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Las
pruebas sobre la existencia de Dios
Introducción
Vivimos
en un mundo marcado por la cultura de muerte. Las constantes
manifestaciones de rupturas con uno mismo como soledad, tristeza,
sin sentido, búsquedas desenfrenadas de falsas seguridades;
las rupturas con los demás traducidas en violencia, delincuencia,
terrorismo, guerras, entre otras; no tienen otra causa que la
ruptura fontal con Aquel que nos creó y nos conoce plenamente,
Dios mismo. El anhelo de infinito que cada hombre experimenta
en lo más profundo de su corazón se ve traicionado
al cerrarle la puerta al Único que puede saciar esa nostalgia
de eternidad.
En
la historia de la humanidad siempre han estado aquellos que niegan
explícitamente a Dios, los denominados ateos; otros que
crean dioses a sus medidas trayendo como consecuencia visiones
reducidas de Dios, como por ejemplo: los deístas, los
panteístas, los idealistas kantianos, etc.
En
nuestros días percibimos –por el avance del secularismo– la
ausencia de Dios en las estructuras de nuestra sociedad, una
sociedad que termina poniendo a Dios "entre paréntesis",
regida por un estribillo cada vez más común: "si
Dios no está en mi vida práctica y no tengo como
probar si existe o no existe, entonces no me interesa".
Ante
este panorama, los católicos enfrentamos la urgencia de
hacer una opción clara y decidida por anunciar con sólidos
argumentos que Dios sí existe y está muy cerca
de cada uno de nosotros.
El
hombre puede llegar al conocimiento de Dios de muchas maneras.
Todas ellas responden tanto a la capacidad natural de la inteligencia
humana de conocer la existencia de Dios, como a la Revelación
divina que nos ofrece de El un conocimiento sobrenatural.
Por
ello, seguidamente señalaremos los principales postulados
que nos permiten afirmar que Dios existe, es real y es cercano.
Empezaremos
con las cinco vías que Santo Tomás de Aquino desarrolló hace
más de 700 años para demostrar la existencia de
Dios, desde un conocimiento a posteriori, es decir una manera
de aproximarse a la realidad divina desde la experiencia sensible,
que va de lo conocido a lo desconocido, de lo sensible a lo espiritual,
de los efectos a la causa suprema.
Primera
vía: Se funda en el movimiento
1)
Es innegable, y consta a nuestros sentidos, que hay cosas que
se mueven, es decir, que cambian. No se trata sólo del
movimiento en sentido físico (locomoción), sino
en sentido metafísico, es decir, como paso de la potencia
al acto (cambios de una condición a otra, de un ser a
otro, etcétera).
2)
Pues bien, todo lo que se mueve, cambia, muda o transforma es
movido por otro, ya que nada se mueve más que cuando está en
potencia respecto a aquello para lo que se mueve. En cambio,
mover requiere estar en acto, ya que mover no es otra cosa que
hacer pasar algo de la potencia al acto, y esto no puede hacerlo
más que lo que está en acto. Por ejemplo, el fuego
hace que un leño -que está caliente sólo
en potencia- pase a estar caliente en acto. Pero no es posible
que una misma cosa esté, a la vez, en potencia y en acto
respecto a lo mismo, sino en orden a cosas diversas. Es imposible
que una misma cosa sea, por lo mismo y de la misma manera, motor
y móvil, como también lo es que se mueva a sí misma.
Por consiguiente, todo lo que se mueve es movido por otro.
3)
Pero, si lo que mueve a otro es, a su vez, movido, es necesario
que lo mueva un tercero, y a éste otro. Mas no se puede
seguir indefinidamente, porque así no habría un
primer motor, y, por consiguiente, no habría motor alguno,
pues los motores intermedios no mueven más que en virtud
del movimiento que reciben del primero, lo mismo que un bastón
nada mueve si no lo impulsa la mano.
Por
consiguiente, es necesario llegar a un primer motor que no sea
movido por nadie.
4)
Este primer motor que no es movido por nadie es el que todos
entienden por Dios. Luego Dios existe.
Segunda
vía: Se basa en la causalidad eficiente
1)
Nos consta por experiencia que hay en el mundo sensible un orden
determinado entre las causas eficientes, pues están subordinadas
esencialmente entre sí para la producción de un
efecto común.
2)
Pero no se da, ni es tampoco posible, que una cosa sea causa
de sí misma, ni en el orden del ser ni en el de la operación,
pues en tal caso habría de ser anterior a sí misma,
y esto es imposible.
3)
Ahora bien: esa serie de causas eficientes, subordinadas esencialmente
entre sí, no se puede prolongar indefinidamente, porque
siempre que hay causas eficientes subordinadas, la primera es
causa de la intermedia, y ésta causa de la última.
Cada una de estas causas actúa por influjo de las causas
que la preceden. Y así tenemos que, suprimida una causa
se suprime su efecto. Por consiguiente, si no existiese una causa
primera, tampoco existiría la intermedia, ni la última.
Si, pues, se prolongase indefinidamente la serie de causas eficientes,
no habría causa eficiente primera y, por tanto, no habría
efecto último, ni causa eficiente intermedia, cosa falsa
a todas luces.
Por
consiguiente, es necesario que exista una causa eficiente primera.
4)
Esta causa eficiente primera, que no es causada por ninguna otra,
a la que están subordinadas todas las demás causas;
es decir, esta causa eficiente incausada es llamada por todos
Dios. Luego Dios existe.
Tercera
vía: Se fundamenta en la contingencia de los seres
1)
Es evidente que hallamos en la naturaleza seres que pueden existir
o no existir, pues vemos seres que vienen a la existencia por
generación y seres que se destruyen por corrupción;
es decir, seres que no tienen en sí mismos la razón
de su existencia, sino que están condicionados por otros
seres, y, por tanto, hay posibilidad de que existan y de que
no existan. Estos seres reciben el nombre de seres contingentes.
2)
Ahora bien: es imposible que los seres contingentes hayan existido
siempre, ya que lo que tiene la posibilidad de no ser, hubo un
tiempo en que no fue. Es decir, los seres contingentes, que tienen
la posibilidad de existir y de no existir, reciben la existencia,
no por sí mismos, sino por otro ser que ya existe. Así,
pues, los seres contingentes son, por esencia, efecto, seres
que piden causa, seres que alguna vez han comenzado a existir
causados por otro.
Pero,
como ya se demostró antes (segunda vía), es imposible
y absurdo que haya una serie infinita de seres contingentes,
es decir, de causas subordinadas, ya que es imposible que sólo
existan efectos.
Por
consiguiente, los seres contingentes exigen la existencia de
un ser que no haya comenzado a existir; un ser no causado, que
exista por sí mismo; un ser que ha existido siempre. A
este ser se le llama ser necesario.
3)
Pero el ser necesario, o tiene la existencia por sí mismo,
o la ha recibido de otro ser necesario superior. En esta segunda
hipótesis, si el ser necesario ha recibido su existencia
de otro ser necesario superior, es imposible aceptar una serie
indefinida de seres necesarios. Es forzoso, por tanto, admitir
la existencia de un ser necesario que exista por sí mismo
y que no tenga fuera de sí la causa de su necesidad, sino
que sea causa de los demás seres.
4)
A este ser necesario, que no tiene la existencia recibida de
otro, sino que existe por sí mismo, en virtud de su propia
naturaleza, es al que todos llaman Dios. Luego Dios existe.
Cuarta
vía: Considera los grados de perfección que hay
en los seres
1)
Vemos en los seres que unos son más o menos buenos, más
o menos verdaderos y nobles que otros; y lo mismo ocurre con
las diversas cualidades. Así, por ejemplo, nadie duda
que el hombre es más perfecto que el animal; el animal,
más perfecto que el vegetal; y éste más
perfecto que el mineral. Lo propio se ha de decir de la bondad,
de la verdad, de la nobleza y de otras perfecciones semejantes,
las cuales están realizadas en todos los seres según
una diversidad de grados, en virtud de la cual unos seres son
más perfectos que otros.
2)
Pero la diversidad de grados que se da en esas perfecciones,
es decir, las cosas más o menos buenas, más o menos
verdaderas, más o menos bellas, etc., suponen la existencia
de lo máximo; están reclamando un ser óptimo,
verdaderísimo, bellísimo, etc. En otras palabras,
esos grados dc perfección son algo causado por otro, el
cual, si posee esas perfecciones en grado limitado, las tendrá,
a su vez, causadas por otro.
3)
Pero como es imposible admitir una serie infinita de causas limitadas,
causadas, en este proceso de ascensión, llegamos a una
primera causa en donde todas esas perfecciones se encuentran
en grado sumo y en toda su plenitud. Por lo tanto, ha de existir
algo que sea verísimo, nobilísimo, bellísimo
y óptimo, y por ello ente o ser supremo, pues lo que es
verdad máxima es máxima entidad.
Ahora
bien: quien tiene una perfección pura en grado máximo,
o por esencia, es causa de esta perfección en todos aquellos
que la poseen en grado inferior, o por participación.
Además, no puede ser más que un único ser,
una única perfección subsistente en sí misma,
una única perfección en toda su plenitud y totalidad.
4)
Por consiguiente, existe algo que es para todas las cosas causa
de su ser, de su bondad, de su belleza y de todas sus perfecciones,
porque se trata del Ser sumo, de la Verdad suma, de la suma Bondad;
y a este ser todos lo llamamos Dios. Luego Dios existe.
Quinta
vía: Se toma del gobierno del mundo
1)
Vemos que cosas que carecen de conocimiento, como los cuerpos
naturales, obran por un fin, como se comprueba observando que
siempre, o casi siempre, obran de la misma manera para conseguir
lo que más les conviene, es decir, su plena evolución
y desarrollo, o la conservación de su especie, o el orden
dinámico del cosmos, etc., por lo que se comprende que
no van a su fin obrando al azar, sin rumbo ni orientación,
sino intencionadamente.
2)
Ahora bien: los seres que carecen de conocimiento no pueden tender
a sus respectivos fines si no los dirige un ser inteligente que
conozca dicho fin, a la manera como el arquero dirige la flecha.
3)
Esta inteligencia ordenadora no puede estar ordenada por una
serie indefinida de inteligencias, sino que es preciso llegar
a un ser inteligente supremo, que consiste en su mismo acto de
entender, un entender infinito, subsistente y único; es
decir, que es el origen y el fundamento de todas las demás
inteligencias que conocen y dirigen las cosas carentes de conocimiento
a sus propios fines.
4)
Luego existe un Ser inteligente supremo que dirige todas las
cosas naturales a sus respectivos fines, y a este Ser lo llamamos
Dios. Luego Dios existe.
Desde
la Biblia
Junto
a estas cinco pruebas también podemos llegar a constatar
la existencia de Dios aproximándonos a la realidad desde
un fundamento bíblico:
a)
Conocimiento de Dios por medio de la creación
La
Sagrada Escritura atestigua este principio: la razón humana
puede conocer a Dios por medio de la creación, pues las
cosas creadas son testimonio permanente de su Autor y llevan
a su Conocimiento con alcance universal.
En
este sentido, en el Libro de la Sabiduría encontramos
dos motivos por los cuales el hombre puede alcanzar el conocimiento
de Dios. Uno es la belleza que hay en las criaturas: por la contemplación
de las diversas bellezas creadas, el hombre puede alcanzar el
conocimiento de Aquel que es la fuente de toda belleza, Dios,
Belleza Suprema. El otro motivo es el poder y la fuerza que existe
en la naturaleza creada: las fuerzas de la naturaleza son un
reflejo de la Omnipotencia de Aquel a quien se someten todas
las potencias.
"Vanos
son por naturaleza todos los hombres que ignoran a y no alcanzan
a conocer por los bienes visibles a Aquel-que-es, ni, atendiendo
a las obras, reconocieron al Artífice; sino que al fuego,
al viento, al aire ligero, a la bóveda estrellada, al
agua impetuosa o a las lumbreras del cielo los consideraron como
dioses, rectores del universo. Si, seducidos por su belleza,
los tuvieron como dioses, sepan cuánto les aventaja el
Señor de todos ellos, pues es el Autor mismo de la belleza
quien los creó. Y si se admiraron de su poder y de su
fuerza, debieron deducir de aquí cuánto más
poderoso es su Creador; pues, de la grandeza y de la belleza
de las criaturas, se llega por razonamiento al claro conocimiento
de su Autor. Con todo, no merecen éstos tan grave reprensión,
pues tal vez caminan desorientados buscando a Dios y queriéndole
hallar. Ocupados en sus obras, se esfuerzan en conocerlas, y
se dejan seducir por lo que ven. ¡Tan bellas se presentan
a sus ojos! Pero, por otra parte, tampoco son éstos excusables;
porque, si llegaron a adquirir tanta ciencia y fueron capaces
de investigar el universo, ¿Cómo no llegaron más
fácilmente a descubrir a su Señor?" (Sabiduría
13, 1-9).
b)
Conocimiento de Dios por los grados de perfección
Los
grados de perfección que el hombre conoce en la naturaleza
reflejan la perfección absoluta de un Dios único
y personal, al que todos los hombres son llamados a adorar y
a seguir.
"La
cólera de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad
e injusticia de los hombres, que aprisionan la verdad en la injusticia;
pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto:
Dios se lo manifestó. Porque las perfecciones invisibles
de Dios, su poder eterno y su divinidad, se han hecho visibles
después de la creación del mundo por el conocimiento
que de ellas nos dan las criaturas, de forma que son inexcusables;
porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios
ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en vanos razonamientos,
y su insensato corazón se llenó de tinieblas: jactándose
de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria
del Dios incorruptible por una representación en forma
de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles.
Por eso, Dios los entregó a las apetencias de su corazón
hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos;
a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron
y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito
por los siglos. Amén". (Rom 1, 18-25; ver Hech 14,
14-18; 17, 22-30).
En
esta carta, el Apóstol San Pablo enseña claramente
que el que no reconoce a Dios lo hace por opción libre,
pues no se trata sólo de no percibir lo invisible de Dios
en las cosas visibles, sino de un cerrazón del corazón
que no quiere reconocer a Dios como Señor, y le niega
el dominio sobre el hombre y sobre las cosas. Así, el
hombre se degrada, no es capaz de reconocer su puesto en un mundo
que se ha convertido en desordenado y caótico, y no acierta
a descubrir la dimensión divina que aflora en todas las
cosas.
c)
El testimonio de la conciencia
Asimismo,
en la Sagrada Escritura encontramos otro medio a través
del cual el hombre puede conocer a Dios: se trata de su conciencia,
la cual expresa tanto la existencia de Dios como la ley natural
que Dios escribió en el corazón de todo hombre.
"Cuando
los gentiles, que no tienen Ley, cumplen las prescripciones de
la Ley guiados por la razón natural, sin tener Ley son
para sí mismos Ley –es decir, obran según
su conciencia–. Y con esto muestran que los preceptos de
la Ley están escritos en sus corazones, siendo testigo
su conciencia con los juicios que, alternativamente, ya les acusan
o bien les defienden". (Rom 2. 14-15).
Los
que no han recibido la Revelación de Dios conocen por
su razón natural los principios esenciales que informan
la ley natural. En la intimidad de su corazón, todo hombre
tiene grabada una ley moral natural que participa de la ley eterna
de Dios.
Por último,
podemos también llegar a demostrar la existencia de Dios
desde la propia experiencia interior.
Experiencia
personal de Dios
Hay
muchas personas que no necesitan de esos argumentos antes señalados
para creer y amar a Dios, la experiencia interior de percibirse
volcado hacia algo eterno lo conduce hacia Aquel Único
Eterno, Dios mismo que toca el corazón para entrar en
una infinita comunión de amor, en un diálogo personal
e intenso.
Es
más, el mismo hecho de estar en mayor sintonía
con el sello que con su Imagen Dios ha marcado al hombre, lleva
a la persona a acercarse a Dios de manera natural, teniendo la
convicción de la existencia de Dios como la luz del día
o las estrellas de la noche.. Justamente, como imagen de Dios,
el hombre conserva esa convicción divina no como algo
extraño y añadido por la presión de la cultura,
sino como algo propio, como el fundamento radical de su ser,
como la luz que explica el dinamismo de su vida, y como el amor
en el que encuentra su plenitud.
Ejemplos
en la historia de la Iglesia hay muchos, que al momento de ver
el propio interior se encuentran con Aquel que ilumina cada espacio
del propio ser.
Vemos
esto en el testimonio de San Agustín: "Y he aquí que
oigo de la casa vecina una voz, no sé si de un niño
o de una niña, que decía cantando, y repetía
muchas veces: ¡Toma, lee; toma, lee! Y al punto, inmutado
el semblante, me puse con toda atención a pensar, si acaso
habría alguna manera de juego, en que los niños
usasen canturrear algo parecido; y no recordaba haberlo jamás
oído en parte alguna. Y reprimido el ímpetu de
las lágrimas, me levanté, interpretando que no
otra cosa se me mandaba de parte de Dios, sino que abriese el
libro y leyese el primer capítulo que encontrase. Porque
había oído decir de Antonio, que por la lección
evangélica, a la cual llegó casualmente, había
sido amonestado, como si se dijese para él lo que se leía: "Ve,
vende todo cuanto tienes, dalo a los pobres, y tendrás
un tesoro en los cielos; y ven y sígueme" (Mt 19,
31); y con este oráculo, luego se convirtió a Vos.
Así que volví a toda prisa al lugar donde estaba
sentado Alipio, pues allí había puesto el códice
del Apóstol al levantarme de allí; lo arrebaté,
lo abrí y leí en silencio el primer capítulo
que se me vino a los ojos: 'No en comilonas ni embriagueces;
no en fornicaciones y deshonestidades; no en rivalidad y envidia;
sino vestíos de nuestro Señor Jesucristo, y no
hagáis caso de la carne para satisfacer sus concupiscencias'
(Rom 13, 13-14). No quise leer más, ni fue menester; pues
apenas leída esta sentencia, como si una luz de seguridad
se hubiera difundido en mi corazón. todas las tinieblas
de la duda se desvanecieron".
También,
como testimonios más cercano a nuestra época, tenemos
al Cardenal Newman, que en su afán de profundizar en la
vida interior, se convierte al catolicismo por la oración
y el estudio. Asimismo, está Claudel que se siente conmovido
en su espíritu al oír el canto del Magníficat
en una tarde de Navidad; y confiesa:
"Qué dichosas
son las personas que creen! Pero... si fuera verdad... ¡Es
verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es
alguien, es un ser tan personal como yo! Me ama. Me llama".
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Aciprensa
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