La
marcha
¿Cuántos saben realmente marchar? Marchar no
es correr, ni simplemente caminar. Es un movimiento pausado.
El que marcha tiene los pies elásticos, no se arrastra
con languidez; progresa virilmente. Lleva el cuerpo erguido,
libre; no como quien va encorvado bajo el peso de un fardo;
no titubea; guarda proporción y firme simetría
en sus pasos.
Marchar bien es arte noble. Arte que
concilia la disciplina con la libertad, la fuerza con la
gracia, la condescendencia
con la firmeza, el sosiego con la energía conquistadora.
Según se trate de un hombre o de una mujer, ese paso
será marcial, expresión de una actitud combativa
o apacible y gracioso; reflejará el ánimo de
defensa o ataque, o revelará la tranquilidad que reina
en el interior.
¡Y qué bella resulta la marcha cuando es piadosa!
Ella puede llegar a ser un verdadero acto de culto religioso.
Ejemplo típico de ello es el fiel que atraviesa la iglesia
con respeto y avanza penetrado del sentimiento de hallarse
bajo los ojos del Altísimo. Basta recordar esas escoltas
divinas que son las procesiones. Es verdad que muchas veces
el Señor avanza en medio de turbas despreocupadas y
curiosas que se aprietan y empujan. Pero, ¡qué gracia
indescriptible y qué poesía adquiere de pronto
la Fiesta cuando todos acompañan a la Hostia con espontánea
piedad a través de calles y campos; cuando todos la
siguen, orando...: los hombres con paso marcial, las madres
venerables, las doncellas con su gracia purísima y los
jóvenes con el espíritu despierto!
¡Esas procesiones de penitencia y de súplica
podrían ser una oración verdaderamente viviente:
la encarnación de la oración! Podrían
personificar la presencia viva de la culpa y encarnar el clamor
contrito, la indigencia humana; pero un grito templado por
la confianza cristiana, que sabe cómo domina Dios nuestras
faltas y miserias, así como una voluntad firme y sosegada
domina las demás fuerzas de nuestra vida. La conciencia
cristiana, la culpa, la miseria encarnadas son las que desfilan
en nuestras procesiones. Bajo un cielo de esperanzas. Porque
cuando se cree en un Dios viviente, la culpa no es una fuerza
fatal.
¿No es verdad que la marcha expresa la nobleza del
hombre? Porque ese cuerpo que por el dominio del alma se mantiene
recto, dueño de sus movimientos; que avanza con paso
seguro, es privilegio suyo exclusivo. Marchar con el cuerpo
recto significa ser hombre.
Pero somos algo más que simples hombres. «Sois
una raza divina» –nos dice la Escritura–.
Nacidos de Dios, liemos adquirido una forma nueva. Cristo vive
en nosotros de manera especial, gracias al Sacramento misterioso
del altar: su Cuerpo está en nuestro cuerpo y su Sangre
circula en nuestras venas. «Porque aquel que come mi
carne y bebe mi sangre –ha dicho El mismo–, mora
en Mí y Yo en él». Cristo crece en nosotros,
nosotros en El, siempre más profundamente, en todas
las direcciones, hasta quedar en El identificados, hasta llegar
a «la plenitud de Jesucristo», hasta que El se
haya formado en nosotros y hasta que todo nuestro ser y nuestras
acciones: comer, dormir, orar –todo: nuestros juegos
y trabajos, nuestras alegrías y nuestras lágrimas–,
lleguen a trocarse en «vida de Cristo». Ningún
símbolo expresará con más fuerza y con
más profunda belleza este misterio que es la marcha.
La marcha es, pues –transfigurada en este profundo misterio
de nuestra incorporación a Cristo–, el cumplimiento
del consejo: «Ambula coram ine et esto perfectus»:
Camina ante Mí y serás perfecto. ¡En las
Procesiones marcha el Cuerpo Místico de Cristo hacia
su plenitud!
Pero todo este misterio se realizará tan sólo
si marchamos en la plenitud de la veracidad. La marcha sólo
tiene esa belleza de símbolo cuando se funda en la verdad,
jamás cuando se inspira en la afectación y en
la vanidad.
Romano Guardini
- Proyecto Filosofía en español