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Leyendas
negras de la Iglesia
Lucrecia
Borgia, ¿cuál
es la verdad sobre ella?
Acusada
de todos los crímenes y pecados imaginables para
la carne y el espíritu...
Corrían los turbulentos años del gobierno anticatólico
de Napoleón Bonaparte. Las aparicias conservadoras no
disimulaban la infernal parodia que intentaba hacer del Sacro
Imperio. El espíritu
de la Revolución Francesa se afianzaba con fingidos retrocesos
e intimidantes golpes que la institucionaban poco a poco en los
principios anticristianos.
Pero la violencia no
conquista corazones. A lo sumo impone formas de vida que más tarde o más
temprano van impregnandose en las mentes y se va asumiendo todo
como normal. Pero no crea
una cultura, una forma particular de ser, de pensar y de sentir
que tenga resonancia con el deseo del opresor.
Es así como la agresión anticatólica se divide
- como siempre - con ofertas que van desde los moderados y hasta
pseudoconservadores a los más radicales y exagerados. Ambos
extremos están destinados a desaparecer por la línea
del medio, la que no quiere a los extremos pero no se opone al
mal que se le propone.
Es así como el mal se sirve de las armas de apariencia
más inofensiva, como son las artes. ¿Quién
exige, acaso, rigor histórico, moral o fidelidad doctrinaria
a una obra de arte? "¡Pero si están hechas para
divertiros!", dirá el hombre moderno. Y sin embargo,
sonreirá el artista, toda obra de arte expresa una idea,
una idea cargada de simbolismo e ideología, de fuerza para
cambiar e impactar al observador.
Victor Hugo y su creación de Lucrecia Borgia
El renombrado escritor
francés Víctor Hugo (1802-1885)
ingresa en escena. El mayor exponente del romanticismo decimonónico,
lanza su teoría de lo grotesco como opuesto a lo bello.
Tras su "Hernani", pone en las tablas la exitosa Lucrèce
Borgia (1833). Intentó con dos obras más pero el
fracaso de la última le alejó del teatro. Sin embargo
serán Les Misérables (1862) y Notre-Dame de Paris
(novela «gótica», 1831) los que le llevarán
a la inmortalidad. Dejamos al lector el estudio y juicio sobre
semejantes panfletos desbordante de anticatolicismo. Son bellísimas
obras de arte cargadas de veneno. No negamos su valor artístico:
sólo cuestionamos su recalcitrante espíritu anticatólico
para que se abandone el espíritu de falsa inocencia con
que se contempla el arte.
Volvamos a nuestro asunto.
Sobre una Lucrecia Borgia debilitada por algunos comentarios
maliciosos e infundados lanzados por los
enemigos políticos del papa Alejandro VI (su padre), Victor
Hugo construye toda una leyenda negra venenosa y calumniosa hasta
lo irreal y absurdo.
Gracias a su obra de
teatro el bajo pueblo sacia sus oídos ávidos
de morbosidad. Desalentado por sus infructuosas investigaciones
deseosas de encontrar nombres y datos de los asesinatos ordenados
o perpetrados por Lucrecia Borgia, el novelista cita a varios... ¡escogidos
al tuntún!
En la introducción a Thèatre, de Víctor Hugo
(Garnier-Flammarion, parís, 1979) el profesor d ela Universidad
de Lovaina Raymond Pouilliar afirma: "Tomasi había
escrito un libro, tres veces editado en francés, las Memorias
para sevir a la historia de César Borgia, duque de valentinois;
muy tarde, casi en el momento de su redacción, Victor Hugo
encontró uno de estos ejemplares en la biblioteca real.
Los nombres italianos estaban afrancesados por el traductor de
Tomasi; la Biografía Universal de Michaud los da en su forma
original..." Esto es, toma los nombres de una Biografía
universal que por muy gramnde que fuera no podía mencionar
a todas las víctimas que le carga a Lucrecia. Más
delante (nota a la página 76) señala: "Hugo
inventa parientes próximos para asegurar la existencia de
vengadores". Toma algunos de entre los enemigos de Alejandro
VI. En el colmo del peor dramón de su carrera literaria
y el colmo de la ficción antihistórica, Victor Hugo
hace que Lucreacia, en el último acto, envenene a su hijo
Juan y a cinco amigos suyos... ¡y su hijo moribundo, en un
acto de estremecedora justicia, la apuñala, matándola!.
Lo malo de esto es que
pese al relativo poco éxito que
tuvo la obra en Francia (estrenada el 2 de febrero de 1833), en
el extranjero tuvo tal acogida que para diciembre ya la habñían
convertido en ópera. Hugo demanda a Felice Romani - libretista
- por plagiar de forma literal su obra. Donizzeti compuso la música
y la estrenó en la misma Scala de Milán. Hugo impide
que se estrene en París. La ópera es reconstruida
y retitulada La Rinnegata (La Repudiada) y se estrena en 1845.
Otro colega de Victor
Hugo, Alejandro Dumas, padre, también
las emprende contra Lucrecia y le agrega todo el mito del veneno,
extendiéndolo a ser un uso común en la familia. Un
exéntrico Manuel fernández y González (1821-1888)
publica un folletón titulado Lucrecia Borgia, Memorias de
Satanás. Y así por delante. Lucrecia era, a ojos
de todos, el mismo demonio en persona. Pasada la moda de desprestigiarla,
aparece en 1941 un panfleto con forma de libro titulado Lucrecia
Borgia, la princesa de los venenos...
De nada habían servido los esfuerzos de un Giusepe Campori
quien en 1866 publicó un hiperdocumentado estudio titulado "Una
vittima della Storia: Lucrezia Borgia". Como si faltasen más
pruebas, Ferdinand Gregorovius (Lucrecia Borgia, Stuttgart, 1874),
renombrado experto en historia romana, añade nada menos
que setenta y cinco nuevos documentos para acabar con el mito.
Las más recientes investigaciones publicadas demuestran
que Lucrecia Borga no sólo no fue la infiel esposa como
se dice (y aún sería poco esperable dada la vergonzosa
corrupción de costumbres del Renacimiento) sino que jamás
utilizó ni mandó utilizar un puñal, espada
ni arma alguna. Tampoco utilizó el mítico veneno
d elos Borgia (la cantarella). Es más, en palabras del inmortal
historiador inglés William Thomas Walsh, "Lucrecia
(...) según la historia, documentos y memorias dignas de
fe, era en su época una d elas mujeres más virtuosas
y dignas de alabanza" (cfr. Isabel La Cruzada, Espasa Calpe
Argentina, 1945)
Situándola en el marco de la historia
El amor a la verdad
exige ser rigurosos y abiertos a todas las posibilidades que
los hechos y sanos razonamientos nos vayan presentando
ante los ojos. Por ello repasaremos brevemente la verdad histórica
que envolvió a Lucrecia y a Alejandro VI.
Como origen debemos
remontarnos poco antes, cuando el papa Calixto III (1378-1458)
es entronizado en Roma. De origen español
- obispo de Valencia - hizo frente a la invasión turca y
a la agresión de las tropas otomanas. Rehabilitó la
memoria de Juana de Arco mediante un nuevo proceso (1456). El problema
comienza con las justificadas acusaciones levantadas en su contra
por las numerosas pruebas que dio de sostener nepotismo exagerado,
al conceder muchos cargos y privilegios a los miembros de su familia,
en especial a su sobrino Rodrigo de Borja, el futuro papa Alejandro
VI (1431-1503).
Éste, español como su tío provenia de la
familia Borja. Italianizaron su apellido adoptando el de tradicional
Borgia. Prefecto de Roma, bajo Sixto IV fue nombrado legado papal,
reconcilió a Enrique IV de Castilla con su hermana Isabel
(1472). Logró rechazar a Carlos VIII de Francia de los Estados
Pontificios, y después se alió con Luis XII. En 1493
promulgó una bula fijando la línea alejandrina, que
determinó la divisoria del Nuevo Mundo entre Castilla y
Portugal. Favoreció a sus hijos (habidos sacrílegamente
de Vanozza Catanei), en especial a César y a Lucrecia.
De Alejandro VI se ha
dicho demasiado y se ha calumniado tanto su memoria como a la
de su hija. Las calumnias, básicamente,
se popularizaron cuando el hereje y apóstata Savonarola
predicaba un miserabilismo pre-calvinista comenzó a gritar
por las calles que todo quien siguiera al papa era enemigo de Cristo
y profetizaba por doquier. "Yo os aseguro, in verbo Domine,
que este Alejandro no es en absoluto Papa y no debe ser tratado
como tal", sostenía. Llegó a sostener que habia
comprado el cargo y que ni siquiera creía en Dios. La gente
sencilla se escandalizaba, pero la verdad es que pese a sus pecados
personales, la doctrina que enseñó fue fidelísima
a la Tradición y a la Revelación y aún manifestaba
una gran y tierna devoción por la Santísima Virgen.
Recordemos que ya nos
encontramos en el Renacimiento y que las luchas de poderes se
daban ya no por motivos religiosos sino por
motivos viles, materiales y humanos. Las "familias" o
Casas asesinaban, calumniaban, corrompían o exiliaban conforme
necesitaban para asegurar y aumentar su poder. Por eso los enemigos
políticos de la casa de los Borgia (favorecida en demasía,
como ya hemos dicho, desde el gobierno de Calixto III) azuzaban
al pueblo con historias de simonía, de inmoralidad y de
corrupción. Vicios creíbles en tanto que eran harto
frecuentes en esa época.
Alejandro VI fue proclamado
tras haber servido como fiel y sagaz Canciller del Papa. Unió, como dijimos, a Europa contra
los turco e inició un programa de reformas para Iglesia.
Pero lo que originó las gravísimas e infamantes
calumnias dirigidas contra sus hijos César y Lucrecia, fue
el haber iniciado el plan de centralización y de unificación
de Italia, conforma se estilaba en la Europa del momento. Esto
significó, de paso, arrasar con las noblezas y poderes corruptos
que oprimían duramente al pueblo. Así actuó Luis
XI en Francia, Enrique VII en Inglaterra, Isabel y Fernando en
España. Trayendo orden a la anarquía renacentista,
los nobles y reyezuelos despojados, nada creyeron demasiado vil
como para decir del Papa y su familia.
Lucrecia fue víctima de las intrigas, la casaron y descasaron
según conveniencias de la política circunstancial.
Salvó de la muerte a su primer marido, se enamoró y
vivió feliz con el segundo que le designaron, soportó las
infidelidades del tercero con dignidad... y el final de su vida
fue ejemplar.
Quizá fue frívola y ligera como las mujeres de su época.
Pero ya con su tercer matrimonio se dedica a asistir al teatro,
a leer mucho, a divertir con su presencia: era elegante, culta
(hablaba italiano, español, latín y griego), bella,
y con mucha clase. Se dedicaba a obras de caridad, visitaba hospitales
y hospicios, asistiendo personalmente a los dedichados y enferms.
Les levantaba la moral con sus cuidados, sus dádivas y alegre
presencia. Los ultimos años de su vida se retiraba con frecuencia
a pasar largas temporadas al convento de San Bernardino.
Su
muerte fue producida por un alumbramiento complicado. Una sietemesina
fue la causa
de su muerte. Tras nueve días de fiebre, murió con
el consuelo de los sacramentos y rodeada del amor familiar que
comenzaba a disfrutar.
Autor:
n/a | Fuente: Revista Cristiandad
- Catholic.net
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