Primera
meditación de Cuaresma del padre Cantalamessa al Papa
y a la Curia
«"La letra narra lo ocurrido" -
La Pascua de la historia»
CIUDAD
DEL VATICANO, viernes, 12 marzo 2004 (ZENIT.org).- «"La
letra narra lo ocurrido" - La Pascua de la historia» es
el tema de la meditación que dirigió el padre
Raniero Cantalamessa, ofm cap, predicador de la Casa Pontificia,
en este segundo viernes de Cuaresma a Juan Pablo II y sus colaboradores
en la Curia romana.
Publicamos
el texto de la predicación que tuvo lugar
esta mañana en la capilla «Redemptoris Mater» del
Palacio Apostólico Vaticano. «Con ansia he deseado
ardientemente comer esta Pascua con vosotros» (Lucas,
22,15).
Cuaresma 2004 en la Casa Pontificia
Primera predicación
«La
letra narra lo ocurrido»
La Pascua de la historia
En
toda la tradición cristiana se ha dado una doble
manera de leer las Escrituras, resumida en letra y Espíritu.
Letra quiere decir el sentido literal o el hecho histórico
narrado; Espíritu indica el misterio escondido en el
hecho histórico que se comprende sólo a través
de la fe. Dentro del sentido espiritual, se han distinguido,
a su vez, tres niveles de significado: el significado cristológico
que subraya la referencia a Cristo y a la Iglesia, el significado
moral que se refiere al actuar cristiano, y el significado
escatológico que se refiere al cumplimiento final.
Este
esquema cuatripartito ha sido resumido en un dístico
famoso: «Littera gesta docet, quid credas allegoria.
/ Moralis, quid agas; quo tendas anagogia». La letra
te enseña lo ocurrido; lo que debes creer, la alegoría.
/ La moral enseña qué es lo que hay que hacer;
hacia dónde tender, la anagogía.
Esta
manera de acercarse a la Escritura despliega toda su pertinencia
y fecundidad cuando
se aplica
a la Pascua. Un autor
medieval lo hace en estos términos: «La Pascua
puede tener un significado histórico, uno alegórico,
uno moral y uno anagógico. Históricamente, la
Pascua ocurrió cuando el ángel exterminador pasó por
Egipto; alegóricamente, cuando la Iglesia, en el bautismo,
pasa de la infidelidad a la fe; moralmente, cuando el alma,
a través dela confesión y la contrición,
pasa del vicio a la virtud; anagógicamente, cuando pasamos
de la miseria de esta vida a los gozos eternos» (Sicardo
de Cremona, «Mitral», VI, 15 (PL 213, 543).
En
las meditaciones cuaresmales de este año quisiera
explorar el sentido de la Pascua de Cristo, siguiendo este
método que procede de la tradición más
constante de la Iglesia. Dado que sólo tenemos a nuestra
disposición tres momentos (el viernes 19 de marzo es
la fiesta de san José), tendremos que renunciar a tratar
el último sentido, el anagógico, que nos invita
a tender hacia la Pascua eterna del cielo. Lo dejaremos para
la meditación personal.
En
esta primera meditación reflexionemos sobre la dimensión
histórica de la Pascua, es decir, sobre los acontecimientos
en los que encuentra su origen. Si habláramos de la
Pascua en general, la «letra» que habría
que examinar serían las narraciones del Éxodo,
que hablan de la inmolación del cordero en Egipto; concentrándonos
en la Pascua cristiana, la «letra» son las narraciones
de la pasión y resurrección de Cristo.
1.
La letra, ¿narra verdaderamente
lo ocurrido?
En
este sentido, surge una pregunta muy actual: la letra, ¿refiere
verdaderamente, en este caso, a «los hechos», como
dice el dístico antiguo, o más bien ofrece una
versión «tendenciosa» de ellos, que responde
a fines apologéticos? Como reacción a una reciente
película sobre la Pasión de Cristo, se ha difundido
en este sentido una opinión que no puede dejarse sin
respuesta.
La
tesis adoptada por revistas de difusión mundial
y divulgada en Italia incluso por un telediario de la noche,
es, en resumidas cuentas, la siguiente. Atenerse estrictamente
a las narraciones evangélicas en la manera de representar
la pasión significa ignorar los resultados de la ciencia
exegética moderna. Ésta afirma que, al contar
los hechos, Marcos y, detrás de él los demás
evangelistas, han atribuido la responsabilidad de la muerte
de Cristo a los judíos para ganarse el favor del poder
político romano y tranquilizarlo ante la nueva religión.
En realidad, el motivo principal de la condena de Jesús
fue de carácter político y no religioso, es decir,
a causa de la amenaza que él constituía para
el orden establecido (Cf. John Meacham, «Who killed Jesus?» --¿Quién
mató a Jesús?»--, en «Newsweek»,
16 de febrero de 2004, páginas 49-57).
Hay
que decir, ante todo, que independientemente de cuál
sea la explicación que se dé de las circunstancias
externas y de las motivaciones jurídicas de la muerte
de Cristo, éstas no afectan en lo más mínimo
al sentido real de su muerte, que depende de lo que él
pensaba, y no de lo que pensaban los demás. Y el sentido
que él daba a su muerte lo dejó claro anticipadamente,
en el momento de la institución de la Eucaristía: «Tomad
y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado
por vosotros».
Una
vez hecha esta aclaración, hay que observar sin
embargo la seriedad de lo que nos estamos jugando con estas
discusiones. La fe cristiana es una fe basada en la historia;
la compatibilidad con la historia no es menos necesaria que
la compatibilidad con la razón. No es suficiente decir
que los evangelios «no nos han caído del cielo
ya perfectamente redactados, sino que son producidos por manos
y corazones humanos», sometidos a condicionamientos y
prejuicios. Esto lo admite hoy todo cultor serio de los estudios
bíblicos. El problema consiste en saber si son narraciones
honestas o no; si el prejuicio es inconsciente, o si es una
tesis conscientemente asumida y llevada adelante según
su antojo.
Dado
que afronté este problema cuando enseñaba
historia de los orígenes cristianos en la Universidad
Católica de Milán (Cf. Los resultados de la investigación
en "Los primeros cristianos, la política y el estado» [«I
primi cristiani, la politica e lo stato»], «Vita
e Pensiero» [año 54, n.6, noviembre-diciembre
de 1972], en particular «Jesús y la revolución» [«Gesù e
la rivoluzione»], pp. 5-18 y «Diez años
de estudios sobre el proceso de Jesús y sobre Jesús
y los zelotes» [«Dieci anni di studi sul processo
di Gesù e su Gesù e gli zeloti»], pp. 108-136),
me parece que es mi deber ofrecer una pequeña contribución
para aclarar esta discusión. Hay que negar enérgicamente
que la investigación histórica moderna haya llegado
a conclusiones diferentes de las que se sacaban de la lectura
de los Evangelios sobre la condena de Cristo.
La
tesis de la motivación esencialmente política
de la condena de Cristo surgió en los últimos
cincuenta años por dos preocupaciones y tuvo dos razones
de ser. La primera, fue el epílogo trágico del
antisemitismo con el Holocausto, la segunda la afirmación
en los años sesenta y setenta de la así llamada
teología de la revolución. Si no se quería
que Che Guevara conquistar el lugar de Cristo en el corazón
de las nuevas generaciones, no quedaba otra solución
que hacer de él su discípulo. Los dos puntos
de vista, por caminos diferentes, llegaban esencialmente a
una conclusión común: Jesús fue un simpatizante
del movimiento zelote, que buscaba levantar con la fuerza el
yugo de la dominación romana y de las clases ricas locales
que lo apoyaban. Se veían pruebas de esto en el hecho
de que uno de sus discípulos se llamaba Simón «Zelotes» (con
este mismo razonamiento se podía defender la tesis de
que Jesús colaboraba con los romanos, habiendo llamado
a su seguimiento a Mateo el «Publicano»), o el
apodo de Judas «Iscariote», que podía ser
una deformación de «Sicariote», el nombre
con el que se designaba al ala más radical del partido
zelote, así como otros hechos, como la expulsión
del templo de los mercaderes, la entrada triunfal en Jerusalén,
la multiplicación de los panes y el intento de hacerle
rey...
En
pocos años, la tesis del Jesús revolucionario
ha sido abandonada como algo imposible de sostener. Terminaba
por atribuir a Jesús precisamente la idea de un Mesías
que se impone con la fuerza sobre esa misma fuerza contra la
que lucho durante toda su vida. Ha quedado en pie, sin embargo,
la otra tesis, sugerida por el deseo de quitar todo pretexto
al antisemitismo.
Se
trata de una preocupación justa, pero es sabido
que el daño más grave que se le puede hacer a
una causa justa es el de defenderla con argumentos equivocados.
La lucha contra el antisemitismo tiene que basarse sobre un
fundamento más seguro que el de una hipótesis
discutible como ésta. El Concilio Vaticano II lo formula
así: «Aunque las autoridades de los judíos
con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo,
lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni
indistintamente a todos los judíos que entonces vivían,
ni a los judíos de hoy» («Nostra aetate»,
4).
En
esta afirmación se da una cierta convergencia con
la misma tradición judía del pasado. De las noticias
sobre la muerte de Jesús, presentes en el «Talmud» y
en otras fuentes judías (si bien tardías e históricamente
contradictorias) surge un elemento: la tradición judía
nunca ha negado una participación de las autoridades
de la época en la condena de Cristo. No fundamentó su
defensa negando el hecho; en todo caso, negó que desde
el punto de vista judío constituyera un delito o que
su condena haya sido injusta (Cf. J. Blinzler, «El proceso
de Jesús» --«Il Processo di Gesù»,
Brescia 1966, pp.32 ss).
Esta
versión es compatible con la de las fuentes del
Nuevo Testamento que, si bien por una parte destacan la participación
de las autoridades judías en la condena de Cristo, por
otra la excusan, atribuyéndola a la ignorancia (Cf.
Lucas 23,34; Hechos 3, 17; 1 Corintios 2,8). Sólo Dios,
que escruta los corazones, sabe hasta qué punto esta
ignorancia se debió a la objetiva dificultad para reconocer
como verdadera la reivindicación mesiánica de
Cristo o a motivos menos excusables (Juan 5, 44 menciona entre éstos
la búsqueda de la gloria humana) y ninguno de nosotros
puede dar un juicio definitivo, ni sobre Judas, ni sobre Caifás,
ni sobre Pilatos.
Se
llega así a una constatación fundamental:
ninguna fórmula de fe del Nuevo Testamento y de la Iglesia
dice que Jesús murió «a causa de los pecados
de los judíos»; todas dicen que «murió a
causa de "nuestros" pecados», es decir, de
los pecados de todos.
El
falta de responsabilidad del pueblo judío en cuanto
tal en la muerte de Jesús se debe a una certeza bíblica
que los cristianos tienen en común con los judíos,
pero que por desgracia por muchos siglos ha sido olvidada por
motivos extraños: «El que peque es quien morirá;
el hijo no cargará con la culpa de su padre, ni el padre
con la culpa de su hijo» (Ezequiel 18, 20). La doctrina
de la Iglesia reconoce un solo pecado que se transmite por
herencia de padres a hijos, el pecado original.
Si
se consideraba a los judíos de las generaciones
futuras responsables de la muerte de Cristo, por el mismo motivo
se debería haber considerado como responsables y acusar
de deicidio a los romanos de las generaciones futuras, incluidos
los papas de familias romanas, pues está claro que,
desde el punto de vista jurídico, la condena de Cristo
y su ejecución (la forma de la crucifixión lo
confirma) deben imputarse en último término a
la autoridad romana.
Como
creyentes, quizá tenemos que superar la afirmación
de la no culpabilidad del pueblo judío y ver en el sufrimiento
injusto que por este motivo ha sufrido en la historia como
algo que le pone de parte del Siervo sufriente de Dios y, por
tanto, para nosotros cristianos, de parte de Jesús.
Edith Stein había comprendido en este sentido el drama
que se estaba gestando para ella y para su pueblo en la Alemania
de Hitler: «Allí, bajo la cruz, comprendí el
destino del pueblo de Dios. Pensé: aquellos que saben
que esta es la cruz de Cristo tienen el deber de cargar con
ella, en nombre de todos los demás».
En
vez de hablar de la responsabilidad del pueblo judío
por la muerte de Cristo se debería hablar de la responsabilidad
del pueblo cristiano por la muerte de los judíos. Es
lo que Juan Pablo II hizo en el mes de marzo del año
jubilar, al poner en una fisura del muro de las lamentaciones
de Jerusalén la petición de perdón por
los sufrimientos causados por los cristianos al pueblo de Israel.
Un
comunicado del Congreso Judío de Canadá dice
que la película de Gibson puede convertirse, si queremos,
en una «oportunidad» para judíos y cristianos
para avanzar en el camino de la reconciliación y de
la amistad (Cf. Canadian Jewish Congress statement to our fellow
Canadians of the Christian faith in advance of the release
of The Passion of the Christ, http://www.cjc.ca/template.php?action=news&story=631).
Para mí, y estoy seguro que para muchos cristianos,
todo lo que se ha escrito sobre esta película (la película
no, pues no la he visto) ha servido para aumentar el sentimiento
de la inmensa gratitud que debemos al pueblo judío por
haber dado al mundo a Jesús de Nazaret y por el precio
incalculable que ha tenido que pagar a causa de este don.
2. ¿Podemos seguir creyendo todavía en las narraciones
de la pasión?
Una
vez dejado claro el rechazo del antisemitismo, podemos volver
a afrontar la cuestión del carácter atendible
de las narraciones de la pasión, la única que
nos interesa en esta sede. Quisiera hacer presentes algunos
hechos que inducen a tomar con mucha cautela la tesis, según
la cual, han sido escritos con la preocupación de tranquilizar
a las autoridades del imperio sobre los cristianos.
Esta
tesis acaba colocando los escritos apostólicos
en el mismo género literario de las Apologías,
dirigidas por autores cristianos del siglo II a los emperadores
romanos para convencerles de la bondad de su religión.
Se olvida que surgieron para el uso interno de la comunidad
cristiana, sin pensar en lectores ajenos a ella y de hecho
nunca lo fueron. (El primer autor pagano que demuestra haber
leído las fuentes cristianas es Celso, en el siglo II,
y no precisamente por motivos políticos).
Sabemos
que las narraciones de la pasión, en unidades
más breves y en forma oral, circulaban en las comunidades
ya mucho antes de la redacción final de los evangelios,
incluido el de Marcos. Pablo, en su carta más antigua,
escrita en torno al año 50, ofrece la misma versión
fundamental de los evangelios sobre la muerte de Cristo (Cf.
1 Tesalonicenes 2,15). Sobre los hechos acaecidos en Jerusalén
poco antes de su llegada a la ciudad debía haber sido
informado mejor que nosotros, modernos, pues al inicio había
defendido los motivos de esta condena.
Durante
esta fase más antigua, el cristianismo se consideraba
todavía destinado principalmente a Israel; las comunidades
en las que se habían formado las primeras tradiciones
estaban constituidas en su mayoría por judíos
convertidos; Mateo se preocupa por mostrar que Jesús
vino para dar cumplimiento a la ley, no para abolir la ley.
Si se hubiera dado, por tanto, una preocupación apologética, ésta
hubiera debido llevar a presentar la condena de Jesús
como una obra más bien de paganos que de las autoridades
judías, con el fin de tranquilizar a los judíos
de Palestina y de la diáspora.
Muchos
de los equívocos surgen por el hecho de que
proyectamos al inicio de la Iglesia la situación posterior
de contraposición entre judíos y cristianos,
mientras que, hasta la afirmación de comunidades compuestas
en su mayoría por gentiles, se daba otro tipo de contraposición,
es decir, judíos creyentes (en Cristo) y judíos
no creyentes en él La distinción se daba dentro
de la común identidad judía. Los discípulos
de Jesús podían decir con Pablo: «¿Son
judíos? ¡También yo!». Esto da un
sentido totalmente diferente a la polémica antijudía
de los autores del Nuevo Testamento con respecto a la del cristianismo
posterior, al igual que son totalmente diferentes los ataques
contra el pueblo de Israel de Moisés y de los profetas
a los lanzados por ciertos Padres de la Iglesia o por Lutero.
Por
otra parte, cuando Marcos y los demás evangelistas
escriben su evangelio ya se había dado la persecución
de Nerón; esto debería haber llevado a ver en
Jesús la primera víctima del poder romano y en
los mártires cristianos víctimas que habían
sufrido la misma suerte del Maestro. Se da una confirmación
de esto en el Apocalipsis, escrito tras la persecución
de Domiciano, durante la cual Roma fue objeto de un ataque
feroz («Babilonia», la «Bestia», la «prostituta»)
a causa de la sangre de los mártires (Cf. Apocalipsis.
13 ss.).
No
es posible leer las narraciones de la Pasión ignorando
todo lo que las precede. El evangelio atestigua, en cierto
sentido en cada página, un contraste religioso creciente
entre Jesús y un grupo influyente de judíos (fariseos,
doctores de la ley, escribas) sobre la observancia del sábado,
sobre la actitud hacia los pecadores y los publicanos, sobre
lo puro y lo impuro. J. Jeremias demostró la motivación
antifarisea que se da en casi todas las parábolas de
Jesús (Cf. J. Jeremias, «Die Gleichnisse Jesu»,
Gottingen 1962). No es posible eliminar esta premisa sin desintegrar
completamente los evangelios y hacerlos incomprensibles. Una
vez demostrada esta confrontación, ¿cómo
es posible no pensar que no desempeñó un papel
en el momento del ajuste final de cuentas y que las autoridades
judías se decidieron a denunciar a Jesús a Pilatos
sólo por miedo a una intervención armada de los
romanos, como si lo hicieran de mala gana?
Uno
de los argumentos más aducidos contra la veracidad
de las narraciones evangélicas es la imagen que nos
ofrecen de un Pilatos sensible a razones de justicia, que se
preocupa por la suerte de un desconocido judío, pues
se sabe que era un tipo duro y cruel, capaz de ahogar en la
sangre el indicio más mínimo de revuelta.
Aquí se da una equivocación. Pilatos no trata
de salvar a Jesús por compasión por la víctima,
sino únicamente por el espíritu de revancha contra
sus acusadores con los cuales tenía lugar una guerra
de sordos desde su llegada a Judea. Si los primeros cristianos
se equivocaron en algo fue en atribuir la decisión de
Pilatos a sentimientos de justicia y de piedad por Jesús
(para Tertuliano era cristiano en secreto y ¡la Iglesia
copta lo ha canonizado junto a su mujer!). En realidad, lo
que le movía era únicamente la voluntad de no
dar ninguna satisfacción a sus odiados jefes judíos.
Si se lee con un mínimo de psicología el diálogo
entre él y los acusadores de Jesús, es posible
darse cuenta de que los evangelistas también se dieron
cuenta de esta motivación.
Como
conclusión, hay que decir que la discusión
sobre los motivos de la condena de Cristo en los años
posteriores a la segunda guerra mundial ha producido una avalancha
de hipótesis críticas, que con frecuencia están
en mutua contradicción, pero no ha logrado el consenso
de la mayoría de los historiadores en ningún
aspecto importante. Cada vez que se quería eliminar
una dificultad, surgían racimos de otras nuevas. Alguien,
por ejemplo, trató de eliminar el proceso ante el Sanedrín
por considerarlo como antihistórico, pero pronto fue
posible darse cuenta de que de este modo ya no se podía
explicar el episodio seguramente histórico de la negación
de Pedro, intrínsecamente ligado al momento y al lugar
de ese proceso.
Las
narraciones evangélicas presentan, sin duda, numerosas
discrepancias en los detalles y puntos oscuros pero, si se
presta atención, esto confirma su carácter «ingenuo»,
narraciones surgidas de la vida y de los recuerdos de personas
diferentes, que no buscan demostrar una tesis. Un índice
de honestidad de las narraciones de la Pasión lo constituye
el papel que desempeñan sus mismo autores: uno lo reniega;
otro lo traiciona, y todos huyen ignominiosamente en el momento
crucial. No se equivocaba totalmente el biblista Lucien Cerfaux
cuando decía: «Estamos persuadidos de que la manera
más sencilla del Evangelio es también la más
científica» (Cf. L. Cerfaux, «Jésus
aux origines de la tradition», Lovaina, 1968, traducción
italiana, Roma 1970, p. 15).
Esto
deja abierta la cuestión sobre el uso que se hace
del material evangélico. El hecho de que en el pasado
se haya utilizado de manera impropia, con tergiversaciones
antijudías, es algo reconocido hoy por todos y firmemente
condenado por la Iglesia en apropiados documentos. A la luz
de las observaciones hechas, podemos decir lo siguiente: una
representación de la pasión debe reprobarse si
lleva a creer que todos los judíos de la época
y los que vinieron después son responsables de la muerte
de Cristo; no se puede acusar de haber traicionado la verdad
histórica si se limita a mostrar que un grupo influyente
de ellos tuvo un papel determinante.
3.
Jesús callaba
Si bien sigue habiendo disparidad de opiniones sobre el papel
y la conducta de los diferentes personajes y poderes involucrados
en la pasión de Cristo, gracias a Dios hay unanimidad
sobre su conducta. Dignidad sobrehumana, calma, libertad
absoluta. Ni un solo gesto o palabra que desmienta lo que
había predicado en su evangelio, especialmente en
las Bienaventuranzas.
Y
sin embargo no había nada en él que se parezca
al orgulloso desprecio del dolor propio del estoico. Su reacción
ante el sufrimiento y la crueldad es humanísima: tiembla
y suda sangre en Getsemaní, quisiera que se alejara
de él el cáliz, busca apoyo en sus discípulos,
grita su desolación en la cruz.
Una
película de hace algunos años --«La última
tentación de Jesús»-- le mostraba en la
cruz frente a las tentaciones de la carne. Se constató con
razón la absurdidad psicológica de esa representación.
Si Jesús pudo sentir una tentación mientras estaba
colgado de la cruz, con la carne desgarrada y los enemigos
insultándoles, no fue ciertamente la de la atracción
de la carne, sino más bien la del desdén, la
de la ira, y la de los sentimientos de venganza.
El
Salterio le ofrecía palabras de fuego para hacerlo: «Levántate,
Señor, destrúyelos...», pero él
no cita ninguno de estos salmos de imprecación, sólo
cita el Salmo 22, que es una sentida invocación al Padre: «Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?». «Al ser insultado, no respondía
con insultos, al padecer, no amenazaba», dice de él
la Primera Carta de Pedro (2, 23). ¡Qué contraste
si se compara con el modelo de martirio propuesto en el libro
de los Macabeos! (Cf. 2 Macabeos 7).
Sería posible pasar la vida sumergiéndose en
esta perfección de la santidad de Cristo y nunca se
tocaría el fondo. Nos encontramos ante lo infinito en
el orden ético. No hay recuerdo de otra muerte semejante
a ésta en la historia. Habría que detenerse al
meditar en la pasión en la santidad del protagonista
y no tanto en la maldad y vileza de quien le rodea.
Quisiera
subrayar un rasgo de esta sobrehumana grandeza de Cristo
en la Pasión: su silencio. «Jesus autem
tacebat» (Mateo 26, 63). Calla ante Caifás, calla
ante Pilatos que se irrita por su silencio, calla ante Herodes
que esperaba verle hacer un milagro (Cf. Lucas 23, 8).
Jesús no calla por prejuicios o por protesta. No deja
sin respuesta ninguna de las preguntas que se le dirigen cuando
la verdad está en juego, pero también en este
caso se trata de palabras breves, pronunciadas sin ira. El
silencio es en sólo y únicamente amor.
El
silencio de Jesús en la Pasión es la clave
para comprender el silencio de Dios. Cuando el ruido de las
palabras se hace demasiado estridente, la única manera
de decir algo es callándose. El silencio de Jesús
de hecho inquieta, irrita, saca a la luz la falta de verdad
de las propias palabras, como cuando callaba ante los acusadores
de la adultera.
«Hay que callarse ante aquello de lo que no se puede
hablar»: este eslogan famoso del positivsmo lingüístico
que (contra la intención de su autor) ha servido para
excluir la posibilidad de toda afirmación sobre Dios
y sobre la misma teología, puede tener un sentido verdadero
y profundo, y lo tiene en el caso de Jesús. «Tengo
muchas cosas que decir, o más bien una sola pero tan
grande como el mar», exclama al estar cerca de la muerte
la heroína de una ópera lírica. Estas
palabras se podrían poner en labios de Jesús. Él
sólo tenía una cosa que decir, pero tan grande
que los hombres no estaban preparados para acogerla. Había
tratado de decirla pronunciando, ante Pilatos, la palabra «¡verdad!»,
pero conocemos el desenlace.
Esta
primera meditación, sobre la dimensión
histórica, la «letra» de la Pascua, no es
el lugar para las aplicaciones morales que vendrán después.
Cada quien debe más bien reflexionar por su cuenta sobre
lo que le dice a él o a la Iglesia este aspecto de Cristo
en su Pasión. Lo que sí está en la línea
de las consideraciones históricas que hemos desarrollado
es la apertura de nuestro espíritu a una admiración
sin límites, al entusiasmo y a la acción de agracias
a Cristo. Conmovernos ante la grandeza de su amor y la majestuosidad
de su sufrimiento, diciendo desde lo profundo del corazón: «Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi, quia per sanctam crucem tuam
redemisti mundum»: «Te adoramos, oh Cristo, y te
bendecimos, pues con tu santa Cruz redimiste al mundo».
[Traducción
del original italiano realizada por Zenit]