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Leyendas
negras de la Iglesia
Las Cruzadas
Agredidos
y agresores: una historia para ser reescrita
Siempre
fue llamada "plaza de las Cruzadas". Hace poco
más de un año es "plaza Paulo VI". El cambio
de nombre del emplazamiento milanés, junto a la insigne
basílica de San Simpliciano, no es ajeno a la Facultad Teológica
de la Italia Septentrional que se abre hacia ella. Dicen que hubo
presiones clericales para que se cambiase el nombre de aquel espacio.
Sentían que era embarazoso, mucho más para ciertos
medios católicos que para las autoridades laicas.
Este acontecimiento milanés no es si no una confirmación,
entre tantas, de un hecho desconcertante: después de dos
siglos de propaganda incesante, la "leyenda negra" construida
por los iluministas como arma de la guerra psicológica contra
la Iglesia Romana, terminó por instalar un "problema
de conciencia" en la ‘intelligentzia’ católica,
aparte de hacerlo en imaginario popular.
Fue, en realidad, en
el siglo dieciocho europeo que, completando la obra de la reforma,
se afirmó el rosario, convertido
en canónico, de las "infamias romanas".
En lo que dice respecto
a las cruzadas, la propaganda anticatólica
llegó hasta invadir el nombre, como el término "Edad
Media", excogitado por la historiografía "iluminista".
Los que hace novecientos años tomaron por asalto Jerusalén
considerarían estúpidos a lo que les hubiesen dicho
que daban cumplimento a aquello que seria llamado como "primera
Cruzada". Para ellos, era iter, peregrinatio, succursus, passagium.
Los "panfletarios", en suma, inventan un nombre y construyen
al rededor una "leyenda negra": Y no es sólo eso:
será esa misma propaganda europea la que "revelará" al
mundo musulmán el haber sido "agredido".
En Occidente, la obscura
invención "cruzada" terminó por
impregnar con sentimiento de culpa a ciertos hombres de la misma
Iglesia, ignorantes de como ocurrieron las cosas.
¿Quien fue agredido y quien es el agresor? Cuando en 638
el califa Omar conquista Jerusalén, ésta era, desde
hacía más de tres siglos, cristiana. Poco después,
secuaces del Profeta invaden y destruyen las gloriosas iglesias,
primero de Egipto y, después, de todo el norte de África,
llevando la extinción del cristianismo en lugares que habían
tenido obispos como Santo Agustín. Después le tocó su
turno a España, a Sicilia, a Grecia, a aquella que será llamada ‘Turquía’,
donde las comunidades fundadas por el mismo San Pablo se convirtieron
en montes de ruinas. En 1453, después de siete siglos de
asalto, capitula y es islamisada la misma Constantinopla, la segunda
Roma. El tornado islámico alcanza los Balcanes, y, como
por milagro, es detenido y obligado a retirarse de las puertas
de Viena.
Entretanto, hasta el
siglo XIX, todo el Mediterráneo y
todas las costas de los países cristianos que le miran,
son "reservas" de carne humana: navíos y países
serán asaltados por incursiones islámicas, que retornan
a las guaridas magrebíes llenos de botines, de mujeres y
de jóvenes para los placeres sexuales de los ricos y de
los esclavos obligados a morir de agotamiento o para ser rescatados
a precios altísimos por los Mercedarios y Trinitarios. Exécrese,
con justicia, la masacre de Jerusalén en 1099, pero no se
olviden de Muhamad II, en 1480, en Otranto, simple ejemplo de un
cortejo sanguinario de sufrimientos. Aún hoy: ¿qué países
musulmanes reconocen a los otros que no sean los suyos, los derechos
civiles o la libertad de culto? ¿Quien se indigna con el
genocidio de los armenios, antes y de los sudaneses cristianos,
hoy?
El mundo, según los devotos del Corán, ¿no
está aún hoy dividido en "territorio del Islam" y "territorios
de guerra:, todos los lugares, aún no musulmanes, pero que
deben convertirse en tales, de buenas o malas maneras? ¿No
es esta la ideología sobreentendida por muchos en la inmigración
masiva rumbo a Europa?
Una simple revisión de la historia, incluso en sus líneas
generales, confirma una verdad evidente: una Cristiandad en continua
posición de defensa en relación a una agresión
musulmana, desde el comienzo hasta hoy (en África, por ejemplo,
está en curso una ofensiva sanguinaria para islamizar las
etnias que los sacrificios heroicos de generaciones de misioneros
habían llevado al bautismo).
Admitido que alguien,
en la historia, debiese pedir disculpas a otro, ¿deberían ser los católicos los que
deberían pedir perdón por un acto de autodefensa,
por la tentativa de haber por lo menos abierto el camino de la
peregrinación a los lugares de Jesús, como fue el
ciclo de las cruzadas?
Autor:
Corriere della Sera: Vittorino Messori
- Catholic.net
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