

Sepa
lo que debe y no debe hacerse en la celebración de la Misa
VATICANO,
23 Abr. 04 (ACI).- La instrucción Redemptionis Sacramentum,
describe detalladamente cómo debe celebrarse la Eucaristía y
lo que puede considerarse como "abuso grave" durante la ceremonia.
Aquí les ofrecemos un resumen de las normas que el documento recuerda
a toda la Iglesia.
En el Capítulo I sobre la “ordenación de la Sagrada Liturgia” se
señala que:
• Compete
a la Sede Apostólica ordenar la sagrada Liturgia de
la Iglesia universal, editar los libros litúrgicos,
revisar sus traducciones a lenguas vernáculas y vigilar
para que las normas litúrgicas se
cumplan fielmente.
• Los fieles tienen derecho a que la autoridad eclesiástica
regule la sagrada Liturgia de forma plena y eficaz, para que nunca sea
considerada la
liturgia como propiedad privada de alguien.
• El Obispo diocesano es el moderador, promotor y custodio de toda
la vida litúrgica.
A él le corresponde dar normas obligatorias para todos sobre materia
litúrgica, regular, dirigir, estimular y algunas veces también
reprender.
• Compete al Obispo diocesano el derecho y el deber de visitar
y vigilar la liturgia en las iglesias y oratorios situados en su territorio,
también aquellos
que sean fundados o dirigidos por los citados institutos religiosos,
si los fieles acuden a ellos de forma habitual.
• Todas las normas referentes a la liturgia, que la Conferencia de
Obispos determine para su territorio, conforme a las normas del derecho,
se deben someter a la
recognitio de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina
de los Sacramentos, sin la cual, carecen de valor legal.
En
el Capítulo II sobre la “participación de los fieles
laicos en la celebración de la Eucaristía”, se
establece que:
• La
participación de los fieles laicos en la celebración de
la Eucaristía, y en los otros ritos de la Iglesia, no puede equivaler
a una mera presencia, más o menos pasiva, sino que se debe
valorar como un verdadero ejercicio de la fe y la dignidad bautismal.
• Se debe recordar que la fuerza de la acción litúrgica
no está en
el cambio frecuente de los ritos, sino, verdaderamente, en profundizar
en la palabra de Dios y en el misterio que se celebra.
• Sin embargo, no se deduce necesariamente que todos deban realizar
otras cosas, en sentido material, además de los gestos y posturas
corporales, como si cada uno tuviera que asumir, necesariamente, una
tarea litúrgica
específica; aunque conviene que se distribuyan y realicen
entre varios las tareas o las diversas partes de una misma tarea.
• Se alienta la participación de lectores y acólitos que estén
debidamente preparados y sean recomendable por su vida cristiana,
fe, costumbres y fidelidad hacia el Magisterio de la Iglesia.
• Se alienta la presencia de niños o jóvenes monaguillos
que realicen un servicio junto al altar, como acólitos, y reciban
una catequesis conveniente, adaptada a su capacidad, sobre esta tarea.
A esta clase de servicio
al altar pueden ser admitidas niñas o mujeres, según
el juicio del Obispo diocesano y observando las normas establecidas.
En
el Capítulo 3, sobre la “celebración correcta de la
Santa Misa” se especifica sobre:
La
materia de la Santísima Eucaristía
• El pan a consagrar debe ser ázimo, de sólo trigo
y hecho recientemente. No se pueden usar cereales, sustancias diversas
del trigo. Es un abuso grave
introducir en su fabricación frutas, azúcar
o miel.
• Las hostias deben ser preparadas por personas honestas,
expertas en la elaboración
y que dispongan de los instrumentos adecuados.
• Las fracciones del pan eucarístico deben ser repartidas
entre los fieles, pero cuando el número de estos excede
las fracciones se deben usar sobre todo hostias pequeñas.
• El vino del Sacrificio debe ser natural, del fruto de la
vid, puro y sin corromper, sin mezcla de sustancias extrañas.
En la celebración se le debe
mezclar un poco de agua. No se debe admitir bajo ningún
pretexto otras bebidas de cualquier género.
• Sólo
se pueden utilizar las Plegarias Eucarísticas del
Misal Romano o las aprobadas por la Sede Apostólica.
Los sacerdotes no tienen el derecho de componer plegarias
eucarísticas,
cambiar el texto aprobado por la Iglesia,
ni utilizar otros, compuestos
por personas privadas.
• Es un abuso hacer que algunas partes de
la Plegaria Eucarística sean
pronunciadas por el diácono,
por un ministro laico, o bien por uno
sólo
o por todos los fieles juntos. La Plegaria
Eucarística
debe ser pronunciada en su totalidad,
y solamente, por el sacerdote.
• El sacerdote no puede partir la hostia en el momento de la consagración.
• En la Plegaria Eucarística no se puede omitir
la mención del
Sumo Pontífice y del Obispo
diocesano.
Las otras partes de la Misa
• Los
fieles tienen el derecho de tener una música
sacra adecuada e idónea
y que el altar, los paramentos
y los paños sagrados, según
las normas, resplandezcan por
su dignidad, nobleza y limpieza.
• No se pueden cambiar los textos de la sagrada
Liturgia.
• No se pueden separar la liturgia de la palabra
y la liturgia eucarística,
ni celebrarlas en lugares y
tiempos diversos.
• La elección de las lecturas bíblicas debe seguir las normas litúrgicas.
No está permitido omitir
o sustituir, arbitrariamente,
las lecturas bíblicas
prescritas ni cambiar las lecturas
y el salmo responsorial con
otros textos no bíblicos.
• La lectura evangélica se reserva al ministro
ordenado. Un laico, aunque sea religioso, no debe proclamar
la lectura evangélica en la celebración
de la Misa.
• La homilía nunca la hará un laico.
Tampoco los seminaristas, estudiantes de teología,
asistentes pastorales ni cualquier miembro de alguna asociación
de laicos.
• La homilía debe iluminar desde Cristo los
acontecimientos de la vida, sin vaciar el sentido auténtico
y genuino de la Palabra de Dios, por ejemplo, tratando sólo
de política
o de temas profanos, o tomando
como fuente ideas que
provienen
de movimientos
pseudo-religiosos.
• No se puede admitir un “Credo” o Profesión
de fe que no se encuentre en los libros litúrgicos
debidamente aprobados.
• Las ofrendas, además del pan y el vino, sí pueden
comprender otros dones. Estos últimos se pondrán
en un lugar oportuno, fuera de la mesa eucarística.
• La paz se debe dar antes de distribuir
la sagrada Comunión,
y se recuerda que esta práctica
no tiene un sentido de reconciliación
ni de perdón de los
pecados.
• Se sugiere que el gesto de la paz sea sobrio y se dé a
sólo a
los más cercanos. El
sacerdote puede dar la paz
a los ministros, permaneciendo
en el presbiterio, para no
alterar la celebración
y del mismo modo si, por una
causa razonable, desea dar
la paz a algunos fieles. El
gesto de paz
lo establece la Conferencia
de Obispos, con el reconocimiento
de la Sede Apostólica, “según
la idiosincrasia y las costumbres
de los pueblos”.
• La fracción del pan eucarístico la
realiza solamente el sacerdote celebrante, ayudado, si es
el caso, por el diácono o por un concelebrante,
pero no por un laico. Ésta
comienza después de
dar la paz, mientras se dice
el “Cordero de Dios”.
• Es preferible que las instrucciones
o testimonios expuestos por
un laico se hagan fuera de
la celebración de la
Misa. Su sentido no debe confundirse
con la homilía, ni suprimirla.
Unión de varios ritos con la celebración
de la misa
• No
se permite la unión de la celebración eucarística
con otros ritos cuando lo que se añadiría
tiene un carácter
superficial
y sin importancia.
• No es lícito unir el Sacramento de la Penitencia
con la Misa y hacer una única acción litúrgica.
Sin embargo, los sacerdotes, independientemente de los que
celebran la Misa, sí pueden
escuchar
confesiones, incluso mientras
en el mismo
lugar se celebra la
Misa. Esto
debe hacerse
de
manera adecuada.
• La celebración de la Misa no puede ser intercalada
como añadido
a una cena
común, ni unirse con cualquier tipo de banquete. No
se debe celebrar la Misa, a no ser por grave necesidad, sobre
una mesa de comedor,
o en el comedor,
o en el lugar que será utilizado para un convite, ni
en cualquier
sala donde haya alimentos. Los participantes en la Misa tampoco
se sentarán
en la mesa,
durante la
celebración.
• No está permitido relacionar la celebración
de la Misa con acontecimientos políticos
o mundanos,
o con otros elementos
que no concuerden
plenamente
con el
Magisterio.
• No se debe celebrar
la Misa por
el simple deseo
de ostentación o celebrarla
según
el estilo
de otras
ceremonias,
especialmente
profanas.
• No se debe introducir
ritos
tomados de
otras religiones
en la celebración
de la Misa.
En
el capítulo 4, sobre la “Sagrada Comunión”,
se ofrecen disposiciones como:
• Si
se tiene conciencia de estar en pecado grave, no se debe
celebrar ni comulgar sin acudir antes a la confesión
sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no
haya oportunidad de confesarse.
• Debe vigilarse para que no se acerquen a la sagrada
Comunión, por ignorancia,
los no católicos o, incluso, los no cristianos.
• La primera Comunión de los niños debe
estar siempre precedida de la confesión y absolución
sacramental. La primera Comunión
siempre debe ser administrada por un sacerdote y nunca fuera
de la celebración
de la Misa.
• El sacerdote no debe proseguir la Misa hasta que haya
terminado la Comunión
de los fieles.
• Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros
extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante.
• Se puede comulgar de rodillas o de pie, según
lo establezca la Conferencia de Obispos, con la confirmación
de la Sede Apostólica.
• Así pues, no es lícito negar la sagrada
Comunión a un
fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir
la Eucaristía
arrodillado o de pie.
• Los fieles tienen siempre derecho a elegir si desean
recibir la Comunión
en la boca, pero si el que va a comulgar quiere recibir el
Sacramento en la mano, se le debe dar la Comunión.
• Si existe peligro de profanación, el sacerdote
no debe distribuir a los fieles la Comunión en la
mano.
• Los fieles no deben tomar la hostia consagrada ni el
cáliz sagrado por
uno mismo, ni mucho menos pasarlos entre sí de mano
en mano.
• Los esposos, en la Misa nupcial, no deben administrarse
de modo recíproco la sagrada Comunión.
• No debe distribuirse a manera de Comunión, durante
la Misa o antes de ella, hostias no consagradas, otros comestibles
o no comestibles.
• Para comulgar, el sacerdote celebrante o los concelebrantes
no deben esperar que termine la comunión del pueblo.
• Si un sacerdote o diácono entrega a los concelebrantes
la hostia sagrada o el cáliz, no debe decir nada, es
decir, no pronuncia las palabras “el
Cuerpo de Cristo” o “la Sangre de Cristo”.
• Para administrar a los laicos Comunión bajo
las dos especies, se deben tener en cuenta, convenientemente,
las circunstancias, sobre las que deben
juzgar en primer lugar los Obispos diocesanos.
• Se debe excluir totalmente la administración
de la Comunión bajo
las dos especies cuando exista peligro, incluso pequeño,
de profanación.
• No debe administrarse la Comunión con el cáliz a los laicos donde: 1) sea tan grande el número de los
que van a comulgar que resulte difícil
calcular la cantidad de vino para la Eucaristía y exista
el peligro de que sobre demasiada cantidad de Sangre de Cristo,
que deba sumirse al final
de la celebración»; 2) el acceso ordenado al cáliz
sólo
sea posible con dificultad; 3) sea necesaria tal cantidad de
vino que sea difícil
poder conocer su calidad y proveniencia; 4) cuando no esté disponible
un número suficiente de ministros sagrados ni de ministros
extraordinarios de la sagrada Comunión que tengan la
formación adecuada; 5) donde
una parte importante del pueblo no quiera participar del cáliz
por diversos motivos.
• No se permite que el comulgante moje por sí mismo
la hostia en el cáliz,
ni reciba en la mano la hostia mojada. La hostia que se debe
mojar debe hacerse de materia válida y estar consagrada.
Está absolutamente prohibido
el uso de pan no consagrado o de otra materia.
En
el capítulo 5, sobre “otros aspectos que se refieren a la Eucaristía”,
se aclara que:
• La
celebración eucarística se ha de hacer
en lugar sagrado, a no ser que, en un caso particular,
la necesidad exija otra cosa.
• Nunca es lícito a un sacerdote celebrar la Eucaristía
en un templo o lugar sagrado de cualquier religión
no cristiana.
• Siempre y en cualquier lugar es lícito a los
sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín.
• Es un abuso suspender de forma arbitraria la celebración
de la santa Misa en favor del pueblo, bajo el pretexto de promover
el “ayuno de la
Eucaristía”.
• Se reprueba el uso de vasos comunes o de escaso valor,
en lo que se refiere a la calidad, o carentes de todo valor
artístico, o simples cestos,
u otros vasos de cristal, arcilla, creta y otros materiales,
que se rompen fácilmente.
• La vestidura propia del sacerdote celebrante es la
casulla revestida sobre el alba y la estola. El sacerdote
que se reviste con la casulla debe ponerse
la estola.
• Se reprueba no llevar las vestiduras sagradas, o vestir
solo la estola sobre la cogulla monástica, o el hábito
común de los religiosos,
o la vestidura ordinaria.
En
el capítulo 6, el documento trata sobre “la reserva de la Santísima
Eucaristía y su culto fuera de la Misa”.
Se recuerda que:
• El
Santísimo Sacramento debe reservarse en un sagrario,
en la parte más noble, insigne y destacada de la iglesia,
y en el lugar más
apropiado para la oración.
• Está prohibido reservar el Santísimo
Sacramento en lugares que no están bajo la segura
autoridad del Obispo o donde exista peligro de profanación.
• Nadie puede llevarse la Sagrada Eucaristía a
casa o a otro lugar.
• No se excluye el rezo del rosario delante de la reserva
eucarística
o del santísimo Sacramento expuesto.
• El Santísimo Sacramento nunca debe permanecer
expuesto sin suficiente vigilancia, ni siquiera por un tiempo
muy breve.
• Es un derecho de los fieles visitar frecuentemente
el Santísimo Sacramento.
• Es conveniente no perder la tradición de realizar
procesiones eucarísticas.
El
capítulo 7 versa sobre “los ministerios extraordinarios de
los fieles laicos”. Allí el documento especifica
que:
• Las
tareas pastorales de los laicos no deben asimilarse demasiado
a la forma del ministerio pastoral de los clérigos.
Los asistentes pastorales no deben asumir lo que propiamente
pertenece al servicio
de los ministros sagrados.
• Solo por verdadera necesidad se puede recurrir al auxilio
de ministros extraordinarios en la celebración de
la Liturgia.
• Nunca es lícito a los laicos asumir las funciones
o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras
vestiduras similares.
• Si habitualmente hay un número suficiente de
ministros sagrados, no se pueden designar ministros extraordinarios
de la sagrada Comunión.
En tales circunstancias, los que han sido designados
para este ministerio, no deben ejercerlo.
• Se reprueba la costumbre sacerdotes que, a pesar de
estar presentes en la celebración,
se abstienen de distribuir la comunión, encomendando
esta tarea a laicos.
• Al ministro extraordinario de la sagrada Comunión
nunca le está permitido
delegar en ningún otro para administrar la Eucaristía.
• Los laicos tienen derecho a que ningún sacerdote,
a no ser que exista verdadera imposibilidad, rechace nunca
celebrar la Misa en favor del pueblo,
o que ésta sea celebrada por otro sacerdote, si
de diverso modo no se puede cumplir el precepto de participar
en la Misa, el domingo y los otros
días establecidos.
• Cuando falta el ministro sagrado, el pueblo cristiano
tiene derecho a que el Obispo, en lo posible, procure que
se realice alguna celebración dominical
para esa comunidad.
• Es necesario evitar cualquier confusión entre
este tipo de reuniones y la celebración eucarística.
• El clérigo que ha sido apartado del estado clerical
está prohibido
de ejercer la potestad de orden. No le está permitido
celebrar los sacramentos. Los fieles no pueden recurrir
a él para la celebración.
El
capítulo 8 está dedicados a los Remedios:
• Cualquier
católico tiene derecho a exponer una queja
por un abuso litúrgico,
ante el Obispo diocesano o el Ordinario competente que
se le equipara en derecho, o ante la Sede Apostólica,
en virtud del primado del Romano Pontífice.

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