Catequesis del Papa Juan Pablo II:
Cántico del Libro de Daniel
1. "Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos" (Daniel 3, 57).
Una dimensión cósmica impregna este Cántico
tomado del libro de Daniel, que la Liturgia de las Horas
propone para las Laudes del domingo en la primera semana
y tercera semana respectivamente. De hecho, esta estupenda
oración se aplica muy bien al "Dies Domini",
el Día del Señor, que en Cristo resucitado
nos permite contemplar el culmen del designio de Dios sobre
el cosmos y la historia. En él, alfa y omega, principio
y fin de la historia (cf. Apocalipsis 22, 13), alcanza su
sentido pleno la misma creación, pues, como recuerda
Juan en el prólogo del Evangelio, "todo ha sido
hecho por él" (Juan 1, 3). En la resurrección
de Cristo culmina la historia de la salvación, abriendo
la vicisitud humana al don del Espíritu y al de la
adopción filial, en espera del regreso del Esposo
divino, que entregará el mundo a Dios Padre (cf. 1Corintios
15, 24).
2. En este pasaje de letanías, se repasan todas las
cosas. La mirada apunta hacia el sol, la luna, las estrellas;
alcanza la inmensa extensión de las aguas; se eleva
hacia los montes, contempla las más diferentes situaciones
atmosféricas, pasa del frío al calor, de la
luz a las tinieblas; considera el mundo mineral y vegetal;
se detiene en las diferentes especies animales. El llamamiento
se hace después universal: interpela a los ángeles
de Dios, alcanza a todos los "hijos del hombre",
y en particular al pueblo de Dios, Israel, sus sacerdotes
y justos. Es un inmenso coro, una sinfonía en la que
las diferentes voces elevan su canto a Dios, Creador del
universo y Señor de la historia. Recitado a la luz
de la revelación cristiana, el Cántico se dirige
al Dios trinitario, como nos invita a hacerlo la liturgia,
añadiendo una fórmula trinitaria: "Bendigamos
al Padre, y al Hijo con el Espíritu Santo".
3. En el cántico, en cierto sentido, se refleja el
alma religiosa universal, que percibe en el mundo la huella
de Dios, y se alza en la contemplación del Creador.
Pero en el contexto del libro de Daniel, el himno se presenta
como agradecimiento pronunciado por tres jóvenes israelitas
--Ananías, Azarías y Misael--, condenados a
morir quemados en un horno por haberse negado a adorar la
estatua de oro de Nabucodonosor. Milagrosamente fueron preservados
de las llamas. En el telón de fondo de este acontecimiento
se encuentra la historia especial de salvación en
la que Dios escoge a Israel como a su pueblo y establece
con él una alianza. Los tres jóvenes israelitas
quieren precisamente permanecer fieles a esta alianza, aunque
esto suponga el martirio en el horno ardiente. Su fidelidad
se encuentra con la fidelidad de Dios, que envía a
un ángel para alejar de ellos las llamas (cf. Daniel
3, 49).
De este modo, el Cántico se pone en la línea
de los cantos de alabanza por haber evitado un peligro, presentes
en el Antiguo Testamento. Entre ellos es famoso el canto
de victoria referido en el capítulo 15 del Éxodo,
donde los antiguos judíos expresan su reconocimiento
al Señor por aquella noche en la que hubieran quedado
inevitablemente arrollados por el ejército del faraón
si el Señor no les hubiera abierto un camino entre
las aguas, echando "al mar al caballo y al jinete" (Éxodo
15, 1).
4. No es casualidad el que en la solemne
vigilia pascual, la liturgia nos haga repetir todos los
años el himno
cantado por los israelitas en el Éxodo. Aquel camino
abierto para ellos anunciaba proféticamente el nuevo
camino que Cristo resucitado inauguró para la humanidad
en la noche santa de su resurrección de los muertos.
Nuestro paso simbólico a través de las aguas
bautismales nos permite volver a vivir una experiencia análoga
de paso de la muerte a la vida, gracias a la victoria sobre
la muerte de Jesús para beneficio de todos nosotros.
Al repetir en la liturgia dominical
de las Laudes el Cántico
de los tres jóvenes israelitas, nosotros, discípulos
de Cristo, queremos ponernos en la misma onda de gratitud
por las grandes obras realizadas por Dios, ya sea en su creación
ya sea sobre todo en el misterio pascual.
De hecho, el cristiano percibe una
relación entre
la liberación de los tres jóvenes, de los que
se habla en el Cántico, y la resurrección de
Jesús. Los Hechos de los Apóstoles ven en ésta última
la respuesta a la oración del creyente que, como el
salmista, canta con confianza: "No abandonarás
mi alma en el Infierno ni permitirás que tu santo
experimente la corrupción" (Hechos 2, 27; Salmo
15, 10).
El hecho de relacionar este Cántico con la Resurrección
es algo muy tradicional. Hay antiquísimos testimonios
de la presencia de este himno en la oración del Día
del Señor, la Pascua semanal de los cristianos. Las
catacumbas romanas conservan vestigios iconográficos
en los que se pueden ver a tres jóvenes que rezan
incólumes entre las llamadas, testimoniando así la
eficacia de la oración y la certeza en la intervención
del Señor.
5. "Bendito eres en la bóveda del cielo: a ti
honor y alabanza por los siglos" (Daniel 3, 56). Al
cantar este himno en la mañana del domingo, el cristiano
se siente agradecido no sólo por el don de la creación,
sino también por el hecho de ser destinatario del
cuidado paterno de Dios, que en Cristo le ha elevado a la
dignidad de hijo.
Un cuidado paterno que permite ver
con ojos nuevos a la misma creación y permite gozar de su belleza, en la
que se entrevé, como distintivo, el amor de Dios.
Con estos sentimientos Francisco de Asís contemplaba
la creación y elevaba su alabanza a Dios, manantial último
de toda belleza. Espontáneamente la imaginación
considera que experimentar el eco de este texto bíblico
cuando, en San Damián, después de haber alcanzado
las cumbres del sufrimiento e el cuerpo y en el espíritu,
compuso el "Cántico al hermano sol" (cf. "Fuentes
franciscanas", 263).