La Santísima Trinidad
por Andrés Roublev El ícono de la Trinidad, de Roublev, en Zagorsk, hoy
en la galería Tretiakov de Moscú, fue pintado
entre 1411 y 1421 para el Monasterio de la Trinidad y San Sergio.
Su talla es excepcional: 140 centímetros por 112. Está pintado
en madera de tilo de tres planchas juntas. En Zagorsk hay hoy
una copia muy hermosa.
Este ícono fue pintado en recuerdo de San Sergio de
Radonega, el cual reconstruyó el viejo monasterio, destruido
por los Tártaros, restaurando en el la vida monástica.
Dimitri Donskoi acudió a rezar allí antes de
la gran batalla de Koulikovo. Y en Zagorsk nació un
gran proyecto ruso de cristiandad. En 1409 el Kan Edighe incendió de
nuevo Zagorsk, entonces de madera. Nikon, el sucesor de San
Sergio, fue el que decidió su reconstrucción
en piedra, y para esta iglesia se encargó a Roublev
el ícono de la Trinidad.
El
Iba a otorgarle al pueblo ruso su carta cristiana, y al mundo
la expresión pictórica más alta
de la revelación judeo-cristiana. Hoy, alejado de su
función litúrgica y colocado en un museo, lejos
de reducirse a una mera obra maestra de la pintura universal,
este ícono entrega irresistiblemente su mensaje, a pesar
del contexto en que está situado y de los comentarios
desacralizados de que es objeto. Hasta puede que la confrontación
cultural haya permitido percibir mejor en qué este ícono,
como por lo demás todos los íconos, trasciende
su valor artístico, cualquiera que este sea.
En
efecto, el icono se ofrece primero a la fe de los creyentes.
Realiza un modo propio de presencia de Dios, que no es ni
el d su Palabra en los libros que integran la Biblia ni el
de su presencia sustancial en la eucaristía bajo las
especies de comida y bebida. En el icono, la presencia de
Dios se expresa bajo el modo de la imagen. Este modo no podría
ser eficaz sin la realidad plenaria de la encarnación
y de la resurrección; pero también, repitámoslo,
sin una disposición expresa d Cristo. La liturgia
bizantina asocia de manera estrecha el el culto de los iconos
y la ortodoxia. Los cánones del VII concilio ecuménico
de Constantinopla son formales.
Luego, las iglesias de Oriente han colocado
el acento en la veneración de los iconos; la Iglesia latina, en el culto
de la eucaristía; las Iglesias salidas de la reforma
protestante, en la Escritura. Es de desear que, por fin, se
llegue a un ecumenismo total, de acuerdo a la voluntad de CRisto,
en el que Palabra y Escritura, Icono y Eucaristía, se
contemplen en su unidad, expresando juntos la plenitud de la
encarnación redentora de Dios y de su trascendencia
respecto a su creación, que significa el orden sacramental.
Tal es la visión de Pedro, de Juan y de Pablo; y ése
es el mensaje esencial de este icono de Roublev.
Son numerosísimos los comentarios que se han hecho
ya en vida de Roublev; tan rico y complejo es el registro de
formas, colores y estructuras. Por lo demás, el autor
recogió un tema utilizado con frecuencia antes de él:
la hospitalidad de Abrahán. Los padres habían
dado una interpretación, que se hizo tradicional, de
este capítulo de Génesis, que constituye el tema
del presente icono. Roublev había de darle una fuerza
expresiva sin igual.
El tema es como sigue: Abrahán, viejo y sin hijo a
pesar de la reiterada promesa de Yavé, camina con sus
inmensos rebaños y sus servidores, a través del
desierto, hacia la tierra prometida a su descendencia, en la
que deberían manar leche y miel. Finalmente, Abrahán
y Sara establecen su campamento cerca de Hebrón, bajo
el gran árbol de Mambré.
Es pleno mediodía. Todo permanece inmóvil por
aquel sofocante calor. El cielo es implacable. Sorprendentemente,
una silueta se dibuja en el horizonte...¿A esta hora? ¿Un
espía, presagio de una próxima incursión?
Habrá que ponerse en guardia. El viajero se acerca;
no, tres: - ¡No paséis de largo! Entrad. Comed, y cuando
el sol toque el horizonte reemprenderéis el camino.
¿
Amigo? ¿Enemigo? ¿Espía?... Abrahán
no se lo pregunta: son el prójimo. La fe implica riesgos.
Se les lava los pies; luego comen y beben.Abrhán ordena
sacrificar un becerro y le pide a Sara que cueza panecillos
sobre las piedras recalentadas. Se charla. Se cambian impresiones.
Sobriamente, lentamente... como se hace bajo la tienda. No
hay prisas.
Ahora el sol ha descendido, y los tres
huéspedes están
a punto de irse:
- ¿Dónde están tus hijos, Sara, para que
los bendigamos de parte de Dios antes de partir?
- Hijo... no lo tengo - responde Sara, incómoda, molesta...
- No llores Sara; ...volveremos el año que viene por
este tiempo, y tú amamantarás a tu hijo.
¡Un hijo de su edad! Sara se vuelve riéndose.
Pero Abrahán, que siempre ha creído en la promesa,
l ha visto; está designado: "¡Sara, te estás
riendo...!" ¿No atraerá la maldición
en lugar de la bendición?... "¡No, no me
he reído!" Ella miente; se ríe; por tres
veces. Abrahán insiste:"¡Sí que te
has reido; yo te he visto!. Tres veces se ríe Sara;
tres veces miente.
Pero Abrahán ha creído en la renovación
de la promesa. Una fe tanto más difícil cuanto
que es de edad avanzada. San Pablo dirá que ello fue
su justificación.
Al año siguiente, Isaac recompensaba la fe inquebrantable
de Abrahán: hijo de la promesa, al que, sin embargo,
habría de sacrificar un día también para
la fe. Isaac prefiguraba a aquel otro Hijo de la promesa, Jesús
que esta vez sería otorgado a una hija de Abrahán,
María de Nazaret.
En el ícono vemos la mesa ofrecida a los viajeros,
y encima de la casa de Nazaret, figura la Iglesia, casa de
los creyentes. La mesa de la hospitalidad es la de eucaristía,
ofrecida a los que van camino de la Jerusalén de lo
alto, adonde ha ido Jesús a preparar el banquete de
sus nupcias eternas con toda la familia humana, que es la suya.
En la mesa Abrahán ha colocado una cabeza de becerro
equivalente al cordero. En la pintura primitiva, aquí retocada,
había un racimo de uvas. Los tres viajeros tienen alas:
como con las aves raudas , no se sabe ni de donde vienen ni
adónde van. Llevan bastones de viaje, porque es largo
el camino desde el paraíso de Gènesis a esta
tierra prometida, donde los árboles darán fruto
doce veces al año. El árbol del conocimiento
del bien y del mal se ha convertido en el árbol de la
cruz, en el centro del ícono. La roca, a la derecha,
es aquella de la cual Moisés hizo que brotara el agua
en el desierto para el pueblo sediento; se convertirá en
el costado de Cristo en la cruz, del cual brotarán las
aguas del bautismo y el vino eucarística.
Por su hospitalidad, Abrahán y Sara recibieron la promesa.
Dios, en el horizonte de la mirada humana, es indistinto. Sólo
cuando se aproxima en la encarnación del Hijo y es acogido
en el viajero que pasa por el umbral de la vida se puede percibir
su misterio tripersonal, su vida íntima de relaciones.
Solamente acogiendo a los demás es posible oír
la revelación de Jesús: "El Padre y yo...
El Espíritu..." Entonces Abrahán percibe
mejor al verdadero Dios, aquel cuya revelación terminará de
manifestar Jesús cuando diga: "Padre nuestro..." No
el Zeus omnipotente de los griegos; no el dios impersonal,
disuelto en todo, de los hindúes..., sino un Dios tripersonal,
que lleva eternamente una vida de conocimiento y amor. Un Dios
amigo de los hombres, que viene a sentarse a su mesa cada vez
que acogen a sus hijos. Cuando dos o tres están reunidos
en mi nombre, yo estoy en medio de ellos.
Ese Dios es el que Roublev propuso a
sus hermanos, superadas pruebas terribles, a fin de lograr
una nación según
Cristo. A su pueblo crucificado le ofreció Roublev la
eucaristía como proyecto de una estado nuevo. Porque
la eucaristía es ciertamente el objeto final del consejo
divino evocado en este icono.
Un
movimiento circular anima a las personas divinas, que no
altera su reposo. Sus rostros se responden
como la IMAGEN a su FUENTE,
como la PALABRA al PENSAMIENTO,
como el IMPULSO al AMOR.
Poco importa que el personaje central
sea el Padre o el Hijo: El que me ve a mí, ve al Padre, afirma el mismo Jesús.
El Padre da a su hijo, y el Hijo se ofrece en el mismo soplo
de su común"filantropía", ese amor
del hombre que es el objeto de su consejo.
Puede que sorprenda la ausencia de María en ese consejo
divino, cuando ella pronunció el Amén. Pero ¿no
está en la transparencia de las miradas que se intercambian? ¿Y
también en aquella casa de la anunciación, la
de aquel "sí" que hizo realidad histórica
aquel consejo divino?
Toda la economía de la creación y de la salvación
está ahí, dentro del misterio de las relaciones
divinas. Por eso Roublev llevó el arte de la luz hasta
la transparencia de los colores; el arte de la composición
de los planos, de los volúmenes y de las formas hasta
la integración del círculo divino, del cuadro
terrestre, del triángulo trinitario, por la cruz que
lo une todo. Llevó el arte del color hasta un significado
total, mientras que la meteria y la forma se ofrecen enteramente
a los "sentidos"; no hay lugar para la anécdota
o la insignificancia. Jamás obra pictórica alguna
ha alcanzado ese universalismo: el mundo de la creación,
el mundo de la historia, el de la sacramentalidad están
ahí en tres tablas juntas, ofrecidas a los hijos de
Abrahán que, como él, brindan su casa y su mesa
al desconocido portador de la promesa de Dios.
Que este icono, hoy como en 1411, sirva
de invitación
a judíos, cristianos y musulmanes, hijos todos de la
fe de Abrahán, a compartir la mesa de los alimentos
visibles e invisibles, a fin de que nadie quede excluido. Y
que este icono sea una invitación a los que han conocido
aún más que una parte del viaje, el corto trayecto
que va del nacimiento a la muerte, a ofrecer su mesa, a tener
una vida de relación; entonces verán que su mesa,
sus miradas y sus mismas paredes se abren al infinito.
Finalmente, que las Iglesias abran sus
mesas y puedan manifestar a todos que la eucaristía es el único
porvenir del hombre, porque ella es el presente eterno de
Dios.