Catequesis del Papa Juan Pablo II:
Cántico de la Carta de San Pablo a los Colosenses
1. Hemos escuchado el admirable himno
cristológico
de la Carta a los Colosenses. La Liturgia de las Vísperas
lo presenta a los fieles en las cuatro semanas en la que
se articula como un cántico, carácter que quizá tenía
desde sus orígenes. De hecho, muchos estudiosos consideran
que el himno podría ser la cita de un canto de las
Iglesias de Asia menor, incluido por Pablo en la carta dirigida
a la comunidad cristianas de Colosas, que entonces era una
ciudad floreciente y populosa.
El apóstol, sin embargo, nunca viajó a este
centro de la Frigia, región de la actual Turquía.
La Iglesia local había sido fundada por un discípulo
suyo, originario de aquellas tierras, Epafras. Éste
aparece al final de la carta junto al evangelista Lucas, «el
médico querido», como lo llama san Pablo (4,
14), y junto a otro personaje, Marcos, «primo de Bernabé» (4,
10), en referencia quizá al compañero de Pablo
(Cf. Hechos 12, 25; 13, 5.13), que después se convertiría
en evangelista.
2. Dado que tendremos la oportunidad
de volver en varias ocasiones a comentar este cántico, nos contentamos
ahora con ofrecer una mirada de conjunto y evocar un comentario
espiritual, escrito por un famoso Padre de la Iglesia, san
Juan Crisóstomo (IV sec. d.C.), famoso orador y obispo
de Constantinopla. En el himno emerge la grandiosa figura
de Cristo, Señor del cosmos. Al igual que la divina
Sabiduría creadora exaltada por el Antiguo Testamento
(Cf. por ejemplo Proverbios 8, 22-31), «él existe
con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia»;
es más «todo fue creado por él y para él» (Colosenses
1, 16-17).
Por tanto, en el universo, se despliega
un designio trascendente que Dios actúa a través de la obra de su Hijo.
Lo proclama también el «Prólogo» del
Evangelio de Juan, cuando afirma que «todo se hizo
por la Palabra y sin ella no se hizo nada de cuanto existe» (Juan
1, 3). También la materia con su energía, la
vida y la luz llevan la huella del Verbo de Dios, «su
Hijo amado». La revelación del Nuevo Testamento
ofrece una nueva luz sobre las palabras del sabio del Antiguo
Testamento, quien declaraba que «de la grandeza y hermosura
de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar
a su Autor» (Sabiduría 13, 5).
3. El Cántico de la Carta a los Colosenses presenta
otra función de Cristo: él es también
el Señor de la historia de la salvación, que
se manifiesta en la Iglesia (Cf. Colosenses 1, 18) y se realiza
en «la sangre de su cruz» (versículo 20),
manantial de paz y de armonía para toda historia humana.
Por tanto, no sólo el horizonte exterior a nuestra
existencia está marcado por la presencia eficaz de
Cristo, sino también la realidad más específica
de la criatura humana, es decir, la historia. Ésta
no está a la merced de fuerzas ciegas e irracionales,
sino que, a pesar del pecado y el mal, se rige y está orientada
--por obra de Cristo-- hacia la plenitud. Por medio de la
Cruz de Cristo, toda la realidad está «reconciliada» con
el Padre (Cf. versículo 20).
El himno traza, de este modo, un estupendo
cuadro del universo y de la historia, invitándonos a la confianza. No
somos una mota de polvo inútil, perdida en un espacio
y en un tiempo sin sentido, sino que formamos parte de un
proyecto surgido del amor del Padre.
4. Como habíamos anunciado, damos ahora la palabra
a san Juan Crisóstomo para que sea él quien
culmine esta reflexión. En su «Comentario a
la Carta a los Colosenses» se detiene ampliamente en
este cántico. Al inicio, subraya el carácter
gratuito de Dios, al «compartir la suerte del pueblo
santo en la luz» (v. 12). «¿Por qué la
llama "suerte"?», se pregunta Crisóstomo,
y responde: «Para demostrar que nadie puede conseguir
el Reino con sus propias obras. También en este caso,
como en la mayoría de las veces, la "suerte" tiene
el sentido de "fortuna". Nadie puede tener un comportamiento
capaz de merecer el Reino, sino que todo es don del Señor.
Por eso dice: "Somos siervos inútiles; hemos
hecho lo que debíamos hacer"» (Patrología
Griega 62, 312).
Esta gratuidad benévola y poderosa vuelve a emerger
más adelante, cuando leemos que por medio de Cristo
se han creado todas las cosas (Cf. Colosenses 1, 16). «De él
depende la sustancia de todas las cosas --explica el obispo--.
No sólo las hizo pasar del no ser al ser, sino que
las sigue sosteniendo de manera que si quedaran sustraídas
a su providencia, perecerían y se disolverían...
Dependen de él. De hecho, sólo el hecho de
inclinarse hacia él es suficiente para sostenerlas
y reforzarlas» (Patrología Griega 62, 319).
Con mayor motivo es signo de amor gratuito
lo que Dios realiza por la Iglesia, de la que es Cabeza.
En este sentido (Cf.
versículo 18), Juan Crisóstomo explica: «después
de haber hablado de la dignidad de Cristo, el apóstol
habla también de su amor por los hombres: "Él
es la cabeza de su cuerpo, que es la Iglesia", para
mostrar su íntima comunión con nosotros. Quien
está tan alto se unió a quienes están
abajo» (Patrología Griega, 62, 320).