Catequesis del Papa Juan Pablo II:
Cántico del Apocalipsis
1. La Liturgia de las Vísperas, además de
los Salmos, presenta una serie de cánticos tomados
del Nuevo Testamento. Algunos, como el que acabamos de escuchar,
son pasajes del Apocalipsis, el libro que sella toda la Biblia,
y que con frecuencia se caracteriza por cantos y coros, por
solistas y por himnos de la asamblea de los elegidos, por
trompetas, arpas y cítaras.
Nuestro cántico, muy breve, procede del capítulo
15 de esta obra. Está a punto de comenzar una nueva
y grandiosa escena: a los siete ángeles que llevan
otras tantas plagas divinas, les siguen siete copas llenas
también de plagas --en griego «pleguè» hace
referencia a un golpe violento capaz de provocar heridas
y, a veces, incluso la muerte--. Es evidente, en este caso,
una alusión a la narración de las plagas de
Egipto (Cf. Éxodo 7, 14-11, 10).
En el Apocalipsis, el «flagelo-plaga» es símbolo
de un juicio sobre el mal, sobre la opresión y sobre
la violencia del mundo. Por este motivo, es también
signo de esperanza para los justos. Las siete plagas --como
es sabido, en la Biblia el número siete es símbolo
de plenitud-- son definidas como las «últimas» (Cf.
Apocalipsis 15, 1), pues en ellas se cumple la intervención
divina que acaba con el mal.
2. El himno es entonado por los salvados,
los justos de la tierra, que están «de pie» en la misma
actitud del Cordero resucitado (Cf. versículo 2).
Al igual que los judíos en el Éxodo, después
de la travesía del mar cantaban el himno de Moisés
(Cf. Éxodo 15, 1-18), de este modo los elegidos elevan
a Dios su «cántico de Moisés, siervo
de Dios, y el cántico del Cordero» (Apocalipsis
15, 3), después de haber vencido a la Bestia, enemiga
de Dios (Cf. versículo 2).
Este himno refleja la liturgia de las
Iglesias de san Juan y está constituido por un florilegio de citas del
Antiguo Testamento, en particular de los salmos. La comunidad
cristiana de los orígenes consideraba la Biblia no
sólo como alma de su fe y de su vida, sino también
de su oración y de su liturgia, como sucede precisamente
en las Vísperas que estamos comentando.
Es también significativo que el cántico esté acompañado
por instrumentos musicales: los justos llevan cítaras
(ibídem), testimonio de una liturgia rodeada del esplendor
de la música sagrada.
3. Con su himno, los salvados «grandes y maravillosas» «obras» del «Señor,
Dios omnipotente», es decir, sus gestos salvíficos
en el gobierno del mundo y en la historia. La auténtica
oración, de hecho, no es sólo una petición,
sino también alabanza, acción de gracias, bendición,
celebración, profesión de fe en el Señor
que salva. En este cántico, es significativa además
la dimensión universal, que es expresada en los términos
del Salmo 85: «Vendrán todas las naciones a
postrarse ante ti, Señor» (Salmo 85, 9). La
mirada abarca de este modo todo el horizonte y se entreven
ríos humanos de pueblos que convergen hacia el Señor
para reconocer sus «justos juicios» (Apocalipsis
15, 4), es decir, sus intervenciones en la historia para
vencer al mal y elogiar el bien. La búsqueda de justicia
presente en todas las culturas, la necesidad de verdad y
de amor experimentada por todas las espiritualidades, contienen
una tendencia hacia el Señor, que sólo se colma
cuando se le encuentra.
Es bello pensar en este aire universal
de religiosidad y de esperanza, asumido e interpretado
por las palabras de
los profetas: «Desde el sol levante hasta el poniente,
grande es mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se
ofrece a mi nombre un sacrificio de incienso y una oblación
pura. Pues grande es mi nombre entre las naciones, dice el
Señor de los ejércitos» (Malaquías
1, 11).
4. Concluimos uniendo nuestra voz a
la voz universal. Lo hacemos con las palabras de un canto
de san Gregorio Nazianceno,
gran padre de la Iglesia del siglo IV. «Gloria al Padre
y al Hijo rey del universo, gloria al Espíritu Santo,
a quien se eleve toda gloria. Un solo Dios es la Trinidad:
ha creado todo, el cielo con los seres celestes y la tierra
con los terrestres. Ha llenado el mar, lo ríos, los
manantiales con seres acuáticos, vivificando todo
con el propio Espíritu para que toda la Creación
alabara al sabio Creador: la vida y la permanencia en la
vida tienen sólo en él su causa. Que la criatura
racional cante sobre todo sus alabanzas como rey poderoso
y padre bueno. En espíritu, con el alma, con los labios,
con el pensamiento, haz que yo también te glorifique
con pureza, Padre» («Poesías» --«Poesie»--,
1, «Collana di testi patristici» 115, Roma 1994,
pp. 66-67).