) ¿En qué forma la Ley de Moisés y los Profetas se refieren
a Jesucristo: sólo en algunos textos determinados o en su conjunto?
c) ¿Qué otros textos, aparte del que leímos
hoy, nos presentan a Jesucristo como centro de toda la Biblia?
d) ¿Cómo reconocemos que en Jesucristo
se cumple el Antiguo Testamento: por la evidencia absoluta o mediante la
fe?
4. La Biblia es un Libro y una Biblioteca
Ex. 15. 1-21
a) ¿A qué género literario pertenece este texto del Exodo,
y cómo incide ese género en la comprensión del texto?
b ¿A qué géneros pertenecen los libros de los Reyes,
Jeremías, los Salmos, Jonás, Cantar de los Cantares y Daniel?
c) ¿Que géneros literarios encontramos en los libros del Nuevo
Testamento y cuáles son los más conocidos?
d) ¿Hay diferencia entre lo "exacto" y lo "verdadero",
o bien, para que algo sea "verdadero" tiene que ser "exacto"?
5. Cómo nació y se formó la Biblia
Prólogo del Eclesiástico
a) ¿Qué se desprende de este Prólogo del Eclesiástico
en relación con los dos ordenamientos posibles de los libros del Antiguo
Testamento?
b) ¿Qué valor tienen y cuales son las ventajas
o desventajas de cada uno de estos ordenamientos?
c) ¿Cuáles son los Libros "deuterocanónicos" y
por qué las Iglesias evangélicas no los reconocen como inspirados?
d) ¿Cuándo el Judaísmo y la Iglesia terminaron de definir
el elenco ("canon") de los Libros inspirados?
6. Del Antiguo al Nuevo Testamento
Heb. 1. 1-4
a) ¿Podemos afirmar, según el texto leído
hoy, que existe continuidad o bien ruptura entre los libros de ambos Testamentos?
b) ¿Cómo fueron naciendo y cuáles
son los primeros textos que llegaron a constituir el Nuevo Testamento?
c) ¿Cuáles son las características comunes de los tres
primeros Evangelios y las propias de cada uno, y en qué se diferencian
del de Juan?
d) ¿Cuál es el anuncio central de la predicación de Jesús
y el de la Iglesia primitiva ("Kerigma"), qué relación
hay entre ellos?
7. Los diversos "sentidos" de la Biblia
1 Cor. 10. 1-13
a) ¿Cómo se manifiestan los diversos "sentidos" bíblicos
en el texto de esta Carta de san Pablo?
b) ¿Por qué el sentido "literal" no agota todo lo
que Dios quiere decirnos en los textos bíblicos?
c) ¿Cuáles son los otros "sentidos" según una
clasificación tradicional y a cuáles se los suele reducir?
d) ¿En qué textos del Nuevo Testamento se hace referencia a
Cristo prefigurado por Adán, Abraham, Moisés y David?
8. La Sagrada Escritura y la Iglesia
Mt. 28. 16-20
a) ¿Como el texto recién leído nos ayuda a comprender
la relación que existe entre la Sagrada Escritura y la Iglesia?
b) ¿Está contenido "explícitamente" en
la Biblia todo lo que creemos y practicamos los cristianos?
c) ¿Podemos hacer una lectura puramente individual
de la Biblia o debemos leerla dentro de la fe de la Iglesia?
d) ¿Qué utilidad tienen las introducciones y notas aclaratorias
en orden a una mejor comprensión y vivencia de la Palabra bíblica?
9. Cómo hay que leer la Palabra de Dios
Lc. 10. 38-42
a) ¿Qué relación existe entre el texto evangélico
de hoy y la manera cómo debe leerse la Sagrada Escritura?
b) ¿Hay que leer necesariamente todas las partes de cada Libro bíblico,
o en una primera lectura es preferible seleccionarlas?
c) ¿Qué riesgos hay que tratar de evitar en la lectura bíblica
y qué lugar debe ocupar en ella la oración?
d) ¿Qué valor especial tiene la lectura de los textos bíblicos
dentro de la celebración eucarística y cómo debe realizarse
su lectura?
LA PALABRA HABLA SOBRE LA PALABRA
"La hierba se seca, la flor se marchita, pero la Palabra de nuestro Dios
permanece para siempre". Is. 40. 8
"Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven
a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar,
para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede
con la Palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril,
sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le
encomendé". Is. 55. 10-11
"Felices los que escuchan la Palabra de Dios y la practican".
Lc. 11.28
"Todo lo que ha sido escrito en el pasado, ha sido escrito para nuestra
instrucción, a fin de que por la constancia y el consuelo que dan las
Escrituras, mantengamos la esperanza". Rom. 15. 4
"Tomen la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios".
Ef. 6. 17
"No cesamos de dar gracias a Dios, porque cuando recibieron la Palabra
que les predicamos, ustedes la aceptaron no como palabra humana, sino como
lo que es realmente, como Palabra de Dios, que actúa en ustedes, los
que creen". 1 Tes. 2. 13
"La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier
espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu,
de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y
las intenciones del corazón". Heb. 4. 12
"Reciban con docilidad la Palabra sembrada en ustedes, que es capaz de
salvarlos. Pongan en práctica la Palabra y no se contenten sólo
con oírla". Sant. 1. 21-22
"Ustedes han sido engendrados de nuevo, no por un germen corruptible,
sino incorruptible: la Palabra de Dios, viva y eterna. Como niños recién
nacidos, deseen la leche pura de la Palabra, que los hará crecer para
la salvación". 1 Ped. 1. 23; 2. 2
UN POSIBLE ORDEN DE LECTURA DE LA BIBLIA
¿Cómo debemos o es más conveniente leer la Biblia? ¿El
qué orden? Por lo pronto, no es necesario y tampoco conveniente, leerla
de corrido desde el principio al fin. Ningún método es absoluto,
pero siempre es útil seguir alguno, como el que se propone a continuación.
Supuesto que Cristo es el centro de toda la Biblia, para
leerla "cristianamente" conviene
comenzar por los Evangelios, y entre ellos por el de Marcos, siguiendo por
el de Mateo y luego, por el de Lucas junto con el libro de los Hechos de los
Apóstoles. O bien, se puede comenzar por los Hechos de los Apóstoles
-llamado el "Evangelio del Espíritu"- que es el "diario" de
la Iglesia, en cuyo seno nacieron los Evangelios, y luego, leer los tres primeros
Evangelios, llamados "sinópticos".
A continuación, pueden leerse las Cartas paulinas, dando prioridad
a las de Pablo a los cristianos de Tesalónica, Galacia, Roma, Efeso
y Corinto (1ra.). Y entre las Cartas "católicas", la de Santiago
y la 1ra. de Pedro.
Finalmente, habría que leer el Evangelio y la 1ra. Carta de Juan, dejando
para más adelante la lectura del Apocalipsis.
Así resulta más fácil introducirse en el Antiguo Testamento,
comenzando más bien por el Exodo, llamado el "Evangelio de la Antigua
Alianza", porque anuncia la liberación del Pueblo de Israel, que
es el hecho más importante de la historia de ese Pueblo y el prototipo
de la salvación cristiana. El Exodo es como la llave para interpretar
todo el Antiguo Testamento. Los hechos ocurridos antes y después del
Exodo, tienen en él su punto de referencia. Y Moisés, su principal
protagonista, lo es también del resto del Antiguo Testamento. Los capítulos
principales de este Libro son 1-18 (La misión de Moisés y la
marcha a través del desierto), 19-20 (La Alianza del Sinaí) y
32-34 (Ruptura y renovación de la Alianza).
A continuación, conviene leer el Deuteronomio, que contiene una visión
profética del Exodo y gira alrededor de la Alianza de Dios con su Pueblo.
Sus capítulos principales son 4-11 (Exhortación al cumplimiento
de la Alianza) y 27-30 (Celebración y sanción de la Alianza y
promesas al pueblo fiel).
El Levítico y los Números se pueden saltear en una primera lectura
de la Biblia. O bien, del Levítico bastará leer los Caps. 19
y 25, que contienen diversas leyes sociales, el Cap. 23, donde se enumeran
las fiestas litúrgicas de Israel, y el Cap. 26, que contiene las promesas
de bendición y de maldición prometidas a los fieles y a los pecadores.
Y de los Números, la bendición de 6. 22-27, el relato de la marcha
de los israelitas -Caps. 10-14 y 16-17- los relatos del agua brotada de la
roca y de la serpiente de bronce -Caps. 20-21- y tal vez los oráculos
de Balaam de los Caps. 22-25.
A esta altura, conviene leer el Génesis, a partir del Cap. 12, donde
comienza a narrarse la historia de los Patriarcas -Abraham, Isaac y Jacob-
los "Padres grandes" del Pueblo elegido. Ahí se encuentra
el principio de la "revelación" de Dios a los hombres. Se
pueden saltear los Caps. 36 y 46. En cuanto a los 11 primeros capítulos
del Génesis, pertenecen más bien a la "prehistoria bíblica" o "prehistoria
de la Salvación", y conviene leerlos después de los escritos
de los Profetas.
Del libro de Josué, el sucesor de Moisés, bastará leer
en un primer momento los Caps. 1-3 y 6-8 (La ocupación de la Tierra
prometida) y 22-24 (Primeros pasos para la unificación de las tribus
y últimas advertencias de Josué). Del libro de los Jueces, que
se refiere a un período anárquico y primitivo de Israel, conviene
leer el Cap. 2, donde se expone la interpretación que hay que dar a
los capítulos siguientes, y los Caps. 3-4, 6-8, 11 y 13-16, donde se
relatan las hazañas legendarias de los principales Jueces, entre los
que sobresale Sansón.
En la lectura de los libros de Samuel -el último de los "Jueces"-
se pueden saltear los Caps. 5-7 del 1ro. de esos Libros y 21-24 del 2do. Y
en el 1er. libro de los Reyes, también se pueden dejar de leer los Caps.
4 y 7. El período de la monarquía -relatado en estos cuatro Libros-
constituye el momento culminante del primer tiempo de la "Historia de
la Salvación". La figura central de este período es el rey
David. A continuación se podrían leer los libros de las Crónicas,
que son una reinterpretación de la historia de Israel.
En cuanto a las "colecciones proféticas", conviene comenzar
por Amós, el profeta de la justicia y el primero cuyos escritos se conservan.
Luego Oseas, el primero que expresa la relación de Dios con su Pueblo
en términos conyugales. A continuación, Miqueas, otro gran defensor
de los derechos de los oprimidos, cuya predicación produjo una gran
impresión en Jerusalén.
La lectura de la 1ra. parte del libro de Isaías, el gran profeta de
la esperanza mesiánica -el profeta "clásico", muy citado
en el Nuevo Testamento- completa este primer contacto con los escritos proféticos
del siglo VIII a.C., que es la "edad de oro" del profetismo bíblico.
Pueden saltearse los Caps. 13-23. Esta 1ra. parte de Isaías se puede
leer simultáneamente con el 2do. libro de los Reyes, Caps. 15-20.
Como el gran representante del siglo VII a.C., hay que
leer a Jeremías,
el profeta que, después de llamar inútilmente al pueblo a la
conversión, anuncia una "Nueva Alianza" en la que Dios escribiría
su Ley en el corazón de los hombres. Pueden saltearse los Caps. 46-52.
Conviene hacer la lectura de este profeta simultáneamente con la del
2do. libro de los Reyes, Caps. 21-25, y pueden leerse a continuación
las Lamentaciones que llevan el nombre de Jeremías.
Después, se puede leer Ezequiel, uno de los exiliados de la primera
deportación a Babilonia, que profetizó en el siglo VI a.C., y
anunció la caída de Jerusalén del 587. Contiene muchos
gestos simbólicos, visiones y parábolas. Sus grandes temas han
sido recogidos por san Juan en su Evangelio. Conviene saltear los Caps. 25-32
y 40-48.
A esta altura, corresponde leer la 2da. parte del libro
de Isaias, que pertenece a un profeta anónimo del siglo VI a.C. y contiene un mensaje de esperanza
a los exiliados en Babilonia, anunciándoles su próxima liberación.
Por eso se lo llama el "Libro de la consolación de Israel",
y en él se encuentran los célebres "Cantos del Servidor
del Señor", que son una sorprendente anticipación de la
figura y la obra de Jesús. También es importante leer la 3ra.
parte, escrita a la vuelta del exilio, donde se advierte una perspectiva marcadamente
universalista y se insiste en las características de la verdadera religiosidad.
De los Profetas más tardíos, se puede leer la 2da. parte del
libro de Zacarías, que se atribuye a ese profeta del siglo VI a.C.,
aunque fue escrita en el siglo IV. Es uno de los libros del Antiguo Testamento
más citados en los Evangelios y contiene un importante anuncio mesiánico.
En una primera lectura de la Biblia, se puede pasar por
alto los libros de los otros profetas -Joel, Abdías, Nahúm, Habacuc, Sofonías,
Ageo, Malaquías- pero conviene leer el libro de Jonás, que encierra
una profunda lección sobre la misericordia de Dios y el alcance universal
de la salvación. También se puede saltear el libro de Baruc y
la Carta de Jeremías.
Aquí conviene leer los 11 primeros capítulos del Génesis,
que son el fruto de la reflexión y la experiencia del Pueblo de Dios
a lo largo de su historia, salteando las genealogías de los Caps. 10
y 11.
Finalmente, se puede leer Esdras y Nehemías, que nos describen los
esfuerzos de restauración después del exilio y el nacimiento
del Judaísmo. Y luego, los libros de los Macabeos, donde se relata la
resistencia del Pueblo judío contra la dominación griega en el
siglo II a.C.
Los demás Libros del Antiguo Testamento se pueden leer según
el gusto, la inclinación o la necesidad espiritual de cada uno.
Del libro de Job, que trata tan hondamente sobre el eterno problema del sufrimiento
humano, se pueden saltear los Caps. 28 y 32-37.
Los Proverbios y el Eclesiástico son verdaderos tratados de comportamiento
humano inspirados en el "temor de Dios", aunque basados en una moral
más o menos utilitaria y con notables influencias de otras obras sapienciales
del paganismo. El libro de la Sabiduría es una alabanza de la Sabiduría
de Dios, que actúa en la creación y en la historia y por momentos
se presenta como una verdadera persona.
El Eclesiastés nos ayuda a reflexionar, no sin
cierto escepticismo, sobre la vanidad de todas las cosas humanas. El Cantar
de los Cantares anuncia
el amor de Dios por su Pueblo bajo la forma del amor apasionado de una pareja
y, a la vez, exalta la dignidad del amor conyugal.
Tobías, Judit y Ester nos ofrecen valiosas enseñanzas religiosas
en forma de relatos más o menos ficticios. El libro de Rut, una extranjera
que llega a ser abuela de David y, por lo tanto, antepasada de Cristo, tiene
un especial encanto y, lo mismo que el libro de Jonás, refleja la tendencia
universalista que contrarrestaba el particularismo dominante después
del exilio.
Finalmente, el libro de Daniel -llamado el "Apocalipsis" del Antiguo
Testamento- alimenta la fe y la esperanza en la lucha contra todas las fuerzas
opuestas al Reino de Dios y nos introduce a la lectura del célebre Apocalipsis
del Nuevo Testamento, que es el gran Libro de la esperanza cristiana.
En cuanto a los Salmos, su recitación debe acompañar toda la
lectura de la Biblia. Algunos de ellos evocan poéticamente la gesta
del Exodo -114; 136- y otros resumen la "Historia de la Salvación",
desde Abraham hasta la entrada en la Tierra prometida y la elección
de David -78; 105; 106-, o bien, celebran los privilegios de la dinastía
de David -89-. Varios de ellos se refieren a la ruina de Jerusalén y
al exilio de sus habitantes -74; 78; 137- y otros son de carácter sapiencial
-1; 37; 72; 119- Tienen especial importancia los Salmos llamados "reales" -2;
72; 110- que el Nuevo Testamento o la tradición cristiana aplicaron
a Jesucristo, el Rey Mesías. Entre los Salmos explícitamente
de "alabanza", merecen destacarse los siguientes: 8; 96-99; 103;
104; 112; 115; 117; 135; 145-150. Los Salmos 65-67; 116; 118 y 138 figuran
entre los principales de "acción de gracias". Entre los Salmos "penitenciales" ocupan
un lugar de primer orden el 51 y el 130, que son frecuentemente utilizados
en la liturgia.
"Las páginas de ambas Alianzas se confirman mutuamente. En Jesucristo
se cumplieron las promesas de las figuras proféticas y el sentido de
los preceptos de la Ley: con su presencia, El enseña la verdad de la
profecía, y por su gracia, hace posible la práctica de los mandamientos." (San
León Magno, s. V).
UNA IDEA CENTRAL PARA CADA UNO DE LOS LIBROS SAGRADOS
Los subtítulos que sugerimos a continuación están
inspirados y a veces tomados de los
que figuran en una versión francesa de la
Biblia con abundantes comentarios.
Antiguo Testamento
La Ley
Génesis: Orígenes del universo y nacimiento
de un Pueblo
Exodo: De la esclavitud a la libertad
Levítico: Un Pueblo santo para el Señor
Números: En marcha hacia la tierra prometida
Deuteronomio: La Alianza, regalo y compromiso
Los Profetas: La historia profética
Josué: Una conquista lenta y difícil
Jueces: Los líderes carismáticos de Israel
Samuel: La creación de un reino para el Señor
Reyes: De la gloria a la ruina
Los Profetas: Las colecciones proféticas
Isaías: La fe en medio de los acontecimientos