Catequesis del Papa Juan Pablo II:
Cántico del Apocalipsis
1. Siguiendo la serie de los Salmos
y de los Cánticos
que constituyen la oración eclesial de las Vísperas,
nos encontramos ante un himno, tomado del capítulo
19 del Apocalipsis, compuesto por una secuencia de aleluyas
y aclamaciones.
Tras estas gozosas invocaciones se
encuentra el lamento dramático entonado en el capítulo precedente
por los reyes de la tierra, los mercaderes y los marineros
ante la caída de la Babilonia imperial, la ciudad
de la malicia y de la opresión, símbolo de
la persecución desencadenada contra la Iglesia.
2. En antítesis a este grito que se eleva desde la
tierra, resuena en los cielos un coro gozoso de carácter
litúrgico que, además del «aleluya»,
repite también el «amén». Las aclamaciones,
como antífonas, que ahora une la Liturgia de las Vísperas
en un solo cántico, en el texto del Apocalipsis son
atribuidas a personajes diferentes. Nos encontramos, ante
todo, con una «muchedumbre inmensa», constituida
por la asamblea de los ángeles y de los santos (Cf.
versículos 1-3). Se oye, después, la voz de
los «veinticuatro ancianos» y de los «cuatro
vivientes», imágenes simbólicas que parecen
ser los sacerdotes de esta liturgia celeste de alabanza y
de acción de gracias (Cf. versículo 4). Se
eleva, por último, la voz de un solista (Cf. versículo
5) que a su vez involucra en el canto a la «muchedumbre
inmensa» con la que se había comenzado (Cf.
versículos 6-7).
3. En las futuras etapas de nuestro
recorrido de oración,
tendremos la oportunidad de ilustrar cada una de las antífonas
de este grandioso y festivo himno de alabanza elevado por
diferentes voces. Por el momento, nos contentamos con dos
anotaciones. La primera se refiere a la aclamación
de apertura, que dice así: «La salvación
y la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios
son verdaderos y justos» (versículos 1-2).
En el corazón de esta invocación gozosa se
encuentra la representación de la intervención
decisiva de Dios en la historia: el Señor no es indiferente,
como un emperador impasible y aislado, ante las vicisitudes
humanas. Como dice el Salmista, «el Señor tiene
su trono en el cielo, sus ojos están observando, sus
pupilas examinan a los hombres» (Salmo 10, 4).
4. Es más, su mirada es fuente de acción,
pues interviene y acaba con los imperios prepotentes y opresivos,
derriba a los orgullosos que le desafían, juzga a
quienes comenten el mal. El Salmista también describe
con imágenes pintorescas (Cf. Salmo 10, 7) esta irrupción
de Dios en la historia, tal y como había evocado el
autor del Apocalipsis en el capítulo precedente (Cf.
Apocalipsis 18, 1-24) la terrible intervención divina
sobre Babilonia, desarraigada de su sede y lanzada contra
el mar. Nuestro himno hace referencia a esta intervención
en un pasaje que no ha sido retomado en la celebración
de las Vísperas (Cf. Apocalipsis 19, 2-3).
Nuestra oración, por tanto, debe invocar y alabar
sobre todo la acción divina, la justicia eficaz del
Señor, su gloria alcanzada con el triunfo sobre el
mal. Dios se hace presente en la historia, poniéndose
de parte de los justos y de las víctimas, como declara
precisamente la breve y esencial aclamación del Apocalipsis,
y como se repite con frecuencia en el canto de los Salmos
(Cf. Salmo 145, 6-9).
5. Subrayemos otro tema de nuestro
cántico. Se desarrolla
en la aclamación final y es uno de los motivos dominantes
del mismo Apocalipsis: «Llegó la boda del Cordero,
su esposa se ha embellecido» (Apocalipsis 19, 7). Cristo
y la Iglesia, el Cordero y la esposa, se encuentran en profunda
comunión de amor.
Trataremos de hacer que brille esta
mística unión
conyugal con el testimonio poético de un gran Padre
de la Iglesia siria, san Efrén, quien vivió en
el siglo IV. Utilizando simbólicamente el signo de
las bodas de Caná (Cf. Juan 2, 1-11), invita a la
ciudad misma, personificada, a alabar a Cristo por el gran
don recibido:
«Junto a mis huéspedes, le daré gracias
porque me ha considerado digna de invitarle: / Él
es el Esposo celestial, que ha descendido y ha invitado a
todos; / y yo también he sido invitada a entrar en
su pura fiesta de bodas. / Ante los pueblos le reconoceré como
el Esposo, como él no hay otro. / Su alcoba ha sido
preparada por los siglos, / y está llena de riquezas,
sin que le falte nada: / no como la de Caná, a cuyas
carencias él puso remedio» («Himnos sobre
la virginidad», 33,3: «El arpa del Espíritu» --«L’arpa
dello Spirito»--, Roma 1999, pp. 73-74).
6. En otro himno que también dedica a las bodas de
Caná, san Efrén subraya cómo Cristo,
al invitar a las bodas de otros (los esposos de Caná),
ha querido celebrar la fiesta de sus bodas: las bodas con
su esposa, que es cada una de las almas fieles. «Jesús,
fuiste invitado a una fiesta de bodas de otros, los esposos
de Caná, / pues también tus huéspedes,
Señor, tienen necesidad / de tus cantos: ¡deja
que tu arpa lo llene todo! / El alma es tu esposa, el cuerpo
es tu alcoba, / tus invitados son los sentidos y los pensamientos.
/ Y si un solo cuerpo es para ti una fiesta de bodas, / la
Iglesia entera es tu banquete nupcial» («Himnos
sobre la fe», «Inni sulla fede», 14,4-5:
op. cit., p. 27).