Hombre
y mujer los creó
Nota de los Obispos de la Subcomisión
Episcopal para la Familia
y Defensa de la Vida
26 de diciembre de 2004
1. HOMBRE Y MUJER
«Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya,
a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó» (Gn 1,27).
Estas palabras del Génesis, sobre las que queremos
reflexionar en la Jornada de la Familia y la Vida, recogen
dos verdades fundamentales sobre la persona humana: es creada “a
imagen de Dios”; es creada como “hombre y mujer”.
Dios crea al hombre y a la mujer iguales en su humanidad, con
idéntica dignidad personal, y al mismo tiempo en esencial
y profunda relación de hombre y mujer.
La diferencia sexual
Dios no crea al ser humano para que viva
solo. Por eso es hombre y mujer, para poder formar una familia
como comunión
de amor. En este plan de Dios la diferencia sexual es un elemento
constitutivo del ser del hombre y de la mujer. La diferencia
sexual, que no implica desigualdad, está profundamente
inscrita en el ser de cada uno.
Cada uno de nosotros, hasta lo más profundo del corazón,
es hombre o es mujer. «La sexualidad caracteriza al hombre
y a la mujer no sólo en el plano físico, sino
también en el psicológico y espiritual (…)
es un elemento básico de la personalidad; un modo propio
de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir,
expresar y vivir el amor humano»[1] .
Cuando la sexualidad se reduce a mero
dato biológico,
se corre el riesgo de “cosificarla” y “des-personalizarla”,
convirtiéndola en un mero añadido exterior. A
partir de ese supuesto equivocado, se habla entonces de “orientación
sexual”, que cada uno podría determinar libremente.
Una concepción de la persona humana que tenga en cuenta
su verdad y todas las dimensiones de su ser, pone de manifiesto
que no se puede elegir ser hombre o mujer, sino que la diferencia
sexual nos es dada en nuestra naturaleza personal con todas
sus consecuencias.
La diferencia sexual tiene también un profundo significado
para la persona como imagen de Dios. En efecto, «a través
de la comunión de las personas, el hombre llega a ser
imagen de Dios»[2] . Lo hace en la comunión del
hombre y la mujer, que implica en ambos toda la persona, alma
y cuerpo. En el matrimonio, la comunión de los esposos
tiene una cierta semejanza con la comunión de amor de
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El
gozo de Adán
El hombre y la mujer, en todo su ser
corpóreo-espiritual,
experimentan la llamada al amor y la comunión. Por eso
en el paraíso, antes de la creación de Eva, Adán
se siente solo. Dios, que conoce el corazón del hombre
se da cuenta de su soledad, y dice: «no es bueno que
el hombre esté solo» (Gn 2,18). Entonces Dios
hizo caer un profundo sueño sobre Adán. Y el
Señor formó a Eva y se la presentó a Adán,
que exclamó: «Esta sí que es hueso de mis
huesos y carne de mi carne. Será llamada mujer, porque
del varón ha sido tomada» (Gn 2,23).
Este hermoso texto, que contiene verdades
fundamentales acerca del ser humano en un lenguaje simbólico, expresa el
enorme gozo de Adán cuando Dios le presenta a Eva. No
es el hombre quien se fabrica la mujer. Eva es modelada por
Dios como “ayuda semejante” para el hombre, un “otro
yo” igual en la humanidad. Así se nos insinúa
que la mujer nace más del corazón de Dios que
de la “costilla” de Adán. La gozosa exclamación
de Adán se convierte de este modo en el eco humano de
aquel «Y vio Dios que era muy bueno» (Gn 1,31).
La
bendición de la procreación
La misma exclamación gozosa resuena constantemente
cuando un hombre y una mujer descubren la belleza de la llamada
al amor conyugal y a formar juntos una familia. Por eso a este
gozo va unida también aquella bendición de Dios
al crearlos hombre y mujer: «Y Dios los bendijo diciendo:
creced y multiplicaos. Llenadla tierra y sometedla» (Gn 1,28).
El gozo que experimentan se multiplica
cuando como esposos y padres pueden abrazar a su hijo. En
la paternidad y en la
maternidad los esposos encuentran una más plena realización
de su ser personal como hombre y mujer.
La convocatoria a la existencia de un
nuevo ser humano sólo
se hace de modo digno dentro del matrimonio y como expresión
del amor conyugal. Es algo que no se puede olvidar sin grave
daño para la persona, para la familia y para la misma
sociedad, pues lo contrario supone relativizar el inestimable
servicio que el matrimonio presta a la sociedad al engendrar
y educar a los hijos.
2. LA VERDAD DEL MATRIMONIO: HOMBRE Y MUJER
Desde el principio la bendición de la procreación
está unida a la unión sexual del hombre y la
mujer. «La descripción “bíblica” habla,
por consiguiente, de la institución del matrimonio por
parte de Dios en el contexto de la creación del hombre
y de la mujer, como condición indispensable para la
transmisión de la vida a las nuevas generaciones de
los hombres, a la que el matrimonio y el amor conyugal están
ordenados»[3] .
La
vocación al amor se basa en
la diferencia sexual
El relato de la creación nos confirma una verdad evidente:
toda persona es hombre o es mujer. Y esta diferencia y reciprocidad –que
no es sólo biológica, sino también afectiva
y psicológica– alcanza a lo más profundo
del corazón y al mismo modo de vivir y expresar el amor.
El matrimonio se basa en la diferencia
sexual, que es condición
esencial para expresar con verdad la comunión conyugal.
Por eso «el matrimonio es una institución esencialmente
heterosexual, es decir que no puede ser contraído más
que por personas de diverso sexo: una mujer y un varón»[4] . El matrimonio es siempre y sólo la unión conyugal
de un hombre y una mujer.
Para los bautizados el matrimonio es
además un sacramento,
un signo que hace presente entre los hombres el misterio de
la nueva y eterna Alianza de amor que une a Cristo con la Iglesia.
Esposo y esposa. Padre y madre
La riqueza que la diferencia sexual aporta
al matrimonio se manifiesta también en la contribución propia
de la paternidad y la maternidad. Dios, que crea al hombre
y a la mujer, los crea también para que sean primero
hijo e hija, y después, a través del amor esponsal,
padre y madre.
En el desarrollo personal y afectivo,
la relación del
hijo o de la hija con el padre y con la madre supone una riqueza
propia, que el padre y la madre aportan de modo diferenciado
y específico. A través de la figura del padre
y de la madre, el niño y la niña configuran su
identidad personal y su identidad sexual como hombre o mujer.
En estos días en que contemplamos el misterio de Belén,
podemos comprender por qué el mismo Dios quiso tener
una familia, un padre y una madre. Si el Verbo encarnado no
quiso prescindir de una madre para ser verdaderamente hombre,
tampoco quiso prescindir de la referencia de un padre, San
José. Así, Dios mismo se sometió a esta
ley de la naturaleza humana (cf. Fil. 2,6): «la figura
del padre y de la madre es fundamental para la neta identificación
sexual de la persona»[5] .
3. HOMBRE Y MUJER EN LA SOCIEDAD
Si la familia es la célula sobre la que se construye
y fundamenta la sociedad, las relaciones familiares tienen
un reflejo en la misma. Si el matrimonio y la familia se ven
enriquecidos por la complementariedad de hombre y mujer, también
la sociedad se beneficia con la aportación específica
del hombre y de la mujer.
«En tal perspectiva se entiende el papel insustituible
de la mujer en los diversos aspectos de la vida familiar y
social que implican las relaciones humanas y el cuidado del
otro»[6] . Por eso es tan importante que las mujeres
estén activamente presentes en la sociedad y singularmente
en la familia. En ella los ciudadanos aprenden a vivir en sociedad.
Efectivamente, los hijos «aprenden a amar en cuanto
son amados gratuitamente, aprenden el respeto a las otras personas
en cuanto son respetados, aprenden a conocer el rostro de Dios
en cuanto reciben su primera revelación de un padre
y una madre llenos de atenciones. Cuando faltan estas experiencias
fundamentales, es el conjunto de la sociedad el que sufre violencia
y se vuelve, a su vez, generador de múltiples violencias»[7] .
4. ALGUNOS INTERROGANTES ACTUALES
Antes de concluir queremos clarificar
algunas cuestiones referidas a la naturaleza de la reciprocidad
sexual entre hombre y mujer,
que hoy, desde diversas instancias, son negadas o puestas en
entredicho. Con ello queremos recordar la verdad de la diferencia
sexual, inscrita en la misma naturaleza del hombre y la mujer
e iluminada por la revelación que nos enseña: «Creó,
pues,Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo
creó; hombre y mujer los creó» (Gn 1,27).
Actitud
de la Iglesia ante las personas con inclinación
homosexual
Muchas personas se preguntan cuál es la actitud de
la Iglesia ante las personas con inclinación homosexual. «Un
número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias
homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación,
objetivamente desordenada, constituye para la mayoría
de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con
respeto, compasión y delicadeza»[8] . «Con
independencia de la orientación sexual e incluso del
comportamiento sexual de cada uno, toda persona tiene la misma
identidad fundamental: el ser creatura y, por gracia, hijo
de Dios»[9] .
«Las
personas homosexuales, en cuanto personas humanas,
tienen los mismos derechos que las demás personas (…)
Estos derechos son suyos en cuanto personas, no en virtud de
su orientación sexual»[10] . «La inclinación
homosexual, aunque no sea en sí misma pecaminosa, debe
ser considerada como objetivamente desordenada, ya que es una
tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento
intrínsecamente malo desde el punto de vista moral.
Es el comportamiento homosexual el que es siempre de por sí éticamente
reprobable, aunque habrá que juzgar con prudencia su
culpabilidad»[11] .
¿Puede considerarse equiparable una “pareja homosexual” a
un matrimonio?
«El amor que puede darse entre personas homosexuales
no debe ser confundido con el genuino amor conyugal, sencillamente
porque no pertenece a esta especie singular de amor»[12] .
El matrimonio, como ya hemos indicado
antes[13] , es una institución
esencialmente heterosexual, es decir que «no puede ser
contraído más que por personas de diverso sexo:
una mujer y un varón. A dos personas del mismo sexo
no les asiste ningún derecho a contraer matrimonio entre
ellas. El Estado, por su parte, no puede reconocer este derecho
inexistente, a no ser actuando de un modo arbitrario»[14] .
En consecuencia, «ante el reconocimiento legal de las
uniones homosexuales, o la equiparación legal de éstas
al matrimonio con acceso a los derechos propios del mismo,
es necesario oponerse en forma clara e incisiva»[15] .
¿Hay alguna dificultad para que una “pareja homosexual” pueda
adoptar?
«La adopción ha de mirar siempre al bien de los
niños, no a supuestos derechos de quienes los desean
adoptar. Dos personas del mismo sexo, que pretenden suplantar
a un matrimonio, no constituyen un referente adecuado para
la adopción. La figura del padre y de la madre es fundamental
para la neta identificación sexual de la persona»[16] .
No queremos negar que una pareja de homosexuales
pueda dar cariño y bienestar material a un niño. Pero recordamos
que en esta situación se priva al niño de la
relación con un padre y una madre, que son las relaciones
identificatorias fundamentales de la persona. Por esta razón
la adopción por una pareja de personas del mismo sexo
es rechazable.
CONCLUSIÓN
Jesucristo, nacido en Belén como “Luz del mundo”,
ilumina toda la vida humana, y permite vivirla con el gozo
de caminar en la verdad, en la gloriosa libertad de los hijos
de Dios. Ilumina también la verdad del amor del hombre
y la mujer, la verdad del matrimonio y la familia. Frente a
supuestos “modelos” de familia alternativos que
hoy se proponen, invitamos a todas las familias cristianas
a ser signo luminoso del Evangelio del Matrimonio y la
Familia,
a vivir con gozo su condición de hombre y mujer, esposo
y esposa, padre y madre. A ser, a ejemplo de la Sagrada Familia,
hombres y mujeres nuevos, creadores de una nueva cultura familiar:
la cultura del amor y de la vida, centrada en Cristo, sostenida
por la comunión de la Iglesia y abierta al horizonte
de la misión en el mundo.
En estos días navideños os bendecimos con afecto
a todos: a las familias, cristianas y no cristianas, que lucháis
por vuestro amor y vuestra unidad en un mundo que no facilita
su permanencia. Bendecimos en especial a los enfermos, los
niños y los ancianos. Y pedimos al Señor que
la luz de la Navidad pueda conceder a todos la plenitud del
gozo y de la paz.
Mons.
D. Braulio Rodríguez Plaza
Presidente de la CEAS
Mons. D. Juan Antonio Reig Pla
Mons. D. Francisco Javier Martínez Fernández
Mons. D. Francisco Gil Hellín
Mons. D. Casimiro López Llorente
Mons. D. Joaquín Mª López de Andújar
[1]
CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Sobre la
colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en
el mundo, 8.
[2] JUAN PABLO II, Catequesis en la Audiencia General del
14-11-1979. Cf. Mulieris dignitatem, 7.
[3] Mulieris dignitatem, 6.
[4]
COMITÉ EJECUTIVO DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA,
En favor del verdadero matrimonio, 3.
[5] Idem, 4a.
[6]
CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Sobre la
colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en
el mundo, 13.
[7] Ibidem.
[8]
Catecismo de la Iglesia Católica,
2358.
[9]
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA, Matrimonio, familia y uniones homosexuales,
4.
[10] Matrimonio, familia y uniones homosexuales., 5.
[11]
Matrimonio, familia…., 7. Cf. Catecismo de la Iglesia
Católica, 2357.
[12]
Matrimonio, familia …, 11.
[13]
Cf., pág. 6.
[14]
COMITÉ EJECUTIVO DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA,
A favor del verdadero matrimonio, 3.
[15]
CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA
DE LA FE, Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento
legal de las uniones
entre personas homosexuales, 5.
[16]
OFICINA DE INFORMACIÓN DE LA CEE, Nota de prensa
Ante la aprobación del anteproyecto de Ley que equipararía
las uniones homosexuales al matrimonio (1-10-2004).
- Conferencia
Episcopal Española